El vuelo de los gansos 13. Kloster retoma la iniciativa #3
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13. Kloster retoma la iniciativa #3

Paul, que durante el fin de semana se desplazó a París para estar con sus dos hijos, a los que no había visto desde su entrada en prisión, aterrizó a las siete de la mañana en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo.

Una potente berlina y un vehículo de seguridad le esperaban en la terminal.

Entró en el coche con su guardaespaldas y su inseparable mayordomo.

Una hora después llegaban al final de Unter den Linden, tocando a la Pariser Platz en el centro de la capital alemana, y entraban en el hotel Adlon, donde le habían reservado la suite presidencial.

Tenía vistas a la puerta de Brandeburgo.

En la misma suite se reunió con Michael Seiffert, Amélie Hautemanière y con Anneliese zu Quedlinburg para desayunar y preparar la cita con el canciller.

Estaban citados a las diez. Unos minutos antes, los responsables de protocolo los esperaban en la entrada especial de los visitantes de Estado del complejo del Band des Bundes.

Poco después, los dos amigos se encontraban en la antesala del despacho del canciller federal, en la séptima planta del edificio.

Tras una breve espera, ni un minuto más ni un minuto menos de la hora convenida, eran recibidos por Ludwig Schelling.

Con una sonrisa acogedora, el jefe del Gobierno alemán dio la bienvenida a sus dos invitados. Le acompañaban la ministra de Economía y Tecnología, y la todopoderosa ministra de la Cancillería Federal.

—Es un placer recibirles en nuestra casa, señores Kloster y Seiffert —dijo a modo de saludo en inglés para no dejar fuera de la conversación a Paul—.

Mi Gobierno sigue con enorme interés su iniciativa y está decidido a prestar todo su apoyo a Solar Alternative.

Tengan ustedes la absoluta certeza de la sinceridad de nuestra más favorable acogida, postura que también comparten los distintos partidos de la oposición parlamentaria.

Así les habló el canciller, marcando distancias con la hostilidad vivida las últimas semanas por Kloster en España.

Este había aceptado el consejo de su equipo de comunicación, en especial atento a las indicaciones de la asesora de comunicación alemana, una persona inteligente y eficaz, clara en su manera de expresarse.

De acuerdo con las instrucciones aprobadas por el equipo entero, fue Michael quien tomó la palabra en nombre de Solar Alternative.

Y su respuesta fue tan formal como exigían las circunstancias:

—Bundeskanzler Schelling, señoras ministras federales, el placer es nuestro…

El canciller escuchó sonriente la respuesta y añadió una réplica no menos formal, pero entusiasta:

—No le quepa ninguna duda de que en nosotros encontrarán siempre un socio leal —dijo el canciller federal, que se extendió más en la afirmación del compromiso de su país con los avances tecnológicos que quería contribuir a desarrollar con entusiasmo.

—Bundeskanzler Schelling, le aseguro que sus palabras son justo las que necesitábamos y esperábamos.

Cuente con nosotros. Solar Alternative, que preside mi colega y amigo aquí presente, el señor Paul Kloster, va a hacer todos los esfuerzos posibles por estar a la altura de las expectativas que ustedes están depositando en nosotros.

Nuestro compromiso con Alemania es inquebrantable —respondió Michael mientras Paul iba asintiendo con la cabeza.

—Nos alegramos de contar con el doctor Michael Seiffert como responsable de sus operaciones en nuestro país —dijo el canciller mientras dirigía su mirada hacía él—. Conocemos su seriedad y su capacidad de compromiso.

Paul no pudo evitar que se le escapara una visible sonrisa al ver la cara de satisfacción de su amigo y sobre todo al observar cómo, con disciplina germana, casi se cuadraba ante el canciller federal.

«Ya me reiré de él en sus narices después por esta demostración de espíritu gregario», pensó Kloster.

Ludwig Schelling era un político duro y experimentado.

Estaba en el ecuador de su primer mandato de cuatro años como canciller.

Había ganado las elecciones generales por un estrecho margen, lo que le permitió pactar un gobierno de coalición.

Pero meses antes de estos comicios nadie apostaba por sus posibilidades.

Tenía fama de ser un hábil negociador, meticuloso hasta el extremo y resistente como el titanio.

Así que Paul y Michael estaban de suerte. Schelling enseñaba su mejor cara.

