13. Kloster retoma la iniciativa
Kloster retoma la iniciativa
El vuelo privado que trasladaba a Kloster desde Madrid aterrizó en Frankfurt a primera hora de la tarde.
Allí le esperaba Michael Seiffert, que le abrazó con gran efusividad.
Los dos amigos no se habían visto desde que encarcelaron a Paul en España, y el alemán a duras penas podía contener la emoción.
—Martha y yo hemos sufrido mucho con tu calvario. Es increíble todo lo que te ha pasado —dijo con los ojos humedecidos.
—Es increíble, es odioso y ocurre en muchos países, incluso en los más desarrollados y garantistas. España no es una excepción.
—No me sorprende nada —respondió Michael—. Lo que me deja pasmado es el nivel de corrupción de esos tipejos, los expolicías españoles, y el de ese juez y ese fiscal que te encarcelaron.
—No hay peor delincuente que el que se salta la ley amparándose en una placa policial o en una toga judicial.
—Y el expresidente de Elecensa…, menudo cabrón.
—Carlos Íñiguez es ahora carne de presidio. Lo quiero ver entre rejas, que sienta el olor a lejía de la cárcel, y, cuando lo internen, le mandaré todos los meses una postal de un sitio idílico con un saludo —soltó Paul con una mirada llena de rabia.
—No lo harás.
—Desde luego que sí.
Los dos amigos, sentados en la parte trasera de una poderosa berlina que los llevaba al centro de la ciudad, iban acompañados por un tipo fornido y silencioso, sentado junto al conductor.
Un guardaespaldas del equipo de TBH que había viajado con Paul desde Madrid, junto al inseparable mayordomo de Kloster.
La seguridad del presidente de Solar Alternative en Alemania se iba a reforzar también con un equipo local seleccionado por el personal de Henderson.
En Bankenviertel, el barrio financiero de la ciudad, donde se encontraba el rascacielos ocupado por el BBW Bank, los esperaba el presidente de la entidad.
Sonriente, Moritz Herrkutter los recibió con los brazos abiertos.
La evolución última de los acontecimientos en España permitía ahora volver a reactivar el plan de asociación con la DEP y con Kronenbauer.
La corporación energética y el grupo industrial estaban entusiasmados con la recuperación del proyecto. Querían dar el paso cuanto antes.
—Mañana firmaréis el acuerdo y pasado se hará público —explicó el banquero.
—Solo hay un detalle que debemos revisar —dijo Kloster, ante la sorpresa de los otros dos.
—¿Cuál es? —preguntó claramente mosqueado el presidente del BBW Bank.
—Los honorarios que quiere cobrar tu banco por el asesoramiento. Son muy elevados. Tenemos que revisarlos —respondió Kloster con una mirada que expresaba su firmeza.
—No lo entiendo. Estábamos de acuerdo en todos los detalles —balbuceó sorprendido el banquero.
—A ti la cárcel te ha trastornado —intervino Michael con aire severo, mirando a su amigo que sonreía—. No le hagas caso, Moritz. Es su particular sentido del humor. Ya lo irás conociendo.
Herrkutter, que aún se recuperaba del susto, acertó a sonreír sin entender el juego.
Superado este pequeño incidente, la reunión continuó por espacio de más de una hora.
Todo estaba, en efecto, ultimado. Kloster no pretendía hacer una negociación tensa de último minuto, pero al banquero alemán se le quedó cara de estar medio pasmado, medio cabreado.
Acabada la reunión, los dos amigos abandonaron el edificio del BBW Bank.
—Esas bromitas te las guardas para otro país, Paul. Aquí en Alemania nadie las haría, nadie las entiende. Y, desde luego, con Wilhelm Kronenbauer no hagas tonterías. Es un hombre muy serio —le dijo Michael cuando ya estaban instalados de nuevo en el coche.
—No lo haré. Solo le preguntaré por su mujer —contestó Paul sonriendo con malicia—. He pensado mucho en ella mientras estaba en la cárcel.
—¿Cuando te sodomizaban en las duchas? —cortó en seco Seiffert.
Mientras tanto, entre algunos miembros del Gobierno español cundía la alarma.
La ministra de Energía se vio obligada a informar a su presidenta del contenido de la breve conversación que había mantenido con Kloster.
La posibilidad de que Solar Alternative abandonase el país constituía una amenaza muy seria.
Y España no se podía permitir perder el tren de la nueva revolución de las energías renovables.
Debía liderar un proyecto nacido en su territorio.
Luisa Celedero y su segundo Ernesto Fernández llamaron por teléfono a Miguel Polo, que los atendió inmediatamente.
Les respondió con mucha amabilidad que era Paul Kloster quien tomaba todas las decisiones y que él se trataba simplemente de su asesor legal.
A la ministra de Energía y a su secretario la evasiva del abogado los preocupó aún más.
Resultaba evidente que tenían un serio problema de interlocución con el mundo de Solar Alternative.
En ese momento, en el palacio de La Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno español, su inquilina estaba de muy mal humor.
