El vuelo de los gansos 19. Ataque cruel #3
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19. Ataque cruel #3

—No tienen aún pistas fiables. Parten de hipótesis y conjeturas.

Han sido muy receptivos con nosotros. Creo que no nos van a ocultar ninguna información —explicó Troy McHenry, un afroamericano corpulento y de casi dos metros de altura, formado en la DEA (Drug Enforcement Administration), que estuvo varios años asignado en las oficinas centrales de la Interpol en Lyon.

—Empezamos de cero —dijo, mirando a su jefe—. No hay datos fiables. Vamos a repasar concienzudamente las imágenes del secuestro a ver si sacamos conclusiones que nos sirvan para arrancar con algo.

Hillary Klemm asintió. Esta mujer, fibrosa y de rasgos eslavos, se formó como analista y como agente de campo de la CIA. Era la jefa del grupo del TBH, y Thomas Henderson confiaba plenamente en sus capacidades.

Por fin, el tercer día hubo noticias de los secuestradores.

Alguien depositó un sobre de gran tamaño en la delegación de una agencia internacional de noticias.

Los secuestradores habían elegido bien el lugar.

Era una oficina sin guardias de seguridad ni cámaras en los accesos.

Se trataba de una petición de rescate acompañada de fotos del joven Paul Kloster con la cara amoratada, aunque perfectamente reconocible.

Los secuestradores exigían un rescate del equivalente a mil ochocientos millones de dólares en bítcoins, repartidos en varios monederos y a pagar en un plazo máximo de cuatro días.

En la nota adelantaban que en breve darían instrucciones de cómo abonar esa cantidad.

También amenazaban con ejecutar a su rehén si no se cumplían todas sus condiciones.

Los investigadores de la Brigada Criminal de la policía francesa asignados al caso dieron inmediatamente por sentado que se enfrentaban a unos delincuentes comunes, pero sin entrañas.

En TBH no lo tenían tan claro. Enseguida priorizaron la hipótesis de que esta acción estaba relacionada con los múltiples ataques que en los últimos tiempos se habían registrado contra Paul Kloster y Solar Alternative.

De modo que trasladaron sus sospechas a sus interlocutores franceses y les explicaron todos los antecedentes.

Sin embargo, la policía francesa descartó toda vinculación del secuestro con esos ataques.

El secuestro del hijo, y el violento asesinato del conductor, no tardaron mucho tiempo en ser de dominio público.

Los captores del joven Kloster parecían interesados en que así fuera.

De lo contario no habrían mandado el sobre a una agencia de noticias.

El delegado, después de pactarlo con la policía, fue el primero en publicar la información con mucho detalle, omitiendo la existencia de fotos del secuestrado, que ya no estaban en su poder.

Era la gran noticia del día, y no solo en Francia.

De inmediato se viralizó saltando las fronteras del Hexágono.

Todas las personas próximas a los padres o al joven secuestrado quedaron tan impresionadas como consternadas. El asesinato a sangre fría del conductor era un indicio claro de lo despiadados que eran los secuestradores.

Geneviève estaba conmocionada con las fotos que evidenciaban el maltrato que sufría su hijo. Quedó postrada y tuvo que recibir una fuerte medicación. Y se negó por completo a tratar con su exmarido.

El mismo día de la llegada de las fotos y las exigencias de los secuestradores, Kloster, acompañado de su escolta, hizo un viaje relámpago de ida y vuelta a Mónaco.

En una caja de seguridad de un banco del principado tenía varios monederos de bítcoins en frío, con sus respectivas claves, almacenados en pendrives.

Recogió las memorias USB y volvió de inmediato a París.

Debía esperar las instrucciones de los captores de su hijo para proceder al pago.

En ningún momento lo habló con Geneviève.

Ni ella quiso hablar con él. Pero la decisión de Paul estaba tomada: pagaría el rescate.

A Hilda Tournier, la presidenta de Pellman & Finch, le resultó imposible contener las lágrimas al enterarse.

Era una persona muy dura, pero esta vez la desgracia se cernía sobre alguien a quien admiraba y quería mucho.

Además, conocía el contexto de la conspiración de la que estaba siendo víctima su amigo.

A través de Thomas transmitió a Paul todo su cariño y apoyo.

Las muestras de solidaridad del entorno eran incesantes.

Una de las más llamativas fue la que recibió Michael Seiffert.

Era de un conmovido Wilhelm Kronenbauer.

El duro industrial prusiano, con la voz quebrada, explicó que sentía una profunda admiración por Paul y que, cuando la pesadilla acabase felizmente, querría darle un sentido abrazo en persona.

Mientras tanto, el reloj corría de forma implacable.

El plazo se reducía hora a hora. El primer ministro francés se reunió con su ministro del Interior.

Decidieron que no podían autorizar el pago de ningún rescate.

Hacerlo sentaría un precedente inaceptable.

La policía debía resolver el secuestro. Era la única opción posible.