20. Cita en Bengasi
Cita en Bengasi
El plazo dado por los secuestradores estaba a punto de expirar. No se había recibido ninguna indicación sobre cómo proceder para depositar el rescate exigido. Entretanto, el Gobierno francés trataba de impedir que se abonase.
La policía gala no conseguía pistas que pudiesen guiarla hasta los captores. En el equipo de TBH desplazado a París aumentaba la preocupación. Sus propias pesquisas no conducían a ningún resultado.
Habían pagado sobornos a confidentes de diversos sectores de mafias organizadas que podían haber sido los ejecutores del secuestro en nombre de alguno de los múltiples enemigos de Kloster y de su empresa.
Un cierto pesimismo empezaba a flotar en el ambiente.
Los padres, especialmente la madre, estaban desesperados.
Paul Kloster trataba de mantener la compostura y la cabeza fría.
Geneviève Duchesne insistía en que no quería verlo.
Solo hablaba con Thomas Henderson, que la visitaba todas las mañanas para informarla.
El cuarto día, cuando el plazo concluía, Thomas Henderson y tres asociados más de TBH recibieron un email en sus direcciones corporativas procedente de una dirección de Gmail.
El correo electrónico era una comunicación de los secuestradores indicando que el pago del rescate debía realizarse en la ciudad libia de Bengasi al término de las siguientes 72 horas.
El plazo empezaba a contar desde el momento preciso del envío del email.
Para demostrar la autenticidad del mensaje, se incluía como prueba de vida una foto del joven Kloster sujetando un ejemplar en papel de un periódico francés de ese mismo día.
El remitente exigía a TBH que confirmase a vuelta de correo que acudiría a la cita.
Adelantaba que una hora antes de expirar el plazo remitiría otro mensaje a esa misma cuenta con las primeras instrucciones.
Enseguida la secretaria de Henderson lo leyó y avisó a su jefe, que en ese momento estaba con Kloster.
Eran las 9.35 de la mañana en Nueva York, lo que equivalía a las 15.
35 en París. Henderson ordenó contestar indicando que seguirían las instrucciones que les hiciesen llegar por este canal.
Luego convocó a todos los integrantes del equipo en el cuartel general de París.
Dos de ellos seguían trabajando allí y los tres restantes se dirigieron rápidamente al punto de encuentro.
Cuando Thomas y Paul entraron en la sala, Hillary hizo un primer resumen.
—Hemos analizado la foto y no ha sido manipulada.
En efecto, se trata de su hijo, señor Kloster, y el periódico es de hoy —explicó a modo de introducción—.
El correo llegó a nuestro servidor a las 9.
30 de la mañana horario de Nueva York, lo que equivale a las 3.
30 de la tarde en París y a las 3.30 de la tarde en Bengasi.
Hoy es martes y son las 4.41 de la tarde de París.
El plazo expirará el próximo viernes a las 3.
35 de la tarde de París. Por tanto, nos quedan exactamente setenta horas y cuarenta y un minutos para estar en Bengasi con el rescate.
—Tengo conmigo los bítcoins. Son tres pendrives —dijo Kloster, y los puso sobre la mesa.
Señalando uno de ellos, añadió—: contiene los monederos.
Los dos restantes tienen cada uno una parte de las claves.
Son necesarias las dos partes para hacer cualquier transacción con los distintos monederos.
Es una simple firma múltiple dos de dos.
Thomas estaba informado. Los integrantes del equipo de TBH, en cambio, no. Los seis permanecieron en silencio observando los tres pendrives.
—¿Sabemos algo de Bengasi? —preguntó al fin Thomas.
—Ahora mismo es un lugar muy peligroso —respondió Klemm—. Allí manda el mariscal Jalifa Hafter y su grupo, el Ejército Nacional Libio. Tiene un acuerdo con los restos de Wagner o con los Africa Corps o Redut, o como se llamen ahora.
—¿Los mercenarios rusos? —inquirió Henderson.
—Sí. Los pagaba Putin, al principio. Recuerde que fue gracias a ellos como pudo, en 2017, recuperar el control de Bengasi —respondió Klemm.
—¿Son todavía prorrusos?
—No exactamente. Con los mercenarios del Kremlin tiene una relación comercial. Refuerzan su ejército y protegen los campos de gas y de petróleo de la Cirenaica. Hafter es un protegido de Egipto, de Qatar y de los Emiratos Árabes. Como detalle, te diré que tiene pasaporte estadounidense.
—¿Por qué? —preguntó Thomas.
—Estuvo exiliado en nuestro país varios años durante el régimen de Muamar el Gadafi.
—¿Y podemos contar con apoyos fiables sobre el terreno? —continuó interrogando Henderson.
—Es zona hostil. Antes debo hacer algunas averiguaciones. Empezaré enseguida —contestó Hillary.
—¿Cómo sabes tanto de Bengasi? —repreguntó intrigado el detective.
