Intermezzo #4
Una sensación de triunfo le invadió cuando días después, tras superar no pocos avatares, llegó a la capital de Lombardía.
Milán era la mayor ciudad que nunca había pisado, una auténtica metrópoli.
Pero una vez en ese laberinto de barrios y calles, le costó mucho orientarse.
Más que en un bosque. Finalmente consiguió llegar hasta el céntrico barrio, Porta Venezia, en el que vivía su tío.
Había memorizado las señas, que llevaba escritas en un papel en letras mayúsculas, junto con el nombre italiano de su tío, y fue mostrándolo hasta alcanzar su destino.
Habían transcurrido algo más de cinco meses desde su salida de Chechenia.
Cuando llegó a la dirección anotada, entró.
Se encontró a un hombre y, tras él, aparecieron unas mujeres.
Le querían echar, parecía ser su casa. No entendía el idioma.
Aslan sacó entonces un papel del bolsillo.
En letras mayúsculas estaban escritos el nombre italiano de su tío y la dirección donde ahora se hallaba.
El hombre no se dignó mirar siquiera el papel arrugado y sucio que el chico le mostraba y se le acercó con muestras ostensibles de estar a punto de pegarle y echarle a patadas.
Pero una de las dos mujeres, la más joven, intervino.
Aslan oyó pronunciar algo que sonaba a Valentino Masrati, el nombre escrito en el papel.
Las dos mujeres se lo llevaron hasta una plazoleta. Frente a una frutería le hicieron signos de que esperase mientras ellas entraban. Al poco salió el frutero, con un mandil, acompañado por la más joven de las dos mujeres, quien señaló al chico.
Aslan reconoció de inmediato a su tío por las fotos que solía enviarle a su madre. El hombre miró a ese chico de aspecto deplorable. Nunca lo había visto, pero llevaba su nombre y su dirección en ese papel escrito a mano.
—Querido tío Vaja Masráiev, soy Aslan, hijo de tu sobrina Zemfira Masráieva —dijo Aslan en checheno, tratando de pronunciar las palabras muy despacio.
El hombre se quedó petrificado. Hacía tiempo que no oía hablar en su idioma natal. El muchacho continuó hablando:
—Huimos de Grozni, toda la familia, a finales de agosto.
Nos refugiamos en la granja de Mairsolt Avtorjanov y de tu hermana Belita Masráieva…
Los asesinaron a todos: a mis padres, a mis dos hermanas, Zemfira y Milana, a Belita y a Mairsolt —resumió—.
Yo me salvé porque estaba en el bosque recogiendo leña.
Antes de matarlas, los soldados rusos violaron a mis hermanas.
Aquel hombrón se tambaleó, y solo evitó caer al suelo porque Aslan consiguió sujetarle de un brazo.
—Mi madre quería venir aquí —prosiguió Aslan—. Siempre dijo que nos acogerías. Solo yo he podido llegar. Ellos murieron. Todos. Los soldados rusos…
En un tono de voz muy grave, utilizando su idioma natal, el frutero se dirigió a su sobrino:
—Tu madre estaba en lo cierto. Eres bienvenido a mi casa, como lo habrían sido ella, tu padre y tus hermanas.
Estoy muy conmovido por todo lo que me cuentas.
Sabía que estabais en una difícil situación.
Pero nunca me habría imaginado la tragedia que me acabas de relatar.
Zemfira, su marido, sus hijas, Belita mi hermana, Mairsolt…
, todos muertos. ¡Muertos! —Y apretando los puños con fuerza bramó—: ¡Que los asesinos sean condenados a alimentarse eternamente del árbol de Zaqqum!
A Aslan esto último le resultó ininteligible.
Sus conocimientos religiosos eran nulos.
No conocía el Corán. Ignoraba el infierno de fuego del Yahannam y el tormento que suponía comer los frutos amargos del Zaqqum.
Lo que sí entendió fue que su tío le daba la bienvenida.
Esto le bastó. Era casi como volver a estar en casa.
Antonella, la esposa, estaba boquiabierta y asustada. Solo en contadísimas ocasiones había oído a su marido hablar en checheno. Ella era piamontesa de pura cepa y cristiana de obediencia romana.
Quien ahora se llamaba Valentino le dijo:
—Antonella, este chico es hijo de mi sobrina Zemfira Masráieva.
Sus padres y sus dos hermanas fueron asesinadas por los soldados rusos.
También mi hermana Belita y Mairsolt, su marido.
No sé cómo, pero este pequeño, que vio toda esta tragedia oculto en el bosque, sobrevivió y ha conseguido llegar hasta nosotros.
Aslan fue una bendición para sus tíos. En la cincuentena y sin hijos, ya no se imaginaban ejerciendo de padres.
A los pocos días el chico comenzó a expresarse en un italiano medianamente comprensible y los ayudaba en la frutería.
Antonella y Valentino consiguieron arreglar su situación legal al adoptarlo.
Desde ese momento, ya con nacionalidad italiana, pasó a llamarse Alberto Marsani.
El huérfano checheno estuvo pronto capacitado para ir a una escuela secundaria de primer grado, y luego fue admitido en uno de los mejores liceos científicos estatales de la ciudad.
Después ingresó en la Universidad Politécnica de Milán, donde se graduó con honores como ingeniero informático, para orgullo de sus padres.
Había dejado atrás para siempre la maldición de haber nacido como Aslan Masráiev en uno de los peores momentos y en uno de los lugares más difíciles de la tierra. O eso parecía…