14. El doctor Lyon y el compromiso de Miguel Polo
El doctor Lyon y el compromiso de Miguel Polo
Alemania y España,
En Alemania, mientras las operaciones de Solar Alternative iban sobre ruedas, había surgido de la nada una voz disonante.
Era la de un conocido activista medioambiental y antinuclear, el doctor Martin Lyon.
Este científico, con pasado político y una alta proyección pública, abogaba por la descentralización de la producción de electricidad y la lucha contra la concentración empresarial.
Defendía que los principales usuarios de la generación eléctrica innovadora (en clara alusión a Solar Alternative) tendrían que ser los propios consumidores individuales, no las grandes corporaciones.
Aquellos nuevos avances tecnológicos deberían ser, según Lyon, para los individuos: desde los ciudadanos menos adinerados, con su instalación personal en bloques de pisos, hasta los que vivían en casas de las zonas suburbiales de lujo y clase media; desde el pequeño taller mecánico hasta la explotación agraria o ganadera familiar.
Desde estos postulados criticó el acuerdo de Solar Alternative con la DEP y el grupo Kronenbauer.
Aunque en un principio saludó con entusiasmo la tecnología innovadora de Solar Alternative, en cuanto Kloster dejó claro que lo que pretendía era trabajar con las grandes corporaciones financieras, industriales y energéticas, Lyon se mostró públicamente furioso y de manera muy explícita, mencionando el nombre de Kloster y el de su empresa.
Para él suponía un gravísimo error en la estrategia global contra el cambio climático.
Lo denunció en un artículo publicado en uno de los periódicos alemanes de mayor difusión, bajo el título de «Oportunidad perdida para la democratización de la energía».
En el texto instaba a Solar Alternative a vender sus paneles a los particulares, individualmente o agrupados en comunidades de propietarios.
Criticaba el acuerdo con la Deutsche Elektrizität y el Grupo Kronenbauer, a los que calificaba de «grandes conglomerados abusivos, interesados únicamente en maximizar el beneficio a costa del esfuerzo de los ciudadanos». Y concluía:
El señor Kloster tiene que elegir entre ser el héroe de las energías limpias o un vulgar villano que pretende monopolizar los beneficios de una innovación que puede salvar a la humanidad.
Me temo que lo único que quiere es convertirse en la persona más rica del planeta.
Aunque a costa de ese sueño soberbio él, el planeta y todos nosotros acabemos peor de lo que estábamos, que ya es decir.
Que nadie se deje engañar por ese supuesto benefactor de la humanidad.
Sus verdaderos propósitos han quedado al descubierto.
Quiere ser él mismo el principal beneficiario del invento que ha financiado.
Reunidos Kloster, Seiffert y Anneliese, Paul pidió silencio y leyó una traducción del artículo con gesto serio.
Las últimas palabras de Martin Lyon le afectaron muchísimo.
Él no se veía así. Decidió que tenía que conocer a aquel profesor, persuadirle acerca de las ventajas de su política de crecimiento.
Paul estaba seriamente convencido de que solo una actuación global e industrial masiva podía poner remedio urgente a una situación de deterioro ambiental que no podía esperar las decisiones de millones de individuos en todo el globo.
Su proyecto y la forma de enfocar su expansión eran la solución que el mundo necesitaba.
Hacía tiempo que Kloster seguía a Lyon, un pensador ecologista muy relevante tanto como líder de opinión como en su papel reciente de influencer en redes. También había leído sus dos libros.
El activista consideraba que «la energía renovable debe ser usada allí en donde se genera».
Abogaba por descentralizar la producción y eliminar las redes de alta tensión.
La masificación generativa en manos de las grandes empresas suponía, según el doctor Lyon, una continuación de las políticas que habían llevado el mundo a una crisis ambiental sin precedentes.
Poner sus avances en manos de la banca y las energéticas multinacionales equivalía, en su opinión, a destruir la principal ventaja que esos mismos avances suponían.
La idea de aquel profesor universitario era clara: que cada quien —ciudadano, autónomo, pequeño empresario…
— produzca su propia electricidad. Si millones de personas y pequeños empresarios en todo el mundo actuaran así, la revolución sería verdadera, y la propiedad de la energía sería individual, argumentaba el doctor Lyon.
Kloster entendía el razonamiento. Pero también sabía que la difusión de una tecnología alternativa por aquel método de los individuos, de uno en uno, podía tener su respaldo lógico en teoría, pero en la práctica hacía inútiles, por inacabables, los esfuerzos en favor de acabar con los combustibles fósiles.
Porque ahora eso podía hacerse, gracias a su empresa, en no muchos años.
Por eso consideraba que debía negociar con las corporaciones energéticas y de esta forma poner fin definitivo a la producción de electricidad sucia.
