16. Escándalo en Berlín
Escándalo en Berlín
Era la gran noche que Paul había estado tramando con Anneliese. El momento marcado para seducir a Dagmar, la esposa de Wilhelm Kronenbauer. Un hombre muy duro, un mal enemigo y, además, uno de los socios estratégicos de Solar Alternative en Alemania.
En la posición de Kloster, cualquier persona con un mínimo de sentido común habría evitado entrar en ese juego tan peligroso para sus intereses. Pero Paul tenía una vena irresponsable. Le gustaba jugar con los límites, sobre si todo se trataba de una mujer atractiva y, en principio, inaccesible.
Habían quedado en un apartamento alquilado por zu Quedlinburg a través de una persona interpuesta. Se trataba de un lugar espacioso con vistas a una zona ajardinada, en la Potsdamer Platz, en pleno corazón de la ciudad. Allí cenarían y podrían quedarse por la noche.
Todo estaba planeado a la perfección para el encuentro y calculado al milímetro para evitar que pudieran ser descubiertos por el marido.
Anneliese y Dagmar, como dos buenas amigas, asistirían a un concierto de la Filarmónica de Berlín.
Nada en principio anormal o sospechoso. Paul las estaría esperando en el apartamento.
Entraría antes de acabar la función en la Filarmónica, para evitar miradas sospechosas.
Despediría a sus escoltas, obligándolos de forma imperativa a marcharse del complejo de apartamentos, como finalmente hizo ante el desconcierto de sus protectores.
Luego a primera hora de la mañana abandonaría el edificio por el garaje, acompañado de nuevo por todo su despliegue de seguridad.
Su cómplice y la esposa de Kronenbauer lo harían por separado bastante después.
Todo discurrió según lo planeado. Después de asistir a una representación de obras de Richard Strauss y de Beethoven, dirigidas por la experimentada batuta de Kirill Petrenko, las dos amigas se encaminaron al lugar preparado por la condesa zu Quedlinburg.
Dagmar estaba nerviosa, Paul le resultaba un hombre tan peligroso como atractivo. Al franquear la puerta del apartamento, allí estaba su pretendiente. Simpático, alegre, gracioso, encantador…
—Creía que me habíais olvidado. La espera se me ha hecho eterna —exclamó Paul sonriente, a modo de saludo.
La cena sirvió para romper el hielo y para que Dagmar empezase a desembarazarse de sus inseguridades. Paul no paraba de hacer bromas y de seguir llenando las copas de riesling , un magnífico Kiedrich Gräfenberg.
—Este vino es excepcional. Es el mejor de los blancos. Disfrutemos de nuestro espacio de libertad. Resulta imposible estar mejor acompañado —decía Paul alegremente.
—Estoy totalmente de acuerdo —añadió Anneliese—. El vino es fabuloso. Y, como habrás comprobado ya, mi amiga es fantástica… Y tú…, un anfitrión de primera categoría. Desconfiemos de él, Dagmar. Tengo experiencia, y he descubierto que Paul es a veces es un poco tramposo.
—¿Lo eres? ¡Qué interesante! —dijo la mujer de Kronenbauer con un gesto de picardía.
—Me gusta hablar sin preocuparme de lo que digo —contestó Paul—. A veces me harto del mundo de los negocios. Y debo admitirlo, con vosotras siento que puedo hacerlo.
—Aquí en Alemania soy tu asesora de imagen. He de atarte corto… en público —terció Anneliese.
—Vivo rodeado de personas que siempre están pensando en las obligaciones. No disfrutan de la vida —se lamentó Paul.
—¿Y tú sí? —preguntó la esposa del poderoso industrial con picardía.
—Ya me gustaría, querida Dagmar… Me paso todo el tiempo de reunión en reunión tratando de convencer a personas serias o desconfiadas de la necesidad de instalar mis paneles solares y mis baterías por todas partes.
Pero todo eso no llena más que una parte de mí.
Creo que ya no sé ni cómo hablar a una mujer.
Hace mucho que no hago el amor. No me acuerdo ni de cuándo fue la última vez.
Dagmar estalló de risa con la ocurrencia y no pudo evitar que se le escapase una confesión.
