19. Ataque cruel
Ataque cruel
Kloster seguía en Nueva York viviendo con un ojo puesto en Alemania y otro en España.
Solo se había ausentado para viajar a Londres y establecer el contacto fructífero con Japón.
Y permanecía en Nueva York cuando el doctor Lyon intensificó sus ataques contra él y su empresa.
Pero comenzó a pensar que debía volver a Europa, pese a que había algo que le retenía en Estados Unidos, y no era un asunto de negocios, sino de faldas.
Paul sabía que en esos momentos se la estaba jugando, que cuando el doctor Lyon atacaba había que centrarse en la defensa.
Pero, como le había ocurrido tantas veces en la vida, lo que le retenía era su pasión por una mujer, Stacy Lorigan.
Necesitaba verla una o dos veces más antes de partir.
Cada vez le gustaba más. Le costó unos días quedar con ella para lo que Paul consideraba que serían los encuentros de despedida, por ahora.
Stacy retrasó la cita varias veces, por uno u otro motivo.
Acabado el almuerzo, con mucho vino en el cuerpo, se fueron al Ritz-Carlton. Ya no salieron de la estancia. Querían estar solos.
—¿Sabes por qué me gustas tanto, Paul? —dijo Stacy al cabo de unos minutos de haber hecho el amor.
—Porque soy muy guapo —se rio Paul— y porque follo bien.
—Tonto —dijo ella—. Eres guapo, sí, y te encuentro muy interesante.
Pero me gustas, sobre todo, porque eres inteligente y divertido.
También porque sabes escuchar, ya te lo he dicho más de una vez.
En cuanto a follar, admito que tienes una virtud muy especial.
Que no vas con prisas, que sabes esperar, que vigilas mi ritmo y te amoldas.
No vas a la tuya sino a la de los dos. Pocos hombres son así.
Paul se había incorporado un poco. Apoyó un codo en la cama para volverse hacia ella y mirarla mientras hablaba. Ella continuó:
—Hay más, y no me mires así, que se te está poniendo cara de bobo.
Te comento hoy lo que he estado pensando desde que iniciamos esta relación, porque me dijiste que volverás a irte, que los problemas que tienes son muy graves, que hay amenazas diversas contra tu vida…
Me gustas cuando estamos así, después de follar.
No te quedas dormido como tantos, tú tienes conversación y sabes que solo hay intimidad cuando los cuerpos ya están satisfechos, y es en momentos como ahora cuando te muestras tal cual eres.
No sé cuándo te volveré a ver, pero te juro que siempre te echo de menos cuando pasas largas temporadas sin venir.
Y, por favor, cuídate. Tu vida corre peligro.
Eran las nueve de la noche y Kloster se despertó sobresaltado por un zumbido.
No podía ser su teléfono. Lo apagó al llegar a la habitación para que nadie los interrumpiese.
Lo que sonaba era el timbre de la suite en la que se alojaba.
Quien o quienes lo tocaban insistían. Despertado de manera abrupta de un sueño muy profundo, tardó un poco en reaccionar.
Recordaba que se habían dormido abrazados, emocionados, asustados…
Se incorporó y se puso un pantalón de pijama y una camiseta antes de abandonar la habitación, cruzar la sala de estar y llegar hasta la puerta.
Al abrir se encontró a Thomas Henderson y a los dos escoltas que hacían guardia en la puerta.
El detective tenía una expresión extraña.
—Hola, Paul. Vengo a buscarte porque ha sucedido algo muy grave. Debes vestirte rápidamente y acompañarme —le dijo el detective mientras cogía su brazo y lo hacía entrar a rastras al interior de la suite.
—¿Qué está pasando?
—Es terrible. Te ayudaremos, no lo dudes. Han secuestrado a tu hijo en París —contestó el detective.
Paul entró en estado de shock y se desplomó. Solo la rápida intervención de Thomas impidió que su cabeza se golpease contra una mesa. Inmediatamente los dos guardaespaldas acudieron en ayuda de su jefe y entre los tres lo acomodaron en un sofá.
El ruido alarmó a Stacy que, semidesnuda, salió de la habitación y se quedó boquiabierta ante la presencia de un desconocido y de los dos escoltas.
—¿Qué está pasando? ¿Quiénes son ustedes? —acertó a preguntar.
—Soy Thomas Henderson y trabajo para Paul. Estas dos personas forman parte de mi equipo de seguridad.
Apenas escuchó la frase, porque Stacy había descubierto de repente a Paul, en apariencia desvanecido, y salió corriendo a abrazarle.
Paul recuperaba el conocimiento mientras uno de los guardaespaldas traía una pequeña toalla empapada que le puso en la frente y el otro le daba una botella de agua. Stacy le llenaba de besos, pero él, una vez consciente, la apartó, no sin dulzura, y se dirigió a Henderson:
—¿Cómo ha sido? ¿Quién le ha secuestrado? ¿Dónde le retienen? ¿Cuánto dinero piden? —preguntó a la vez que se incorporaba con dificultad.
—¿Qué ha pasado? —dijo Stacy, sin acabar de entender nada.
