El vuelo de los gansos 17. El exilio temporal de Kloster #2
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17. El exilio temporal de Kloster #2

Paul sentía impotencia y se desesperaba.

No se atrevía a hablar con Seiffert ni tampoco a actuar por su cuenta como habría hecho unas semanas atrás.

Estaba realmente triste con la pérdida de contacto con su querido amigo.

Con Miguel Polo sí que hablaba, pero cuando tocaba Alemania, el abogado español le recordaba que era Seiffert quien ahora decidía sobre todos los pasos a dar en ese país.

Solo encontraba una actitud receptiva en Anneliese zu Quedlinburg.

Su relación con ella era cada vez más estrecha.

Se estaba convirtiendo en su paño de lágrimas, en su confidente.

—Hablar ahora es muy arriesgado, pero no lo descartaría del todo —le decía la condesa cuando conversaban por teléfono.

—¿No crees que dar una entrevista en un medio importante sería una buena idea? —insistía él.

—Según cómo se haga y con quién. A lo mejor da resultado. Pero sabes que yo no puedo tomar esta decisión, me sobrepasa. Es mi jefa quien decide. Debes convencer a Amélie, no a mí. De todas formas, al final aquí quien manda eres tú. Solar Alternative te pertenece —dijo.

—Me gusta hablar contigo, eres la única persona que ahora me entiende. Quiero verte. ¿Por qué no te escapas a Nueva York un fin de semana? Te aseguro que nos lo pasaríamos en grande.

—Es imposible. A Amélie no le gustaría. Hace poco me preguntó si habíamos tenido algún affaire , utilizó este término francés tan elegante, y lo negué rotundamente. Mi respuesta le pareció convincente.

—Hiciste bien. No te conviene. ¿Y si quedamos en Londres? —insistió Paul, que no soportaba su aislamiento.

—Sería más fácil. Está más cerca —contestó Anneliese con un tono de voz muy dulce.

—A lo mejor puedo organizar una cita en Londres que justifique mi presencia allí. Podrías venir un viernes por la noche y volver a Berlín el domingo por la tarde, sin que nadie se entere.

Acabada esta conversación Paul llamó a la doctora Sakakivara-Watanabe.

Quería verla con su marido para hablar de Japón.

La citó en Londres. La codirectora científica de Solar Alternative le dijo inmediatamente que sí.

Concertaron el encuentro para el jueves de la siguiente semana.

Y todo arrancó de la imperiosa e incontrolable necesidad de reunirse con Anneliese.

Kloster acordó con la codirectora científica de Solar Alternative que se verían en la embajada de Japón en el Reino Unido.

Poco después, ya en las oficinas de TBH en Nueva York, Kloster mantuvo una videoconferencia encriptada con Polo y con Seiffert para informarles.

Era la primera vez que Michael y Paul se veían las caras, aunque fuese en remoto, desde que estalló el escándalo con la esposa de Wilhelm Kronenbauer.

—Parece probable que el Gobierno japonés decida invitarnos a operar en su país.

Creo que es una gran oportunidad. Es la cuarta economía del planeta, el quinto emisor mundial de gases de efecto invernadero y, sobre todo, es el país de nuestra codirectora científica.

Esta posibilidad de expansión internacional, y tan simbólica, se la debemos a Noriko Sakakivara-Watanabe.

Me voy a encargar personalmente del proyecto si esta idea prospera.

Lo sabré muy pronto —explicó Paul a sus dos amigos, quienes estuvieron de acuerdo en todo.

Preferían, aunque no lo dijeran, que Paul estuviera metido en cosas muy lejanas que tenerlo encima.

A las diez de la mañana del día indicado dos Range Rover con la carrocería de color negro y los cristales tintados se detenían en el 101-104 de Piccadilly Street.

Kloster, flanqueado por su equipo de seguridad, y en compañía de la doctora Sakakivara-Watanabe, salió del primer vehículo y, a paso muy rápido, abordó la entrada principal del edificio victoriano que alberga a la legación diplomática nipona en el Reino Unido.

Allí le esperaba el profesor Rioichi Sakakivara, acompañado del embajador y de Kazuki Tokunaga, el viceministro de Política Económica, quien se había desplazado expresamente a Londres para esta reunión.

El encuentro duró casi toda la mañana y la conversación se desarrolló en inglés.

El número dos del todopoderoso Ministerio de Economía, Comercio e Industria dio carácter oficial a la propuesta: la empresa Solar Alternative quedaba invitada oficialmente a operar en Japón.