—Yo tampoco.
Y lo que tenía que pasar pasó. Tras una larga noche, los tres abandonaron de forma escalonada el escenario. Todo con la máxima discreción, sin dejar pistas.
Y lo que no tenía que ocurrir, en ningún caso, también ocurrió.
Tres días después, un periódico sensacionalista alemán publicaba unas fotos y vídeos tomados con teleobjetivo.
En ellas se veía, a través de las ventanas del apartamento, a Paul y a Dagmar besarse y abrazarse con pasión.
Las imágenes eran lo suficientemente nítidas como para identificarlos a ambos sin ningún lugar a dudas.
Se desató un escándalo de grandes proporciones.
Michael Seiffert estaba fuera de sí. Tomó la decisión de abandonar Solar Alternative y así informó por teléfono a Paul, que estaba desesperado.
—Has traspasado la única línea roja que te advertí que no podías en ningún caso franquear. Doy por finalizada nuestra amistad y nuestra colaboración profesional.
Y dicho esto, Michael Seiffert cortó bruscamente la comunicación.
Kloster recibió la llamada cuando estaba en las oficinas berlinesas de la empresa. Junto a él, se encontraba Anneliese, jugando su papel de directora de crisis. La condesa zu Quedlinburg estaba fuera del escándalo. No aparecía en las fotos ni existían sospechas de su implicación.
—Menos mal que no te ha salpicado. Ahora te necesito más que nunca —dijo Paul, hundido.
—Siempre estaré contigo. No te fallaré. Tenemos un gravísimo problema y vamos a afrontarlo. No entiendo cómo ha podido pasar, con todas las precauciones que tomamos —respondió Anneliese.
—¿Tienes alguna sospecha de quién ha podido delatarnos?
—Sí tengo una, aunque me cuesta mucho aceptarlo. No puedo haber sido tan tonta.
—¿De quién sospechas? —inquirió él.
—De Dagmar Kronenbauer —respondió ella con un gesto de rabia.
Anneliese le explicó su hipótesis a Paul. Ambos habían caído en una trampa sibilina. En caso de divorcio, sin entrar en las causas que hubiesen provocado la ruptura, la esposa del industrial estaba protegida por un importante acuerdo económico prenupcial.
Amélie Hautemanière se trasladó a Alemania para tomar las riendas de la nueva crisis de comunicación.
Poco se podía hacer. Las imágenes constituían una evidencia palmaria.
Resultaba imposible desmentir los hechos.
Dagmar Kronenbauer había tenido una aventura con un socio de su marido; y no con uno cualquiera, sino con el mago de la energía solar fotovoltaica.
El todo Berlín y el todo Alemania se regodeaban comentando el escándalo y buscando nuevos detalles.
Muchos medios de comunicación encontraron en el incidente un auténtico filón y algunos de ellos, una oportunidad para provocar visitas a sus páginas con supuesta información confidencial totalmente inventada.
En pocas palabras, clickbait a pleno ritmo.
—Esto es insoportable. No podemos hacer nada. Debemos esperar a que la gente se canse de la noticia —razonaba Amélie.
—Estoy de acuerdo. El peligro es que se empiece a especular con una ruptura de la alianza con Kronenbauer y la DEP. Ya se ha filtrado que Michael Seiffert se ha ido —apuntó Anneliese.
—Tienes toda la razón. Ese es el gran riesgo —contestó su jefa, que tras un breve silencio le hizo una pregunta directa a su colaboradora—. Y ahora, sé sincera conmigo. ¿Has tenido algún affaire con Kloster?
—No —contestó zu Quedlinburg con firmeza convincente—. ¿Se ha insinuado contigo?
—Solo al principio. Dejó de hacerlo cuando le expliqué que no me gustan los hombres. ¿Sabes lo que me contestó al saberlo?
—Siento curiosidad. ¿Cómo reaccionó? —preguntó la condesa.
—Pues con una estupidez. Dijo que no lo entendía porque soy muy femenina y que por eso nunca se habría imaginado que podría ser lesbiana —explicó Amélie—. A veces resulta bastante anticuado. Pero he trabajado con él muy a gusto y es una persona a la que aprecio de verdad.
