El vuelo de los gansos 17. El exilio temporal de Kloster
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17. El exilio temporal de Kloster

El exilio temporal de Kloster

Kloster se refugió en Nueva York huyendo de la crisis que provocó su aventura con Dagmar Kronenbauer.

Si durante todo el vuelo no pudo casi dormir porque se estaba llamando idiota todo el rato, mientras aterrizaba sintió la necesidad de hablar con una persona realmente próxima.

Y en Nueva York, la más próxima era Stacy Lorigan.

Nada más poner un pie en la ciudad contactó con su vieja amiga y quedaron para verse esa misma noche.

Acabaron acostándose.

Cuando se despegaron Paul la miró a los ojos y dijo:

—Siempre haces que todo sea muy fácil. No recuerdo un mal momento contigo. Voy a estar un tiempo en la ciudad y quiero verte todas las noches.

Y, sin esperar a que ella respondiera, la besó de nuevo.

—No va a ser posible, querido. Tengo mi vida y mucho trabajo, lo sabes —dijo Stacy, sonriendo.

Aquella noche no terminó tras hacer el amor porque Paul hizo lo mismo de siempre, algo que ella disfrutaba tanto como el sexo con él: habló y habló ininterrumpidamente.

Pese a que a Stacy le pareció que estaba preocupado, como ausente, él le contó su última aventura y las consecuencias catastróficas que había tenido, y los esfuerzos de sus amigos por librarle de los problemas que solía provocar.

—No me arrepiento y al mismo tiempo sé que debería no solo arrepentirme, sino aprender la lección de una vez por todas —confesó.

Luego, como era también habitual, Paul escuchó con atención todo lo que ella quiso compartir con él, siempre sin mencionar nombres. Stacy era una mujer llena de contradicciones, de recuerdos dolorosos, de intimidad frágil que ocultaba tras su aspecto de mujer triunfante y de extraordinaria belleza.

—¿Sabes una cosa, Paul? He conocido a muchos hombres, pero solo tú escuchas tan bien. Incluso esta noche. Aunque, después del lío en el que te has metido, no me extraña.

Ella notó que Paul se había quedado absorto, de nuevo, y decidió concederle unos minutos en silencio.

—Mil dólares por tus pensamientos —soltó pasado un rato.

—Te lo cuento gratis… Me suele ocurrir. Cuando estoy confuso, y ahora lo estoy mucho, mi cerebro intenta sacarme de ahí y me lleva a lugares remotos que ni siquiera recuerdo.

Pienso en mi infancia y en mis sueños de entonces.

Y me veo en un paisaje blanquísimo que no he pisado en mi vida, y allí, en esa soledad nevada, con ese silencio especial que da el colchón blanco que cubre la tierra, de repente me siento…

No es feliz, ¿cómo decirlo?… Me siento en paz, me encuentro bien en el mundo.

Stacy le dio un beso en la frente. Y entonces fue ella quien empezó a hablarle sobre un amor de adolescencia, de cuando ella «llevaba trenzas», dijo, y se enamoró, con esa pasión ingenua de los catorce años, de un chico mucho mayor.

Ella estaba muy enamorada. Él no. Cuando la dejó de repente, sin ninguna explicación, a Stacy se le rompió el corazón.

—Y todavía está roto —confesó.

Paul le tomó la mano y la besó también en la frente. Antes de quedarse dormido, la escuchó murmurar:

—¿Sabes qué? Me sorprende que siempre acabe compartiendo contigo cosas que no he contado a nadie. Que procuro no contarme ni a mí misma.

Paul se alojó en el hotel Ritz-Carlton, junto a Central Park.

Había viajado solo, sin la compañía de su mayordomo.

Aun así, alertados por sus compañeros europeos, a los que había burlado durante la noche que provocó el escándalo en Berlín, los miembros de su equipo de seguridad permanecieron todas las noches en la puerta de la suite, y, en los sucesivos días, en las antesalas de los despachos donde mantenía reuniones.

Cuando se desplazaba por la ciudad, iban en dos Cadillac Escalade de color negro.