Durante la segunda parte del encuentro, más distendida, el líder alemán añadió que podrían contar con el compromiso de un ambicioso plan de inversiones en redes de distribución y otras infraestructuras necesarias para el desarrollo de la nueva tecnología, y que también ofrecerían beneficios fiscales muy atractivos para estimular la sustitución de paneles en los parques solares ya existentes. Y añadió:

—En Alemania la energía es asunto de Estado, como también lo es la defensa del medioambiente. En nuestro país encontrarán un socio serio, fiable y comprometido. Esperamos de ustedes lo mismo y estamos seguros de que así será —terminó Schelling. Y tendió la mano a Michael y a Paul. Todos sonreían.

La reunión duró exactamente los cincuenta minutos previstos.

Una hora después, para consternación del Gobierno español, la Oficina de Prensa de la Cancillería Federal difundió una breve nota y unas fotos del encuentro que enseguida se publicaron en un sinfín de medios.

El círculo se completó el miércoles durante la reunión semanal del Bundeskabinett.

El Gobierno federal aprobó el primer paquete de beneficios fiscales que había mencionado el canciller.

Se trataba de estimular que, en Alemania, se produjera de forma rápida la sustitución de los paneles solares existentes por los de nueva generación y la implantación de una potente red de baterías de respaldo.

Esa noche Paul tuvo su primera cena con Anneliese, pero sin testigos, ya que Michael dormía en Frankfurt y Amélie en París.

Comenzó como una reunión de trabajo, que se prolongó toda la noche.

La complicidad entre ambos fue absoluta.

Eran muy parecidos en eso. La noche siguiente volvieron a repetir y luego más veces en la misma semana.

—¿Crees que Seiffert se ha dado cuenta de nuestro juego? —preguntó ella a Paul, pues había notado algo en las miradas que les dirigía el socio alemán de Kloster.

—Como a todos los casados que son muy fieles, le vuela la imaginación —respondió él, riéndose.

—No me conviene que Amélie se entere. Es mi jefa —se preocupó Anneliese.

—Si Michael me pregunta por ti, lo negaré todo —trató de tranquilizarla Paul—. Además, todo el mundo sabe que tienes novio. ¿Te vas a casar con él?

—¿Y perder el derecho a utilizar mi título y mi apellido? Eso nunca. Simplemente estoy sola, seguiré estándolo y me gusta la compañía de los hombres.

—¿Y la de las mujeres?

—Podría ser.

—¿Qué sabes de Dagmar Kronenbauer?

—Que solo le interesan dos cosas: el dinero y el poder de su marido. Era una muerta de hambre antes de conocerle. Para él es su quinto matrimonio. Kronenbauer la trata muy mal. Es un déspota y le saca treinta y cinco años de diferencia.

Cuando Paul insinuó la posibilidad de invitarla a sus juegos nocturnos, su acompañante de aquellos días respondió, con una mirada pícara:

—Estás muy loco, y la idea me parece muy sexy.

La directora de la oficina alemana de HMDC-PR estaba haciendo un gran trabajo con los medios de comunicación de su país.

Toda la cobertura que recibían era muy favorable.

Ni un atisbo de crítica. Los periodistas germanos y sus editores parecían destilar un cierto orgullo patriótico, los unos, o una satisfacción por el compromiso medioambiental, el resto.

En España, Isabel Llerena se encontraba al borde de un ataque de nervios.

Veía con terror cómo Solar Alternative estaba a punto de abandonar las operaciones en su país mientras que Alemania brillaba con su apuesta por la revolución solar.

Su Gobierno no se lo podía permitir porque, de lo contrario, perdería las próximas elecciones.

Al poco, destituyó a Luisa Celedero y puso en su lugar como ministro de Energía a un político experimentado, el veterano Juan José Almagro.

Este recibió la orden prioritaria de parar la crisis con Solar Alternative.

Por otra parte, la presidenta del Gobierno, aconsejada por Juan Carlos Casas, instó al ministro de Justicia a proceder con la máxima dureza contra los conspiradores.

Poco después Carlos Íñiguez entró en prisión preventiva, donde ya estaban los dos excomisarios corruptos.

Paralelamente se iniciaron acciones disciplinarias contra el juez y el fiscal de la Audiencia Nacional que encarcelaron a Paul.

Dos días después de la entrada en prisión del expresidente de Elecensa, Kloster le mandó a Carlos Íñiguez por correo ordinario una postal del idílico castillo bávaro de Neuschwanstein. Fue la primera de una entrega mensual.