14. El doctor Lyon y el compromiso de Miguel Polo #2
El doctor Lyon no esperó mucho para atacarle. Lo hizo esa misma tarde en el curso de su ponencia. En un auditorio rebosante de público, no dejó ninguna duda sobre su opinión cuando habló de él a mitad de la conferencia.
—Hoy mismo me he reunido con el señor Kloster —dijo de repente, saliéndose del guion escrito que consultaba de vez en cuando—.
Él ha pedido verme. Quería convencerme de la bondad de su proyecto y debo decirles que no lo ha conseguido.
Todo lo contrario. Estoy ahora más alarmado que antes de conocerle —explicó a modo de introducción para esa parte improvisada de su conferencia.
Y en tono admonitorio continuó, elevando el volumen de la voz y dándole un timbre profético a lo que tenía que decir:
—Estoy convencido de que Kloster quiere construir un monopolio perfecto con la aquiescencia y la complicidad de las grandes corporaciones.
Esta persona no pretende cambiar nada. Simplemente busca perfeccionar el modelo actual, que consiste en que todo lo controlen los grandes productores de energía.
Su apuesta pasa por la distribución de electricidad a través de las redes de alta tensión, cuyo peligro cancerígeno prefiere obviar.
No me fío del asunto ese de los camiones cargados de sus baterías.
¿De edificio de pisos en edificio de pisos?
Sus ideas darían risa si no fueran tan peligrosas.
Defiende un esquema centralizado e ineficiente, basado en la gran industria y la gran banca.
Desprecia a los ciudadanos y ¡desaprovecha la oportunidad de fomentar una democratización de la energía!
Sus afirmaciones resonaron ante el auditorio electrizado ante sus duras advertencias. Entonces elevó aún más el tono de su voz, utilizando sus palabras como dardos.
—Solo busca contar con unos recursos económicos ingentes que le permitirán invertir más que ningún otro agente en la investigación y el desarrollo de la nueva tecnología.
De esta forma, hasta las grandes corporaciones eléctricas se convertirán en rehenes de Solar Alternative.
Paul Kloster es una persona carente de valores morales.
Quiere instaurar una dictadura energética, un monopolio mundial, mayor que el que jamás se haya visto.
Es el gran depredador, es el Megalodón de la energía.
Y alzando los brazos de forma teatral y mirando al cielo como quien entona una plegaria, aquel hombre, que se autonombraba profeta con su actitud, concluyó:
—Es nuestro deber detenerlo. Ese es el deber de todos los ciudadanos y todos los demócratas.
Una ovación cerrada puso fin a la conferencia. El público, mayoritariamente joven, se mostró exaltado. Al principio con aplausos y vítores. Y, pronto, con gritos contra Solar Alternative y contra su fundador.
Paul leyó anonadado estas palabras cuando Anneliese zu Quedlinburg le hizo llegar una traducción escrita de su conferencia, grabada por uno de los asistentes, que era uno de los ejecutivos de cuentas de HMC-PR en Alemania.
—Con este hombre no hay nada que hacer. Ya me avisó Michael y no le hice caso. Qué error —se lamentaba Paul.
—Lyon tiene mucho predicamento en sus círculos.
Es aún pronto para medir si puede ir más allá —respondió la comunicadora—.
Cuenta con el apoyo de la extrema izquierda ambientalista, pero podría sumar a los extremistas del otro lado, a los de la derecha dura.
No lo puedo excluir. Esos van con todo lo que sea armar gresca…
Mientras tanto, en España, Juan José Almagro, el nuevo ministro de Energía, se reunía con Miguel Polo.
La jefa de Gobierno, Isabel Llerena, le había encomendado una misión muy clara al designarlo al frente de la cartera.
Debía evitar a toda costa que Solar Alternative abandonase España.
Y él llamó a Miguel Polo para citarle en su despacho recién estrenado.
—Soy consciente, y la presidenta también lo es, de que fueron víctimas de una trama mafiosa —dijo apretando los dientes—.
Nuestro Gobierno también quiere entonar el mea culpa y este ministro presentarles sus excusas más sinceras.
No volverá a ocurrir. Sepan que son muy bienvenidos en este país —terminó Juan José Almagro.
Miguel Polo sabía para qué había acudido a esa convocatoria, y no era precisamente para escuchar y aceptar disculpas. De modo que, con la cautela propia del abogado que era, replicó de forma amable y concluyente a la vez:
—Señor ministro, agradezco su comentario en lo que vale, que es mucho. Pero debo confesarle que España ya no está entre los objetivos de Solar Alternative. Paul Kloster así lo ha decidido y está cargado de razones para hacerlo. Sé que usted las conoce en profundidad —respondió el abogado.
—¿Y usted no puede convencerle de que reconsidere su decisión? —insistió el político con la preocupación marcada en el rostro—. Estoy seguro de que, a usted, en su fuero interno y como ciudadano de nuestro país, le duele que España quede excluida de la revolución solar fotovoltaica.