En el primero, el que Paul ocupaba, viajaba con un conductor y un guardaespaldas en los asientos delanteros.

En el segundo, otros tres fornidos protectores más.

Thomas Henderson se había tomado muy en serio la amenaza de la fetua yihad.

Paul no se sentía cómodo con este despliegue de medios del que no se podía huir.

Pero le preocupaba más el estado de su relación de amistad, ahora suspendida, con Michael Seiffert.

No se atrevía a llamarlo y buscaba, sin gran éxito, la complicidad de Miguel Polo para tratar de reconducir esa crisis personal.

Sus dos amigos le estaban castigando y se regodeaban al comentar los detalles.

Kloster no perdió el tiempo en Nueva York. Aprovechó su estancia en la ciudad para reunirse con Hilda Tournier. Nada más verse, la presidenta de Pellman y además ahora la Casa Blanca es tan cercana a petroleros y gasistas que ni siquiera me lo había planteado.

Si tú crees que es posible… es que hay alguna probabilidad.

¿Podríais empezar a diseñar un proyecto o varios para Estados Unidos?

Este país enorme posee la primera economía del mundo y es el segundo emisor de gases de efecto invernadero.

Pero tenéis un Gobierno que niega el cambio climático y eso no ayuda, sino todo lo contrario.

Yo diría que, estando tan involucrados, y con problemas en Alemania y en España, necesitamos algo más de tiempo antes de plantearnos otro reto.

Pero escucharé lo que tengas que proponerme.

La verdad, sigo pensando que a día de hoy este inmenso país supone el reto más imposible de todos.

—Ya tengo un equipo que está trabajando en trazar planes de ampliaciones futuras, sobre todo aquí. Tratamos de ver el modo de superar la oposición del sistema que, en efecto, ahora es totalmente contrario a cualquier iniciativa que mencione siquiera el asunto del cambio climático.

—De acuerdo, Hilda. Ahora mismo prefiero que no me mantengas al día. He de resolver otros problemas más inmediatos. Si quieres, te explico cómo va todo en Europa.

Lo que Paul no le contó a su amiga era que Michael Seiffert seguía manteniéndolo a distancia. Tampoco le habló a fondo de los demás contratiempos, de la emergencia de enemigos muy poderosos; por otro lado, los ecos de esos problemas ya habían llegado a Hilda.

De hecho, mientras Paul permanecía en Nueva York, quienes no descansaban eran los activistas del BDS.

El doctor Lyon se sentía cada vez más seguro de poder lograr sus objetivos.

Kloster seguía con preocupación desde su refugio neoyorquino los movimientos del doctor Lyon.

Hablaba diariamente de ello con Amélie Hautemanière.

—¿Crees que debo contestar? —preguntaba Paul una y otra vez, pues era lo que le pedía el cuerpo, salir a la arena pública y debatir con sus enemigos.

—No es una buena idea. Serías carne de cañón para los grupos organizados de haters digitales.

Actúan como manadas de lobos hambrientos y despedazan a quienes señalan como enemigos —respondía la comunicadora—.

Es algo que desde hace años vemos todos los días.

Y no importa que tú o quien sea defienda una idea plausible y beneficiosa para la humanidad.

La realidad y la verdad ahora ya no importan… No interesan.

—¿Y no podemos construir un argumentario razonable frente al doctor Lyon y difundirlo?

Basta con explicarlo en cifras. Si actúas sobre la producción masiva de electricidad y sobre la industria, eliminas muchísimos más gases de efecto invernadero que si lo haces sobre el consumo de energía de los particulares.

Es una evidencia que no resiste comparación —explicaba Paul.

—No me estás escuchando, Paul. En otra clase de foros, sería lo más oportuno.

Pero lo que ahora padecemos no es un debate de ideas.

Dar explicaciones, por razonables que fuesen, no serviría de nada y te pondría aún más en el disparadero.

Entrar ahora en un supuesto debate público, argumentar con esas cifras que mencionas, es adecuado en un momento histórico en el cual se trata de discutir sobre ideas.

Y vivimos en una era diferente: la de los mensajes cortos y contundentes viralizados, tengan o no sentido.