—Estuve en 2012 asignada a una misión como agente de campo hasta septiembre de ese año. Salí de allí cuando asesinaron a nuestro embajador —respondió.
El ingeniero del equipo irrumpió de forma precipitada en la sala de reuniones, reclamando la atención de todos.
Cuando le dieron la palabra explicó un nuevo detalle de la foto del secuestrado.
Había descubierto que, si bien la función de geolocalización del teléfono estaba desactivada, no sucedía lo mismo con la de la aplicación de la cámara.
Los metadatos de la imagen revelaban detalles técnicos específicos del modelo de la cámara utilizada y a partir de ahí se podía tener una idea aproximada del teléfono empleado.
La conclusión era que se trataría de un Samsung Galaxy S10 básico, un modelo lanzado en 2019.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Henderson.
—Que es un modelo muy antiguo y barato, y que quien ha tomado la foto no es cuidadoso o sabe poco de tecnología. De lo contrario habría desactivado esa función —respondió el ingeniero.
—Entonces no son unos secuestradores muy sofisticados. Actúan por encargo —reflexionó Henderson en voz alta—. Al menos, podemos estar bastante seguros de una cosa. El correo que hemos recibido es de quienes los han contratado, los auténticos conspiradores.
Después de permanecer en silencio unos segundos, se dirigió a McHenry.
—Necesitamos unas horas para elaborar un plan y luego informar a la policía francesa. Mañana debemos ver al jefe de la Brigada Criminal.
El plan pasaba en todo caso por acudir a la cita con el rescate exigido y monitorizar el correo de contacto de la web de TBH a la espera de nuevas instrucciones.
Hillary Klemm y Jack Minetta, antiguo boina verde, volarían cuanto antes de París a Túnez en un jet de alquiler.
En Túnez tomarían un vuelo regular a Bengasi.
Así llegarían discretamente. Llevarían consigo los tres pendrives.
Hillary Klemm empezó a llamar a sus contactos sobre el terreno, sus viejos compañeros, para conseguir con rapidez una red de apoyo en Bengasi.
Mientras, Henderson hablaba con su oficina de Nueva York para que seleccionaran un equipo que también se desplazaría a la ciudad libia.
Era necesario que sus integrantes tuviesen experiencia militar o como agentes de campo.
En menos de una hora reunió a seis personas.
Al día siguiente, el miércoles a primera hora, Thomas acudió a informar a la madre del chico.
El plazo fijado en la primera comunicación para el pago del rescate ya había finalizado.
Los medios franceses y de otros países especulaban con ello.
¿Sería ya tarde para salvar la vida del joven secuestrado?
—¿Sabemos algo? —preguntó Geneviève Duchesne, al borde de la desesperación.
—Los secuestradores nos han contactado. Han mandado esta prueba de vida —contestó mientras le mostraba la nueva foto en papel, sin llegar a dársela.
—Está muy desmejorado —gimió la madre al ver la imagen—. Lo están torturando.
—Está vivo y eso es ahora lo que importa. Han ampliado el plazo —continuó el detective.
—¿Y está preparado el pago del rescate?
—Sí. Paul lo tiene todo organizado. Es el equivalente a mil ochocientos millones de dólares en bítcoins.
La madre torció el gesto al oír el nombre del padre. Lo odiaba con todas sus fuerzas. Entonces Henderson le dijo con un tono dulce y cariñoso:
—Querida Geneviève, tu exmarido tendrá muchos defectos, que los tiene. Pero quiere mucho a sus hijos y está sufriendo tanto como tú. No tiene la culpa de lo que está pasando. Los únicos culpables son los secuestradores.
Ella se limitó a mirar al detective y no respondió. Era un hombre que le inspiraba mucha confianza y agradecía que estuviese tan implicado en el rescate de su hijo.
—Esta semana no podré venir más. Te llamaré por teléfono. Antes de irme quiero decirte que me preocupa tu pareja. Parece un hombre muy indiscreto y en estas circunstancias eso no ayuda. Es muy importante que no le expliques nada de lo que hablamos. Ni a él, ni a nadie. ¿Has entendido?
Cuando Henderson se disponía a abandonar la casa, apareció De Brambillon, muy solícito, y trató de sonsacarle alguna impresión. Desde el fondo, Geneviève, con cara muy seria y la mandíbula apretada, observaba la escena, atenta a las evasivas del detective a su actual pareja.
A primera hora de la tarde Klemm y Minetta aterrizaban en Benina, al lado de Bengasi.
En la terminal del anticuado aeropuerto los aguardaban los viejos contactos de Hillary, unos libios que les iban a prestar apoyo.
TBH estaba siendo muy generoso con los locales que colaboraban en esta operación, todos ellos situados en la órbita del Ejército Nacional Libio, el ejército privado de Hafter.
Un par de horas antes de su llegada un equipo de seis personas de TBH embarcaba en un jet en el aeropuerto de Teterboro con destino a Túnez. Llegarían a Bengasi en vuelo regular el jueves por la mañana.