12. Resiliencia y determinación
Resiliencia y determinación
Paul Kloster llevaba casi todo el fin de semana en la cárcel madrileña de Soto del Real cuando Thomas Henderson y su equipo aterrizaron en la terminal ejecutiva del aeropuerto de Barajas.
Eran en total nueve personas, seis hombres y tres mujeres, cargados con bastante equipaje.
Franquearon rápidamente el control aduanero y abordaron tres monovolúmenes Mercedes de color azul oscuro.
Los vehículos se dirigieron hacia La Moraleja, una lujosa urbanización residencial del norte de la ciudad.
Poco después franqueaban la puerta de acceso a una villa alquilada de urgencia, sin reparar en el precio, por orden de Miguel Polo.
La mansión estaba en el centro de un amplio jardín circundado por una valla elevada.
Disponía de habitaciones suficientes para alojarlos a todos y de espacio de sobra para trabajar solos o en grupo e instalar el material técnico que traían consigo.
No era una casa vivida. Tenía los muebles suficientes, sin concesiones, y estaba completamente equipada.
Era una ubicación muy adecuada para que TBH instalase su centro operativo en Madrid, lejos de toda mirada indiscreta.
Miguel Polo los esperaba en el interior del edificio, que desde fuera parecía otra de las enormes mansiones unifamiliares, capaces de alojar a muchos invitados y abundante personal de servicio.
Contaban, además, con dos personas encargadas de mantener la casa limpia y alimentarlos, y un conductor de guardia las veinticuatro horas del día.
El abogado español y el detective estadounidense no se conocían, aunque en las últimas horas habían mantenido varias conversaciones telefónicas.
Se saludaron con un apretón de manos, sin más ceremonia, y se dirigieron a una de las salas para conversar a solas.
Era el comedor de la casa. Se instalaron el uno frente al otro en la esquina de una larga mesa rectangular de mármol negro Portoro en torno a la cual había, vacías, dieciséis sillas forradas en cuero de color blanco.
—Señor Henderson, reconozco que estamos desbordados por los acontecimientos.
Soy abogado especializado en derecho mercantil y créame si le digo que estoy muy sorprendido.
Creía que había visto muchas situaciones complejas, pero el juego sucio del que está siendo víctima Paul Kloster es nuevo para mí.
—Lo sé, señor Polo, lo sé. He venido porque coincido con usted, esta es una crisis muy grave. Me comprometí con su jefe, delante de Hilda Tournier, a frenar esta conspiración, a desactivarla y créame que lo conseguiré.
—El señor Kloster no es mi jefe. Mi bufete asesora legalmente a Solar Alternative. Pero no se trata solo de un cliente. Se trata, además, de Paul, que es uno de mis grandes amigos, y me resulta insoportable ver cómo lo están destrozando los poderes oscuros de este país.
—Entendido. ¿Qué sabemos de las condiciones carcelarias del señor Kloster? ¿Puede tener problemas con otros reclusos?
—Ahora está en la enfermería y, mañana o el martes, supongo que lo trasladarán a una zona de las consideradas tranquilas. Los llaman módulos —contestó Polo.
—Veremos qué podemos hacer para que nadie le moleste —añadió Henderson—. Tenemos colaboradores en España y ya hemos activado nuestra red aquí.
—Lo he visitado esta mañana —continuó Polo—. Ha insistido en que no quiere pagar la fianza. Cree, con toda la razón del mundo, que el juez y el fiscal han inventado su caso y que para ellos será complicado mantenerle en prisión.
—Es una apuesta valiente y retrata a quien la ha tomado.
Hilda me avisó al respecto. Su amigo es una persona de carácter y eso tiene ventajas y también desventajas.
Dígame su opinión de abogado, ¿qué posibilidades existen de que el juez lo libere?
Hablo de posibilidades reales, sin que medie ninguna acción por nuestra parte, del tipo que sea —preguntó el experto en seguridad.
—No tengo respuesta. En este caso las consideraciones legales no parecen servir de mucho. En la Audiencia Nacional están dando por ciertas algunas pruebas que son escandalosamente falsas —afirmó, cerrando los puños en un gesto de rabia y de impotencia.
—Eso pasa en todas partes. Mi equipo y yo nos hemos encontrado en situaciones similares en otros países. A veces el ámbito policial y el judicial no son limpios. Soy muy consciente de dónde estamos metidos.
La celda en la enfermería del penal de Soto del Real en la que Paul se encontraba le resultaba fría y silenciosa, demasiado silenciosa.
El único aroma, por llamarlo de alguna manera, era el penetrante olor a lejía que impregnaba el ambiente.
Las paredes, de un blanco grisáceo con desconchones en las esquinas, dejaban ver varias capas de pintura antigua.