—No lo dude. Pero mi amigo está profundamente herido y no es español. Lo que le ha hecho esa pandilla de expolicías y sus secuaces no tiene nombre. Y, además, obtuvieron el respaldo del estamento judicial.
Polo admitió que esa operación en contra de Solar Alternative no era algo que hubiese sido concebido por el Gobierno, que sus orígenes aún desconocidos podían venir de cualquier parte, menos del Palacio de la Moncloa.
Y Juan José Almagro accedió a decir que el Gobierno usaría todos los medios a su alcance no solo para ir a buscar hasta el fondo al autor intelectual de esa operación, sino también para que el castigo de los responsables fuese ejemplar.
El nuevo ministro de Energía era una persona muy amable, de gran personalidad y un hábil político. Polo y él sintonizaron y una corriente de simpatía se estableció entre ambos. Esa reunión urgente era un primer paso.
Juan José Almagro continuó insistiendo a lo largo de las siguientes jornadas. En siete días se vio en tres ocasiones más con Polo. Una semana después del primer encuentro con el ministro, el abogado viajó a Montecarlo para hablar con Paul y forzarle a cambiar al menos un poco su actitud.
Paul no ocultó que le cabreaba que su amigo tratara de convencerle de ser amable con el país que le había metido en la cárcel injustamente.
—Si regreso, ¿quién me garantiza que no volverán a meterme en la cárcel? —preguntó Kloster.
—Eso ya pasó —respondió Polo—. No volverá a suceder. Fue un accidente.
—¿Como que un accidente? Me metieron entre rejas y no lo perdono. Puto país de mierda.
Viendo que Miguel Polo seguía insistiendo en la necesidad de reactivar las operaciones en su país, Kloster le dijo:
—Si insistes tanto, hazte cargo de las operaciones españolas. Con plena responsabilidad.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decir exactamente?
—Que te metan a ti en la cárcel. Si quieres que se haga, tendrás que dejar tu bufete y ser la cabeza de Solar Alternative en tu pequeño país de mierda. Allá tú y sus bandas de policías reconvertidos en gánsteres.
Polo se quedó en silencio. No se lo esperaba.
—Miguel —le dijo Paul—, insisto. Si esperas que España tenga unos parques solares fotovoltaicos y unas baterías de última generación y que en pocos años consiga la independencia energética, mis condiciones son muy claras.
Primera, serás el presidente ejecutivo de la filial española trabajando a tiempo completo.
Que lo sepa todo el mundo y te metan a ti en la cárcel si les viene en gana.
No lloraré, ni aunque seas uno de mis dos únicos amigos en el mundo.
—No me van a meter nunca en la cárcel —replicó Polo.
—Además de presidente ejecutivo de la filial española —siguió Paul—, desempeñarás, como Michael, el cargo de vicepresidente global de Solar Alternative. Y también como él, en una primera etapa tu sueldo anual será de doce millones de euros. Cuando el negocio empiece a funcionar, lo mejoraremos.
—¿Y acciones?
—Pues al igual que Michael en Alemania, te ofrezco el 20 por ciento del capital de la filial española.
—No es suficiente. Quiero tener, además, acciones de la matriz. Michael también te lo ha reclamado, lo sé. No me interesa ser solo vicepresidente global con acciones en una de las filiales.
—No abuses de la amistad —dijo Paul elevando el tono de su voz.
—Tú nos pides que nos involucremos en tu proyecto, que lo hagamos dejando el que ahora es nuestro modo de vida, y por completo. Y yo afirmo que estoy dispuesto a hacerlo, pero quiero más de lo que me ofreces.
Paul se quedó en silencio mirando a su amigo. Y al cabo de un minuto le contestó.
—¿Qué tal un 5 por ciento del capital de Solar Alternative y un veinte de la filial española?
—Quiero un 10 por ciento de la matriz y el veinticinco de la filial y para Michael lo mismo en la matriz y en la filial alemana —respondió Polo con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.
—¡Qué cabrón eres, mi queridísimo Miguel! No me queda más remedio que decirte que sí y de paso mejorar las condiciones de Michael, porque tú y Michael sois los dos únicos amigos que tengo y os necesito a mi lado.
—Acepto tu primera condición: venderé mi participación en el despacho al resto de mis socios —respondió Polo.
—Aún no he terminado, amigo. Segunda condición.
Tendrás que conseguir que el Gobierno español apruebe unas medidas fiscales muy agresivas para facilitar la transformación de los parques solares existentes, los de vieja generación.
No solo los que pertenecen a entes públicos como las comunidades autónomas y demás, también los que son propiedad de las grandes energéticas.
Y que se comprometan a su vez a realizar una fuerte inversión en redes de distribución.
—Eso va a ser fácil. El nuevo ministro de Energía, que es muy competente, ya me lo ha ofrecido.
—Tercera condición. Deberás construir una alianza con grupos empresariales españoles similar a la que Michael ha conseguido en Alemania.
—Lo haré —apuntó Polo.