20. Cita en Bengasi #2
Entretanto, desde la sala de comunicaciones segura de las oficinas de la Ray Coffee Trading Co.
en San José de Costa Rica, Markus Zhukov dirigía la operación para el cobro del rescate.
Al otro lado del teléfono estaba Fabian, el especialista en trabajos de campo y acciones violentas de su organización.
Exultante y de muy buen humor, Zhukov veía cómo se acercaba a sus dos objetivos. El primero consistía en destrozar anímicamente a Paul Kloster matando a su hijo. El segundo, en hacerse con los bítcoins del rescate.
—¿Tienes todo bajo control? —preguntó.
—Lo hemos repasado varias veces, hasta el último detalle. Quedaremos con ellos y cuando nos den lo que buscamos, desapareceremos —contestó Fabian.
—No podemos dejar ninguna pista. Asegúrate de ello —ordenó Markus.
—¿Qué hacemos con los franceses? —preguntó su colaborador.
—Cuando tengas los bítcoins y las claves, cortas toda comunicación con ellos —dijo Zhukov—. ¿Me has entendido? Lo que hagan a partir de ahí ya no será nuestro problema.
—O sea, ¿que se queden con el paquete y que decidan ellos solitos cómo lo resuelven…? —insistió Fabian.
—Exactamente eso —afirmó el jefe—. Y, además, nos ahorraremos el segundo pago que les prometimos. Son escoria y no se lo merecen.
—Entendido.
Fabian, el fornido gigantón calvo y de cara rosada, contestaba desde Bengasi.
Había llegado el lunes. Ahora le tocaba esperar hasta la tarde del viernes.
Sobre el terreno se apoyaba en el jefe de una milicia local al que pagaba con generosidad y con el que había trabajado en otras ocasiones.
Era el líder de un antiguo grupo madjalista, salafistas radicales opuestos al Ejército Nacional Libio, reconvertido en una mafia dedicada al tráfico de personas y de captagón, una metanfetamina sintética muy consumida en Oriente Próximo.
Además, contaba con la escolta de cuatro gigantones rusos, mercenarios del Africa Corps desplegados en la Cirenaica.
En París, Henderson pidió a McHenry que organizase una reunión con el jefe de la Brigada Criminal de París.
Eran poco más de las 15.30 del miércoles y quedaban 48 horas para la cita en la capital de la Cirenaica.
La policía francesa seguía con su plan: evitar el pago de rescate, pero salvar al chico, que era ciudadano francés.
Salvar al rehén podría ser una cuestión de pocos minutos.
Y solo la policía gala contaba con la capacidad para hacerlo.
Troy McHenry llamó a la comisaria Laurence Martinelli, adscrita a la Brigada Criminal. En su momento coincidieron en la Interpol y existía una relación de confianza mutua.
—Laurence, tenemos novedades importantes y os queremos informar —explicó McHenry.
—Venid enseguida —respondió la comisaria.
Media hora después entraban en la sede de la Dirección Regional de la Policía Judicial. Inmediatamente fueron conducidos al despacho del jefe de la Brigada Criminal, que tenía el rango de comisario divisionario. El alto cargo policial los recibió acompañado por su subordinada.
—Señores Henderson y McHenry, últimamente he oído hablar mucho de ustedes.
La comisaria me ha adelantado que tienen información relevante sobre el secuestro del joven Paul Kloster —dijo Jean-Marc Lacresse mientras les invitaba a acomodarse en dos de los sillones confidentes situados frente a la mesa de su escritorio.
Por su parte, Laurence Martinelli se sentaba en otro, situado en un lateral, para observar mejor a los dos visitantes.
—Ayer los secuestradores contactaron directamente con nosotros. Venimos a darles cuenta de todo lo que sabemos —respondió Troy McHenry.
—Pues han tardado un día en informarnos y eso es mucho tiempo —les espetó de mal humor el comisario divisionario—. Parece que empezamos mal.
Thomas Henderson les dio entonces dos copias en papel del email y de la fotografía del chico, y un pendrive con la imagen.
Troy, cuyo francés era mucho más fluido que el de su jefe, explicó lo que revelaban los metadatos de la imagen.
Acto seguido les informó de que dos personas de TBH ya estaban en Bengasi, que al día siguiente llegarían seis más y que se habían asegurado la colaboración de la compañía que suministraba los servicios de voz y datos en la zona.
—No queremos que paguen ningún rescate. Es una orden directa del ministro del Interior —intervino en tono imperativo Lacresse.
—No vamos a hacerlo. Estamos convencidos de que quieren matar al rehén, pase lo que pase, y a la vez cobrar el rescate —respondió McHenry.