Reunida con Juan Carlos Casas, su principal asesor y el auténtico cerebro gris de su equipo, Isabel Llerena estudió las alternativas que le fue presentando su máximo consejero, que dejó una propuesta clave para el final.
—Presidenta, déjame añadir otra posibilidad. Yo conozco personalmente a Miguel Polo. Coincidimos en nuestra etapa universitaria y, aunque no hayamos tenido mucho trato posterior, guardamos ambos un buen recuerdo del otro. Él me lo comentó un día en un aparte, cuando coincidimos en un acto público.
La presidenta no necesitó nada más.
—Mira, Juan Carlos, esto es lo mejor, lo definitivo. Olvidemos por ahora las otras posibilidades, y te agradezco que me hayas presentado al menos tres planes. Pero esto es lo principal. ¿Estás dispuesto a jugar esa carta, a usar y abusar de esa relación?
—Por supuesto —dijo Casas—. Pero nos olvidamos de la ministra de Energía. ¿No se va a enfadar?
—Que se enfade todo lo que le dé la gana. Tenía una oportunidad y no ha sabido defenderla.
—Quizá no estaba en su mano, la intromisión de ese perro de Íñiguez no era probable ni por lo tanto previsible.
La presidenta de Gobierno lanzó una mirada que era una puñalada. Casas entendió y no volvió a insistir.
Esa misma tarde, en Frankfurt, Michael y Paul tenían una cita con Wolfgang Schmidt.
Cenarían en casa del primero, con su mujer ejerciendo de anfitriona.
El matrimonio Seiffert residía en una villa en el barrio de Westend.
Kloster llegó cincuenta minutos antes de la hora convenida con el presidente de la DEP.
Martha le abrazó largamente al verle. Realmente quería a ese hombre, aunque a veces le enervaba su frivolidad.
Ante las preguntas de sus amigos, Paul estuvo explicando algunos de los pormenores de su estancia en la cárcel.
Pero sobre todo les dijo lo mucho que había significado para él la suerte que había tenido al poder salir libre tan pronto.
—Pensé que iba a estar dentro mucho más tiempo. Me resigné. No quería aceptar el chantaje —insistió.
La conversación se acabó cuando, con puntualidad germánica, sin un solo minuto de adelanto ni de atraso, el cuarto comensal llegó a la residencia del matrimonio Seiffert.
Wolfgang Schmidt entró en el salón con una enorme sonrisa.
Saludó a la señora de la casa con suma exquisitez, esa de la que solo hacen gala las personas de mundo.
Lo primero que hizo fue alabar el buen gusto de la decoración y lo confortable de la estancia en la que se encontraban.
Lo mismo siguió haciendo el resto de la velada con la comida, la bebida o lo que fuese.
Pero todos esos elogios los decía siempre con absoluta naturalidad, sin insistir más de lo debido.
Tenía eso que llaman charme y que se supone que es un privilegio de sus vecinos del oeste, los franceses.
Y gracias a estas malas artes, Herr Schmidt conquistó a Martha ante la sonrisa divertida de Paul, que no perdía detalle de su sutil juego.
Recordó lo que le habían contado de él, que era un tipo muy simpático.
Listo como el diablo. Con una enorme empatía emocional.
Un lince en las negociaciones. Todo lo que estaba viendo se ajustaba a la información que le habían dado.
Llegados a los postres, Martha se levantó.
—Os dejo para que habléis de vuestros asuntos —dijo la mujer con su mejor sonrisa, a la que añadió con un deje pícaro—: Por favor, sed moderados con el alcohol. Michael, si Paul fuma, abre las ventanas para airear.
—No debes preocuparte. No les dejaré beber más de la cuenta y si quiere fumar, le haré sacar la cabeza por la ventana —intervino el invitado.
—Muchas gracias por tu comprensión. Puedo confiar en ti, Wolfgang —contestó Martha riéndose y muy consciente del juego.
En cuanto ella abandonó la estancia, el invitado Schmidt sacó una purera de piel del bolsillo interior izquierdo de su chaqueta y ofreció unos Cohibas 130, que solo Kloster aceptó.
Paul se sirvió un trago largo de Old Richmond de treinta años mojado en dos cubitos de hielo, un auténtico sacrilegio para cualquier experto.
Los tres se acomodaron envueltos en la nube de humo provocada por las primeras caladas de los dos puros encendidos.
Michael saltó como un resorte y empezó a abrir las ventanas.
Y entraron en materia. Kloster no se anduvo por las ramas.
—Wolfgang, eres un tipo notable. Probablemente uno de los mejores compañeros de tertulia que se puedan encontrar. Tus admiradores dicen que eres un líder empresarial de los que marcan época. Pero nosotros no sabemos aún de qué pasta estás hecho. Al decir esto, hablo también por boca de Michael.
—De ninguna manera. Hablas por ti, no por mí —replicó Seiffert preocupado por la franqueza de su viejo amigo.
Fue una larga velada, intensa y divertida. Wulf, como le llamaban sus amigos, era muy simpático, muy determinado y poseía un enorme magnetismo personal.