Kloster aceptó y propuso repetir un esquema similar al desarrollado en Alemania y en España.

Solar Alternative tendría un tercio del capital de la nueva empresa y dos operadores locales, los dos tercios restantes.

La excepción, muy del agrado de sus anfitriones, era que fuese el propio ministerio quien eligiese los socios nipones.

Kloster no conocía Japón y no quería arriesgarse.

La única resistencia que encontró fue cuando dijo que tanto el BBW Bank como Pellman & Finch deberían liderar el empréstito necesario para financiar la operación.

—Kloster-san, nuestro país dispone de bancos con capacidad suficiente para cumplir esta función —argumentó el viceministro para resistirse.

—Tokunaga-san, Solar Alternative tiene una deuda moral con BBW Bank y con Pellman & Finch. Para nosotros es determinante poder contar con ellos —insistió Paul.

Este fue el único punto de fricción en todo el encuentro, y el asunto quedó abierto.

Los japoneses no se pronunciaron, aunque tampoco se negaron por completo.

Salvo esta diferencia, el resto de la reunión resultó muy positiva.

Al salir de la embajada Kloster estaba radiante.

Japón abría las puertas a Solar Alternative.

Paul se alojó, durante su corta estancia en Londres, en una casa del área de Holland Park, propiedad de un viejo conocido de su época de juventud.

Solo estaba el servicio de la casa, ya que el anfitrión se hallaba fuera de la ciudad.

De esta forma evitó ir a uno de los grandes hoteles de la capital británica.

Fue la estratagema que utilizó para poder verse con Anneliese zu Quedlinburg.

El personal de seguridad que le acompañaba no conocía a la condesa alemana, quien fingió ser la anfitriona, y fue así como su auténtica identidad pasó desapercibida para el equipo de Thomas Henderson.

Estuvieron juntos desde el viernes por la noche hasta la mañana del domingo, sin abandonar en ningún momento su refugio. Paul se encontraba en un estado próximo a la euforia.

Entretanto, quienes no descansaban eran los conspiradores.

Markus Zhukov se reunió con Harry S. Lynton III en Luisiana, el estado natal del magnate, que le recibió, lejos de toda mirada indiscreta, en una magnífica propiedad familiar, una antigua plantación situada en el distrito — parish — de East Feliciana.

—Mister Zhukov, es un placer recibirle en mi casa. Tenemos mucho de qué hablar —dijo el anfitrión a modo de saludo.

—Antes de empezar, su secretario debe dejarnos solos. No nos entendemos —dijo Zhukov, poco amigo de los formalismos.

Olsen se quedó mudo. La mirada glacial que Markus le dirigió le generó un temblor interno. Ya no era el tramposo del principio, el que aplazaba los pagos. Ahora Zhukov le daba pavor.

El magnate de los combustibles fósiles y su invitado estuvieron repasando todos los aspectos relacionados con las actuaciones llevadas a cabo para acabar con la trayectoria de Paul Kloster.

Hablaron de la campaña difamatoria contra Kloster y sus supuestos atentados contra el islam.

—En esta guerra no se hacen prisioneros —enfatizó Zhukov—. Kloster es nuestro objetivo final, y de él se encargarán nuestros amigos yihadistas. Si muere, Solar Alternative se desvanecerá.

—Tengo alguna reserva moral sobre la nueva operación que me ha planteado. Pero no queda más remedio —suspiró Lynton—. Kloster debe sufrir en su fuero más interno. Estoy de acuerdo con usted en que hay que quebrarlo emocionalmente.

—Pues pondremos en marcha la operación francesa y, como siempre, utilizando actores locales interpuestos sin que estos conozcan quién los contrata realmente.

—Lo del vídeo quemando el Corán me pareció una buena estrategia.

La gente de Bin Issi se encargó luego de activar a ese imán del Yemen.

Por cierto, el príncipe quiere que acabe además con el hermano del jeque Al Rahfa.

Y yo estoy de acuerdo. Para él es un tema personal y para nosotros un asunto de seguridad.

Tememos que su hermano le informase de la reunión antes de morir.

Sabe demasiado. Elimínelo —ordenó el magnate—. Solo tiene que mencionar el precio.

—Está en Qatar y no viaja fuera de su emirato. Dudo que tenga información, pero no vamos a dejar ningún cabo suelto. Vamos a seguir de cerca sus pasos y, si sale de su país, lo eliminaremos. No lo dude —sentenció Markus.