12. Resiliencia y determinación #2
La primera evidencia de una conspiración la encontraron en las instalaciones madrileñas de Solar Alternative. Tanto el despacho de Paul como la sala de reuniones tenían micrófonos. El mismo resultado arrojó el barrido de su casa madrileña y en los dos coches que usaba en sus desplazamientos.
—Vuestros niveles de protección son irrisorios —explicó Henderson a Polo durante la segunda reunión que mantuvieron en la mansión de La Moraleja—.
La única noticia positiva es que no encontramos fallas en vuestro sistema informático.
Vuestras barreras en términos de ciberseguridad son muy eficaces.
Y con muy buen criterio la red del laboratorio está offline.
Estamos seguros de que ningún intruso ha podido acceder a vuestra tecnología.
—Pero hay micrófonos por todos lados. ¿Cómo es posible? —preguntó desconcertado el amigo de Paul.
—Porque hay un topo dentro de vuestra organización y no es muy sofisticado.
—¿Cómo? —balbuceó Polo, incrédulo.
—¿Qué sabemos de vuestro jefe de seguridad aquí en España?
—Se llama Santiago Palacete. Es un ex teniente coronel del ejército español.
Tiene una empresa especializada en la protección de instalaciones industriales.
Inicialmente le encargamos que salvaguardase el laboratorio.
Luego, cuando empezaron los problemas, organizó lo que él llama un «anillo de seguridad» en torno a Paul —explicó el abogado.
—Pues es nuestro primer sospechoso. Lo estamos investigando en profundidad y empezamos a tener evidencias.
Tanto su situación financiera personal como la de su empresa han mejorado mucho en las últimas semanas.
Seguimos todos sus pasos y hemos replicado su teléfono.
Queremos saber con quién trata y al servicio de quién está realmente.
—¡No lo puedo creer! ¡Menudo hijo de puta! —bramó Polo, indignado.
—Ahora lo importante es que no sospeche que estamos detrás de sus pasos. Tendremos resultados en breve —concluyó el detective.
Kloster agotaba su primera semana en la cárcel cuando volvió a comparecer ante el juez de instrucción, el fiscal y la acusación particular.
En su nueva declaración mantuvo un tono desafiante cada vez que le correspondía responder a las preguntas del juez instructor o del fiscal, y con silencio más desafiante incluso cuando tenía que enfrentarse a las preguntas formuladas por el abogado que había iniciado el proceso contra él.
El magistrado y el acusador público empezaban a mostrar ciertos síntomas de incomodidad ante un caso que empezaba a presentar fisuras.
Los abogados de Kloster estaban mordiéndoles los talones.
Reiteraban la falsedad de las pruebas presentadas.
Como resultado de la presión de la defensa, el fiscal formuló una sustancial rebaja de la fianza exigida.
Pero el equipo jurídico del acusado insistió en las instrucciones taxativas de su cliente, y siguieron solicitando su libertad sin cargos.
Como resultado, después de la nueva sesión judicial, Paul volvió a entrar en un furgón celular de la Guardia Civil camino de la cárcel, donde iba a seguir internado.
Para completar el círculo, sus abogados realizaron duras declaraciones a los medios apostados en la puerta de la Audiencia Nacional.
Reiteraron la inocencia de su defendido y su negativa a afrontar cualquier fianza.
Muchos observadores se sorprendieron por la sustancial rebaja que ofrecían y vieron en ello un primer síntoma de debilidad en la acusación.
Durante la segunda semana después del encarcelamiento de Kloster, los acontecimientos se aceleraron.
Los detectives de TBH empezaron a cerrar el círculo en torno al responsable de la seguridad de las instalaciones de Solar Alternative.
El seguimiento del presunto topo comenzó a dar resultados.
Primero, sorprendieron al sospechoso en un encuentro con José García Rebollar, oportunamente documentado con fotografías.
El dueño de Check Inside tomó muchas notas mientras hablaba con Palacete y luego le entregó un sobre tamaño A4.
Era muy posible, concluyeron, que fuese dinero en efectivo.
La red de contactos españoles de TBH enseguida les puso al día sobre las actividades del dueño de Check Inside.
De inmediato supieron que tenían delante a un actor principal de la conspiración contra Kloster, y reforzaron sus sospechas cuando supieron que Rebollar había visto al abogado de la acusación particular.
Quedaba por saber para quién trabajaba la trama del excomisario.
Esa misma semana vieron cómo almorzaba en un restaurante del extrarradio de Madrid con una persona que al poco identificaron como otro excomisario de la Policía Nacional que prestaba sus servicios como director de seguridad de Elecensa.