El espacio, de diez metros cuadrados, albergaba una litera con dos camas y una mesa con una silla situadas frente a la ventana con barrotes desde la que podía ver una porción del cielo, que ese día lucía de un azul pálido.
El mobiliario se completaba con un lavabo de acero inoxidable, un inodoro y un pequeño espejo.
Paul se miró en él y vio los signos de la tensión de las últimas jornadas en su rostro, envejecido en apenas unos días.
Embutido en un chándal reglamentario y sentado frente a la mesa, en el silencio de la celda, Paul se debatía entre la indignación y la serenidad forzada.
Sabía que contaba con muchos apoyos en el exterior y que sus amigos, con Miguel Polo a la cabeza, estarían haciendo todos los esfuerzos posibles para sacarle de su encierro.
No se equivocaba. Al día siguiente, un grupo multidisciplinar de expertos legales, dirigido por un abogado penalista español de gran prestigio, se hizo cargo de la defensa de Kloster.
El juez y el fiscal torcieron el gesto cuando fueron informados de quiénes eran: un equipo legal que a buen seguro los obligaría a afinar mucho en sus decisiones.
Mientras tanto, el excomisario García Rebollar estaba exultante.
Seguía moviendo todos sus hilos para complicar aún más la situación del empresario energético caído en desgracia.
El abogado que ejerció la acción popular para denunciarle era uno de los cientos de hilos que él manejaba en persona.
Los periodistas que aireaban las informaciones negativas sobre Solar Alternative y su promotor eran «compadres», como solía jactarse él, del ubicuo Pepe Rebollar.
También la agencia de relaciones públicas y lobby dirigida por Luis Perales estaba haciendo su trabajo con gran eficacia.
Eran pocos los medios de comunicación españoles que se mantenían al margen de los ataques que la agencia propagaba por todos los sistemas posibles.
Los bulos en redes sociales, para empezar; pero también la filtración de supuestas informaciones negativas que iban oscureciendo la imagen hasta entonces impoluta de Solar Alternative.
—Nos enfrentamos a una acción coordinada —explicaba, desesperada, Hautemanière a Polo—. Aquí nada es casualidad. Hemos detectado al menos a una empresa dedicada a la desinformación en redes sociales que está muy activa contra nosotros.
—¿Y quién los ha contratado a unos y a otros, quién les paga para hacerlo? ¿Pueden tener relación con los que han lanzado la ofensiva en el plano judicial?
—Ignoro aún la respuesta. Pero hay más. Los problemas no los tenemos únicamente en España.
La presión en la sociedad digital es muy intensa.
Y no solo en las redes sociales, también en los medios tradicionales.
En Francia y en Alemania estamos seguros de que al menos dos pequeñas agencias de comunicación locales cobran por actuar contra nuestros intereses.
Es muy posible que este plan de ataques se esté reproduciendo en varios países más.
Esto supera las capacidades de Perales & Armentia.
Hay otro operador más potente detrás de esta viralización, estoy segura —concluyó Hautemanière, aumentando aún más el desconcierto y la preocupación de Polo.
El proyecto de Solar Alternative estaba en crisis.
El proyecto alemán se encontraba en vía muerta y la vía española prácticamente había descarrilado.
Pellman & Finch comprobaba cómo sus grandes clientes a nivel internacional se alejaban de toda posible inversión en la nueva tecnología solar fotovoltaica.
Luisa Celedero, la ministra española de Energía, había dado un paso adelante.
Ordenó, con gran despliegue mediático, que los inspectores de su departamento abriesen una investigación sobre las actividades de Solar Alternative en España.
Lo hizo inmediatamente después de que un diputado de un pequeño partido de la oposición arremetiese contra ella en la sesión semanal de control parlamentario al Gobierno.
La oposición exigía utilizar la Ley de Expropiación Forzosa de 1954 para nacionalizar el laboratorio de Solar Alternative y todos los bienes de la empresa en territorio español.
Mientras tanto, el equipo de Thomas Henderson empezaba a desplegarse y a trabajar en varios frentes.
Dos de ellos se desplazaron al laboratorio de Granada.
Se sorprendieron por lo laxas que eran las medidas de seguridad en la instalación.
Dos más entraron en las oficinas madrileñas de Solar Alternative.
En ambos casos lo hicieron camuflados como científicos o expertos legales.
Se trataba de no dar pistas sobre su cometido real.
En paralelo, el resto del equipo realizaba un profundo análisis de las acciones hostiles en la sociedad digital e incluso interceptaban algunas comunicaciones privadas.
Sospechaban de la posible existencia de topos dentro de la estructura de la empresa.
Todo ello al tiempo que Henderson y los suyos se movían discretamente por Madrid, utilizando colaboradores españoles, para buscar información que completase el mapa de la trama que actuaba contra Kloster.