No le hicieron caso.
—No lo sé —respondió Thomas—. Vamos a las oficinas de mi empresa, allí nos espera un equipo que acabo de movilizar.
Ya han contactado con la Brigada Criminal de la Prefectura de Policía de París.
Son los que llevan el caso. Estamos buscando un avión para ir allí cuanto antes.
Vístete. ¿Señora, puede ayudarle? —preguntó a Stacy.
Con la ayuda de uno de los guardaespaldas, Stacy se llevó a Paul al cuarto de baño para ducharlo con premura. Desde debajo del chorro, Paul, aún aturdido, alcanzó a decir a Stacy: «¡Mi hijo! ¡Secuestrado!».
Thomas observaba cómo Stacy, cubierta ahora con una bata, duchaba a Paul.
El detective sabía que el fin de semana anterior en Londres su protegido estuvo en casa de otra mujer, aunque ignoraba que se trataba de la condesa zu Quedlinburg.
Asimismo sabía —era de dominio público— que cuatro semanas atrás vivió una aventura con la esposa de su socio industrial alemán, asunto que tuvo eco no solo en la prensa del corazón, también en los medios generalistas.
Henderson había visto de todo, pero profesionalmente no aprobaba la conducta promiscua de su cliente y casi amigo.
Él era un hombre religioso, adscrito a la iglesia presbiteriana.
Nada podía quebrar la firmeza de sus principios.
Siempre explicaba que le permitían mantener el equilibrio personal y una cierta distancia ante determinados hechos que vivía o conocía en el ejercicio de su profesión.
El contacto con el agua fría de la ducha reanimó de inmediato a Kloster. Se secó con la ayuda de Stacy, se vistió a la velocidad de un rayo, la abrazó brevemente y abandonó la estancia corriendo.
—¡Volveremos a vernos! —se despidió.
El detective se dirigió a ella, de quien tenía todas las referencias por razones de seguridad:
—Señora Lorigan, tómese el tiempo que necesite. Nosotros nos vamos a París. Uno de mis hombres se quedará fuera y la acompañará a donde usted diga.
Poco después Paul y Thomas llegaban a las oficinas centrales de TBH, en el 1301 de la avenida de las Américas, dentro del complejo del Rockefeller Center.
Los esperaban seis personas. Dirigía el equipo Hillary Klemm, quien había cumplido el mismo papel en la crisis que llevó a Paul a la cárcel en España.
Troy McHenry, el interlocutor del grupo con la Brigada Criminal adscrita a la Prefectura de Policía de París, resumió los hechos.
—Su hijo fue a casa de un compañero de universidad que celebraba su cumpleaños.
El conductor lo recogió a las doce del mediodía.
Cuando lo llevaba de camino de vuelta, un comando que se desplazaba en al menos tres vehículos cerró el paso del coche en el que viajaba el chico.
Lo capturaron y se lo llevaron, no sin antes asesinar a sangre fría al chófer con un tiro en la nuca.
La policía está revisando imágenes de varias cámaras callejeras para tratar de establecer el trayecto que siguieron en su huida.
Los asaltantes iban con la cara cubierta, por lo que resulta imposible averiguar su identidad.
Se han localizado dos de los coches utilizados. Ambos eran vehículos robados.
—El procedimiento habitual —dijo Henderson.
—Querrán un rescate muy elevado —comentó Hillary Klemm.
—O algo peor —dijo Paul, que escuchó el relato sin pestañear.
Trataba de procesar toda la información que recibía. Se imponía la necesidad de mantener la cabeza fría. Había recuperado el aplomo, aunque interiormente se culpaba por no haber previsto que sus hijos pudiesen correr algún riesgo. Debía hablar rápidamente con su exmujer.
Thomas le llevó a un despacho y lo dejó a solas. Paul marcó el número de Geneviève Duchesne. Ella respondió de inmediato con la voz quebrada.
—¿Estás informado? —preguntó la madre del joven secuestrado.
—Lo estoy —respondió el padre.
—¡Me han quitado a mi Paul! —la exesposa de Kloster rompió a sollozar.
—Geneviève, estoy en Nueva York. Está conmigo el director de una agencia de detectives de primer nivel. Son los que me sacaron de la cárcel en España. Voy a ir inmediatamente a París con él y un equipo de esta agencia —le explicó.
—Ven pronto. Te necesitamos aquí —contestó ella con un hilo de voz, antes de dar por finalizada la conversación.
Paul se quedó solo en silencio, erguido y con la mirada perdida.
Dos gruesas lágrimas surcaban sus pómulos.
Nunca imaginó que sus proyectos personales pudiesen poner en peligro la vida de alguno de sus hijos.
Mientras estaba absorto en sus pensamientos, Thomas entró en el despacho.
Le miró, le puso las manos sobre los hombros y le dijo:
—Querido amigo mío, cuánto siento lo que está pasando. Te atacan por tu flanco más débil. No están teniendo piedad contigo. Vamos a hacer lo imposible para rescatar a tu hijo. Cuenta conmigo para todo. Lo conseguiremos.