—¿Por qué creen que quieren acabar con él? —preguntó Martinelli.
—Quieren destrozar al padre matando al hijo —intervino Henderson en un francés algo lamentable.
—Este es el objetivo real, aunque si además pueden cobrar el rescate, gran negocio —explicó Troy tomando el relevo de su jefe—.
Paul Kloster amenaza con revolucionar el mundo de la energía.
El secuestro forma parte de una conspiración muy amplia contra él y contra su empresa tecnológica.
Es una acción más entre las muchas que han ido lanzando.
—No volveré a repetirlo. No se puede pagar ningún rescate —insistió el comisario divisionario.
—Si me permite, eso no es todo —continuó McHenry—. Creemos que es un secuestro por encargo llevado a cabo por delincuentes comunes que trabajan en Francia y que no son muy sofisticados. Que se les escapara la necesidad de borrar los metadatos de la imagen es una buena prueba de lo que digo.
Los dos policías franceses escuchaban con atención las explicaciones de sus visitantes.
Les interesaba muy especialmente el hecho de que quienes los habían citado en Bengasi, fuera de su campo de acción, se situaban en el centro operativo del secuestro y el cobro del rescate.
Ahora habían comprendido que los secuestradores eran un simple instrumento.
—Esta es solo una más, aunque sea la peor, de las acciones agresivas lanzadas contra el padre del secuestrado por una organización que todavía no hemos podido identificar —insistió Troy McHenry—. Pero no dudamos en absoluto de que exista esa central que lo dirige todo.
En este contexto relató los casos de los falsos informes que ponían en duda la fiabilidad de la tecnología de Solar Alternative, el encarcelamiento de Paul en España, del que solo se había podido desentrañar la trama española, y finalmente el caso del deepfake que provocó la fetua yihad condenándolo a muerte.
—Creemos que en el contacto de Bengasi se abre una ventana de oportunidad para lograr la geolocalización exacta del chico, siempre y cuando ustedes utilicen sus medios. Nosotros ya contamos con la colaboración del proveedor de telefonía de Bengasi —explicó McHenry.
—Los secuestradores quieren que les entreguemos el rescate —intervino Henderson, con su precario francés— y nosotros les vamos a exigir una prueba de vida en tiempo real.
Además, queremos capturarlos. No somos incautos, y creemos seriamente que ustedes y nosotros podemos y debemos colaborar.
Es un caso complejo y de gran envergadura, ahora ya lo saben.
Y si les hemos dado toda esa información, merecemos su confianza.
Cuando Henderson y McHenry abandonaron el despacho, Lacresse se comunicó con su superior.
Una hora después él y Martinelli, junto con sus dos jefes directos, exponían toda la información al prefecto de París, la máxima autoridad policial de la capital francesa.
Este, después de consultar con el ministro del Interior, dio luz verde a la operación.
—Digan lo que digan, ellos son una empresa privada y nosotros representamos a la República, al Estado francés.
Aquí mandamos nosotros y eso les debe quedar muy claro a los de esa agencia norteamericana —afirmó el prefecto—.
No pueden ocultarnos ninguna información.
De lo contrario procederemos contra ellos.
Pueden decírselo. Pero —terminó, dando un giro a su argumentación— vamos a colaborar con ellos.
El jueves por la mañana llegó a Bengasi el equipo de TBH que salió el día anterior de Nueva York.
En la terminal del aeropuerto de Benina los esperaba Jack Minetta, junto con tres colaboradores libios de apoyo.
Desde allí se dirigieron a una casa de seguridad situada en una villa aislada en el barrio de Qar Yunis, donde estaba Hillary Klemm con su propio equipo.
No se moverían de ese emplazamiento hasta el día siguiente.
Debían aguardar al siguiente paso de los conspiradores.
Henderson y los suyos se trasladaron con todos sus medios técnicos a las instalaciones de la Brigada Criminal. Ya no podrían abandonar el lugar hasta que concluyese la operación. El reloj avanzaba inexorablemente. Quedaban algo más de veinticuatro horas para la cita de Bengasi.
El viernes a primera hora la tensión era máxima en Le Bastion, el edificio situado en el número 36 de la calle del mismo nombre y sede de la Policía Judicial de París.
Jean-Marc Lacresse, jefe de la Brigada Criminal, dirigía la operación e iba informando de cualquier novedad al prefecto.
Junto a él estaba Thomas Henderson, que se mantenía a su vez en contacto permanente con Hillary Klemm, quien dirigía el equipo de TBH desplazado a la capital de la Cirenaica.