Ya habían descubierto el origen de la conspiración. Ahora quedaba documentarla.
Pocos días después, en la tercera semana de encarcelamiento de Paul Kloster, los investigadores de TBH habían reunido pruebas suficientes sobre las actuaciones del exmilitar que se encargaba de cuidar las instalaciones de Solar Alternative.
Miguel Polo convocó a Santiago Palacete en Madrid.
Al entrar en la sala, el jefe de seguridad de la empresa de Kloster vio que el abogado estaba con dos personas más.
Una de estas personas era Hillary Klemm, la jefa del equipo que Henderson había desplazado a España.
El otro era Charles Ruano, un exagente de la NSA norteamericana (National Security Agency) experto en interrogatorios, que dominaba el idioma español.
—Teniente coronel Palacete, estas dos personas que me acompañan pertenecen a la agencia de control de riesgos TBH. Acabamos de formalizar un contrato con TBH con la misión específica de investigar las brechas de seguridad que hemos comprobado que se están produciendo dentro de nuestra organización.
Palacete, que hasta ese momento había puesto cara de estar por encima del bien y del mal, torció de repente el gesto, porque la sola mención de ese problema ya constituía una crítica contra su trabajo.
—Le pido que colabore con ellos —exigió el abogado en tono tajante. Y se fue.
A partir de ese momento los dos investigadores empezaron a interrogar al exmilitar, que inicialmente se mostró desdeñoso y desafiante. Pero acabó derrumbándose ante el peso de las innegables evidencias que le mostraron.
Los investigadores extranjeros ya habían comprobado que, tal y como señalaban las sospechas e indicios iniciales, casi todos los movimientos de Kloster eran objeto de un pormenorizado espionaje por parte del encargado de su seguridad de Solar Alternative.
Todo lo que hacía Paul, desde sus conversaciones hasta sus reuniones de trabajo, pasando también por algún que otro encuentro romántico, era registrado.
Los escoltas asignados por Palacete a la protección de Paul pasaban sus estadillos a José García Rebollar, por cuenta del director de Seguridad de la corporación Elecensa.
El topo se derrumbó. Y se avino a colaborar con los investigadores, sin poner más condiciones que evitar la prisión.
—Puede librarse de la cárcel con tal de que nosotros callemos ante la policía lo que sabemos.
Y estamos dispuestos a que todo quede entre nosotros, Palacete —dijo Charles Ruano en su castellano de latino que vive en los Estados Unidos—.
De manera que ahora todo esto, todo lo que le puede pasar, ya me entiende, solo depende de usted y de que nos ayude en serio, repito, en serio, a desenmascarar a quienes le pagaron por llevar a cabo su traición.
Charles Ruano era un tipo alto, fornido, que usaba un tono aparentemente educado y suave.
Por su parte Hillary Klemm, antigua funcionaria de los servicios de inteligencia estadounidenses, ni miró a su compañero una sola vez, sino que estuvo midiendo el significado de la más mínima mueca de Palacete.
Sin resistirse ni un segundo más, el exmilitar cantó sin parar ni vacilar.
Explicó todos los pormenores de su juego sucio, aportó en su confesión nuevos detalles que desconocían los investigadores y, cuando llegó el momento, les contó cuál era su relación con García Rebollar y con el responsable de seguridad de Elecensa, unas relaciones que, en los dos casos, venían de antiguo. Eran «compadres».
Luego, en presencia de Miguel Polo y de dos notarios, siempre vigilado por Klemm y su colega de TBH, firmó una primera confesión.
El documento manuscrito tenía valor de prueba irrefutable de su culpabilidad ante cualquier juzgado de instrucción.
Polo, experto jurista, se encargó de que cumpliera todos los requisitos para superar el filtro del juez más exigente.
Pero era necesario cerrar el círculo en torno a Carlos Íñiguez, a su jefe de seguridad y a Pepe Rebollar.
Para ello exigieron a Palacete que concertara una cita personal con el propietario de Check Inside y con el director de Seguridad de Elecensa, juntos, alegando que iba a facilitarles una información muy importante que necesitaba ser comunicada en persona.
El excomisario se mostró muy receptivo a la propuesta de su topo. Pero cambió de opinión cuando Palacete exigió que estuviese acompañado por su cliente.
—¿Eres gilipollas o qué? —bramó el excomisario.
—Nos conocemos todos muy bien. Para mí no es ningún secreto que es Luis Ramírez quien te ha contratado en nombre de ya sabes tú quién —replicó Palacete siguiendo el guion preestablecido por los investigadores.
—Pues va a ser que no. O me lo cuentas a mí a solas, o no hay nada que hacer —insistió García Rebollar.