Durante esos días, Paul estuvo llamando una y otra vez al teléfono de Michael sin obtener respuesta.
En su desesperación mandó un mensaje a su esposa Martha, quien le contestó que su marido estaba realmente enfadado y que ella sentiría mucho que se quebrase una amistad hasta ese momento tan sólida.
Pero —añadió— era él, Paul, el causante de todo. Que no se quejara.
Las aguas empezaron a volver a su cauce cuando intervino Miguel Polo.
Primero reconvino con extrema dureza a Kloster, acusándole de poner todo en peligro por su frivolidad.
Luego habló largamente con Seiffert y le convenció con mucho esfuerzo de que reconsiderase su decisión, que le dijera cuál era el precio.
Michael puso dos condiciones. La primera, no hablar con Paul en mucho tiempo, y la segunda, que abandonase Alemania rápidamente y que no volviese a poner los pies en el país hasta que él lo autorizase.
Kloster tomó un vuelo con destino a Nueva York. Aceptó la sugerencia de su amigo y socio español y abandonó temporalmente cualquier actividad pública, para dejar la empresa en manos de sus dos socios y amigos.
«Tampoco te quiero ahora en España», le había dicho Miguel Polo, cuando le informó de las condiciones puestas por Michael para volver a tomar las riendas de Solar Alternative en Alemania.
El abogado español voló esa noche a Frankfurt.
Había decidido reunirse con Seiffert y apoyarlo de cara a resolver la crisis desatada por el comportamiento de Kloster.
Al día siguiente irían juntos a ver a Wilhelm Kronenbauer para excusarse por el inaceptable comportamiento de su socio y amigo común.
El poderoso industrial los recibió con frialdad cortés.
Todo parecía indicar que estaba muy ofendido.
Pero la actitud del abogado español, así como las garantías que los dos socios de aquel tipejo, Kloster, le dieron respecto a su éxito alejándolo de la dirección activa de los negocios le tranquilizaron.
Solo sonrió cuando le informaron de las dos condiciones impuestas por Michael para volver a involucrarse en el proyecto alemán de Solar Alternative.
—Confío en usted, doctor Seiffert —dijo el industrial—.
Considero que es un hombre fiable. De usted, señor Polo, tengo muy buenas referencias…
—Miró a los ojos primero a uno, luego al otro, y continuó—: Me han tranquilizado ustedes.
Pase lo que pase, nuestra alianza no está en peligro.
Puedo trabajar con ustedes dos si son capaces de controlar a ese tipo.
Estuvieron unos minutos más hablando de temas triviales hasta que llegó el momento de despedirse. Fue entonces cuando Kronenbauer pronunció por primera vez el nombre del causante del estropicio, y además anunció algo totalmente inesperado:
—Nunca me gustó el señor Kloster. Desde un primer momento me di cuenta de que rondaba a mi esposa y eso es algo que un caballero no debe hacer.
Lo único que le agradezco es que me haya despejado el camino para divorciarme en pocos días y sin mucho coste económico.
Ha sido ella la infiel, no yo. Dentro de poco podré casarme otra vez.
Los dos amigos quedaron desconcertados al oír las últimas palabras del duro industrial, quien, con una sonrisa y una mirada fría dibujada en sus ojos, continuó explicando:
—Soy viejo, soy gordo, soy feo, pero soy uno de los hombres más ricos de Alemania. Eso me hace irresistible para muchas mujeres jóvenes y guapas que quieren prosperar. Por eso me voy a casar por sexta vez. Mi nueva novia me gusta mucho más que mi actual esposa.
Seiffert y Polo estallaron en un ataque de risa incontrolable cuando abordaron el coche al salir de la oficina de Kronenbauer.
Tardaron un buen rato en recuperarse. A Wolfgang Schmidt y a Moritz Herrkutter les pasó lo mismo cuando les reprodujeron las últimas palabras de Kronenbauer.
A Paul se lo ocultaron. Consideraron que no se merecía ese premio.
Solo le hicieron saber, a través de un escueto mensaje telefónico, que se mantenía la alianza con la DEP y con el grupo industrial.