19. Ataque cruel #2
No tardaron mucho en salir de las oficinas con todo el equipo en tres Cadillac Escalade, que se dirigieron hacia el aeropuerto de Teterboro en New Jersey.
Cuando los vehículos estaban atravesando el puente George Washington, Kloster recibió una llamada.
Era Michael Seiffert, que acababa de ser informado del secuestro.
—Paul, querido amigo, qué horrible lo que está ocurriendo. Cuenta conmigo para todo lo que estimes necesario. No dudes de mi amistad —dijo el alemán.
—No lo dudo, Michael. Gracias por llamarme. Estoy desesperado. He puesto en peligro la vida de mi hijo. Todo lo que sucede es culpa mía y solo mía —contestó Paul.
La conversación fue breve porque Miguel Polo, que también estaba en Frankfurt, se puso al teléfono para decirle algo similar.
Poco después, la caravana de tres vehículos llegaba a Teterboro para abordar un Falcon 10X que esperaba al grupo para llevarlos hasta París.
A toda prisa contestó un mensaje de buenos deseos que le enviaba Stacy Lorigan.
El avión despegó de New Jersey un poco más tarde de la una de la madrugada.
Paul se acomodó en uno de los asientos y, junto a él, se sentó Thomas.
Los seis integrantes del equipo de TBH lo hicieron en los asientos restantes de la parte delantera.
Quedaba la suite de la parte trasera, con su cama y su cuarto de baño, para que Kloster la utilizase si optaba por dormir.
No hizo falta una cama. Al poco de iniciar el vuelo entró en un sueño profundo.
Así estuvo durante seis horas. Despertó de golpe.
Le costó entender dónde estaba. Cuando fue consciente, le invadió una enorme tristeza y luego inquietud por haberse mantenido al margen de los acontecimientos.
También sintió vergüenza por su egoísmo.
Había sido capaz de descansar en esas terribles circunstancias.
Thomas, quien lo arropó con una manta al principio de su sueño, buscó reconfortarle.
—Tranquilo, Paul. Vamos a solucionarlo todo y salvaremos a tu hijo —dijo el detective—.
Falta poco para llegar, aterrizaremos en París en torno a las ocho y cuarto, dos y cuarto de la tarde, hora local.
Tú y yo iremos a ver a la madre de tus hijos.
En las oficinas de HMC-PR estableceremos nuestro centro operativo.
Amélie ya ha organizado unos espacios para que podamos trabajar sin que nadie nos moleste.
Hillary Klemm y Troy McHenry se encaminarán a las oficinas de la Brigada Criminal.
Los están esperando. Troy tiene buenos contactos en la policía francesa.
—¿Hay alguna novedad? ¿Se sabe algo nuevo de mi hijo? —preguntó Paul.
—De momento no.
—¿Crees que es un secuestro económico o que está relacionado con quienes nos atacan por varios frentes?
—No disponemos de suficiente información. Cuando nos reunamos con la policía francesa es posible que tengamos alguna primera hipótesis —respondió el detective.
Seiffert y Polo esperaban al grupo en la salida de la terminal de Le Bourget. Habían venido en un coche con conductor desde Frankfurt. Los dos amigos abrazaron por turnos al padre del secuestrado, que se emocionó al verlos.
—Michael, quiero que me perdones por lo que hice con la mujer de Kronenbauer. Fui un irresponsable —le dijo Paul a Seiffert.
—Eso ahora no tiene ninguna importancia —le respondió Michael, buscando reconfortarlo.
El grupo se dividió al abandonar la terminal del aeropuerto.
Paul y Thomas se dirigieron al domicilio de Geneviève Duchesne y de sus hijos.
Klemm y McHenry a la Prefectura de Policía de París y de Île-de-France y los otros cuatro miembros del equipo de TBH a las oficinas de la agencia de comunicación de Amélie Hautemanière, mientras que Polo y Seiffert se encaminaron al hotel Le Meurice.
La llegada de Kloster a la casa de su exmujer fue dramática.
Su hija, Geneviève, se abalanzó sobre él al verle.
Le abrazó llorando. Estaba completamente destrozada, horrorizada por el secuestro de su hermano.
Poco después apareció Geneviève, la madre, mientras que su nueva pareja, Gonzague de Brambillon, se asomaba al fondo.
La madre de los chicos pidió estar a solas un momento con el padre y juntos se encaminaron a un pequeño salón.
Ella cerró la puerta y luego se abalanzó sobre Paul y lo abofeteó.
—Tú eres el culpable de que hayan secuestrado a mi hijo. Tu ambición es nuestra desgracia. Siempre has sido un egoísta. Nunca cambiarás —le reprochó gritando de forma desgarradora—. ¡Maldito seas!
—Tienes toda la razón. Soy el culpable del secuestro de nuestro Paul. Daría mi vida por rescatarlo. Lo siento —contestó él con la voz quebrada y lágrimas en los ojos.
—Como me lo maten, te mataré yo a ti con mis propias manos —continuó Geneviève Duchesne.
—Lo siento, lo siento. Cuando todo acabe, ya hablaremos.
—Cuando todo acabe, no querré volver a verte —respondió ella mientras abría la puerta del saloncito y salía.
Al verla, el detective se imaginó la tensión del encuentro.
—Por favor, señor Henderson, ayúdeme. Salve a mi hijo. Los asesinos que lo han secuestrado mataron al conductor, una buena persona y un padre de familia. Seguro que son implacables. Paguen lo que les pidan. Lo que sea. Aunque Paul quede arruinado de por vida. ¿Me oye? Sin negociar. Lo que pidan.
No dijo más. Un médico la esperaba para administrarle un calmante que la ayudase a dormir unas horas, las primeras desde que fue informada del secuestro.
El padre, que observó la escena en silencio, trató de recomponerse. Habló unos minutos con su hija y se despidió de ella con un fuerte abrazo. Pero cuando iba a cruzar el umbral y salir de la casa, De Brambillon apareció de repente.
—Paul, cuenta conmigo. Tengo muy buenos contactos en el Ministerio del Interior y en la policía. Están a tu disposición —le dijo con la mejor de sus sonrisas.
—Gonzague, este es un tema de profesionales y tú de esto no sabes nada —le cortó en seco sin mirarlo y dejándolo sin palabras.
Dicho esto, salieron de la casa, que contaba con protección policial, y entraron en el coche que los esperaba. Una vez en el interior del vehículo Thomas le preguntó sobre De Brambillon.
—Este tipo no vale para nada. Un inútil que siempre se me ofrece, supongo que buscando cobrar alguna comisión. No sé qué ha visto mi exmujer en él —explicó Paul.
Amélie aguardaba su llegada en la puerta de las oficinas.
Después de abrazar a Kloster y de cruzar un afectuoso saludo con Henderson, se dirigieron a la zona donde estaba trabajando parte del equipo de TBH.
No pudieron adelantar nuevos datos. Seguían a la espera de recibir información de Klemm y de McHenry.
Estos llegaron a media tarde. Traían consigo las imágenes del secuestro y las primeras impresiones de la policía francesa, que en principio priorizaba la opción de una banda de delincuentes en busca de un rescate económico.