Se trataba de convertir la energía ecológica en un negocio mucho mejor que el de la producida mediante la generación de gases de efecto invernadero.
Y hacerlo de golpe. Reemplazando el uso de combustibles fósiles por sus placas y baterías.
Por eso quería ver a Martin Lyon. Para contárselo a él de viva voz, cara a cara.
Estaba seguro de que un razonamiento así era suficiente, que podía incluso ganarle para su causa.
—Movámonos ahora mismo. Tengo que conocer a Martin Lyon. Quiero explicarle nuestro proyecto. Mirarle de frente —le dijo Paul a su amigo alemán.
—No conseguirás nada. Es una persona complicada.
Idealista y al mismo tiempo muy dogmática.
Te lo desaconsejo —opinó Michael—. Él dice que tu motivación es convertirte en el tío más rico del mundo, ¿no?
Pues te diré cuál es la suya. A él le importa todo un bledo; todo menos la construcción de un monumento a sí mismo como el gran héroe global en la lucha contra el cambio climático.
Eso es lo que realmente le motiva. A quien el cambio climático no le importa es a él.
Y como esa idea de autosantificación es lo que le mueve, no habrá modo de argumentar con él.
—Me da lo mismo, Michael. Gracias por ponerme en guardia. De verdad. Eso me ayudará. Pero necesito verle. Quiero hablar con él. Su artículo me ha dolido profundamente. ¿Puedes organizar un encuentro, Anneliese? —insistió.
—Puedo hacerlo, pero no olvides el consejo de Michael —respondió ella.
El encuentro se celebró en Friburgo. Esa misma tarde, el activista medioambiental tenía programado pronunciar un discurso en la facultad de Medioambiente y Recursos Naturales de la prestigiosa Universidad Albert-Ludwigs de la ciudad.
Kloster y Lyon se vieron a mediodía en un despacho del centro universitario.
—Doctor Lyon, es un placer conocerle. Hace tiempo que tengo referencias suyas y tenía gran interés en hablar con usted. He leído sus dos libros y le sigo con admiración —dijo Paul a modo de presentación.
—Señor Kloster, debo decirle que me ha sorprendido que quiera reunirse conmigo después de lo que he dicho de usted.
Ya sabe, por tanto, que si bien me alegré cuando supe de la importancia y garantías de sus avances en materia de placas solares y baterías, tengo ahora una visión muy crítica de sus últimos movimientos —respondió el activista.
—Soy consciente de ello. Nada impide que nos sentemos a conversar, aunque no estemos de acuerdo. Podemos encontrar puntos comunes, ya que usted mismo ha mencionado públicamente esas coincidencias. Hablemos y veamos hasta dónde podemos ir juntos —insistió Paul.
Eran personalidades muy distintas. Lyon, cuyo apellido entroncaba con los hugonotes huidos de las guerras de religión francesas del siglo XVI y posteriores, se llamaba Martin en honor a Lutero.
Era la severidad en persona. Hombre de gran inteligencia y nula tolerancia, veía en Paul un trasfondo de despreciable frivolidad.
La inmensa fortuna, el aspecto hedonista y las formas mundanas de Kloster constituían para Lyon pruebas indiscutibles de las limitaciones del personaje.
Su pasado como el Megalodón de los bítcoins era para él una evidencia palmaria de su toxicidad.
A ese Kloster le interesaba el dinero, y en cantidades gigantescas.
Paul intentó desplegar todos sus encantos.
Lyon pareció escucharle, aunque en realidad lo que hacía era estudiarlo: sus gestos, la entonación que utilizaba al hablar, su sonrisa permanente, la amabilidad que trataba de desplegar…
Y todo convencía a Martin Lyon de que era su enemigo juramentado, porque debajo del cordero ambientalista se ocultaba una fiera monopolística.
Estuvieron hora y media sentados el uno frente al otro. En ningún momento el medioambientalista mostró el mínimo atisbo de receptividad. Tampoco trató de utilizar contraargumentos frente a los que Kloster exponía. Cuando ambos se pusieron en pie para despedirse, Paul añadió:
—Doctor Lyon, ha sido un placer conocerle. Me gustaría, si usted está de acuerdo, mantener una línea de contacto y volver a encontrarnos para buscar puntos comunes en el desarrollo de una energía limpia y de acceso universal, pues en eso sí estamos de acuerdo —dijo Paul.
—Señor Kloster, esta conversación ha sido muy instructiva para mí.
Después de conocerle, tengo el convencimiento de que usted y yo no tenemos nada en común.
Yo estoy en una trinchera y usted se encuentra en la de enfrente.
No tiene sentido que nos volvamos a ver —respondió Lyon sin dignarse siquiera a estrechar la mano que Kloster le estaba ofreciendo. Y le dio la espalda.