Intermezzo #3
A partir de ese momento no tuvo más luz que los tenues hilillos que se filtraban entre unas rendijas. Aslan permaneció encerrado y sin novedad durante varias horas. Hasta que, de repente, el camión se detuvo. Oía rumores de voces que decían cosas poco audibles y totalmente incomprensibles.
—Vamos, sal de ahí, escoria musulmana —le dijo el segundo conductor, tras abrir la portezuela y deslumbrarle con una linterna.
Asustado, se incorporó con torpeza. Le dolía todo. Saltó al asfalto, y vio a Demetre.
—No te muevas, te pueden ver. Aprovecha para estirar las piernas. No vas a tener muchas oportunidades —le espetó Kvarastsjelia.
Aslan se giró hacia el camión y buscó aliviar su dolorida vejiga. Apenas había empezado cuando una dura patada le proyectó hacia el vehículo.
—¿No puedes esperar, cerdo? No mees delante de mí.
Al poco rato el camionero llegó con otra persona y le dijo:
—Vuelvo a Tiflis. Continuarás el viaje con Irakli. Él te llevará hasta Rumanía. Ahí te dejará con unas personas que te acercarán a Italia.
—Vamos, sube y métete ahí, como antes —dijo Irakli—. Ahora no muevas ni un músculo, no digas nada, enseguida vamos a pasar por la frontera turca. Si te encuentran acabarás en una cárcel de la que jamás saldrás. Eso, si no te mato yo antes.
Desde Batumi se dirigieron a la localidad turca de Samsun, un puerto del mar Negro, donde el camión embarcó en un ferry que le llevó al puerto búlgaro de Varma. Por primera vez en su vida, Aslan había llegado a Europa. Iba a ser, estaba convencido, su tierra de promisión.
En una de las paradas Aslan salió de su escondrijo, siempre con la cabeza gacha para evitar los golpes. Estaban en un amplio aparcamiento de camiones. En un cartel vio letras en caracteres cirílicos y temió estar de vuelta en Rusia, aunque se encontraba en algún lugar de Bulgaria.
Dos hombres de rasgos eslavos se acercaron a Irakli. Su aspecto era inquietante. Corte de pelo al uno, musculatura visible y miradas muy duras. El conductor los saludó. Se conocían. Uno de ellos le dio un fajo de billetes, sonrió. Enseguida, el georgiano le dijo a Aslan en ruso:
—Te quedas con ellos. Te llevarán a Italia.
Uno de los recién llegados le asió por un brazo con mano de acero y le conminó a seguirle, tirando de él.
Aslan bajó la cabeza y la mirada, y obedeció.
El muchacho solo logró entender a medias una palabra de las que pronunciaban: «musliman ».
Y le pareció que también entendía una referencia a su lugar de origen: cecenski .
Solo más adelante sabría que eran dos camioneros serbios.
Viajaban en un vehículo de mayores dimensiones que el anterior: un tráiler.
Lo introdujeron en el semirremolque. Uno de ellos apartó varias cajas y abrió una puerta.
El que le sujetaba empujó al muchacho hacia el interior.
En este caso no se trataba de un escondrijo minúsculo, sino de uno mucho más amplio.
Al cerrarse la puerta y quedarse a oscuras, tropezó contra otros cuerpos.
Allí dentro había más gente. No logró distinguir el rostro de ninguno de sus acompañantes.
Oía respiraciones. Olía a sudor. Nadie hablaba. El camión arrancó.
Seguía dando vueltas a la situación nueva cuando el vehículo se detuvo. Al poco, en medio de órdenes roncas y de un haz de luz deslumbrante, Aslan y sus compañeros de habitáculo fueron saliendo.
Luego, a empujones fuera del tráiler, los agruparon en el exterior.
Observó a los que le rodeaban. Había varias mujeres jóvenes, también dos niñas y tres o cuatro chicos como él.
Y a poca distancia, unos cuantos hombres en pie, rodeando el grupo.
Su aspecto era similar a los dos camioneros que le dieron el dinero a Irakli.
Tipos grandes, forzudos y con aspecto paramilitar.
A empellones los llevaron hacia una nave industrial.
Una vez dentro los pusieron en fila. Un chico algo mayor que Aslan se resistió y gritó algunas palabras en un idioma que el checheno no entendió.
Uno de los guardianes, pues eso era lo que parecían ser aquellos tipos enormes, lo tumbó de un puñetazo y se ensañó luego con él golpeándolo con una porra larga y flexible hasta que su víctima se quedó inmóvil.
A partir de ese momento todos obedecieron las instrucciones de sus captores. En fila india, los hicieron caminar hacia una parte de la nave donde había unas pequeñas celdas sin techo. Los fueron metiendo uno por uno en cada una de ellas.
Aslan sintió que el mundo se le venía encima. Parecía cada vez más claro que Irakli, el georgiano, lo había vendido por un fajo de billetes. A él y seguramente a todos los demás.
De repente, oyó ruidos, eran pasos y risas.
Luego gritos desgarradores de mujer, de varias gargantas diferentes.
Mezclados con voces duras masculinas. Al cabo de un rato abrió la puerta de su celda un hombre de gran envergadura, debía de medir un metro noventa.
Vestía un pantalón de camuflaje y una camiseta negra ajustada.
Sobre el pecho, lucía una cruz dorada con los bordes redondeados, no como la de los monjes de Martqopi, que era recta y con los brazos caídos.
El hombre sonreía mientras le miraba de arriba abajo. Tenía una barba negra y la cabeza rapada. En su cinto llevaba una porra alargada. Entonces se dirigió a él en ruso, aunque con un extraño acento.
—Soy serbio —dijo—. Algunos de mis amigos rusos han muerto en Chechenia. Vas a pagar por ello, sucio musulmán.
Aquella mole depravada de ciento veinte kilos de peso lo sometió a todo tipo de abusos sexuales a lo largo de un tiempo que se le hizo eterno. Hasta que Aslan se desmayó.
Horas después, Aslan, desnudo, tiritaba de frío.
Se cubrió como pudo con la ropa que tenía y se echó sobre el camastro de la celda.
Un intenso silencio dominaba la zona de las celdas de la nave.
El festín despiadado de la larga noche anterior había causado estragos entre las víctimas.
Esta tortura se repetiría todas las noches durante varios días.
Hasta que, de repente, Aslan reaccionó. Era un lobo, un checheno indomable. Por primera vez se lo dijo a sí mismo: «lobo», «checheno indomable». Y siguió repitiéndoselo sin pensar en nada más.
Su violador era casi un ruso, un serbio. Amigo y aliado de los mismos que habían asesinado a su familia.
Necesitaba un arma. Lo que fuera. Un día comprobó que las patas del camastro se podían desenroscar.
Se sentó al borde de la cama, con el arma improvisada escondida bajo una manta, cerca de su mano derecha. Y esperó. Esperó…
Su verdugo apareció. Afortunadamente esa noche iba solo.
El torturador dio un paso confiado mientras se desabrochaba la bragueta del pantalón con una mano.
Aslan saltó hacia un lado y le dio un fuerte golpe en la cabeza y luego, mientras caía, un segundo golpe.
Su agresor quedó inerte. El segundo golpe lo había desnucado.
Aslan cogió la porra de su verdugo y asomó la cabeza por la puerta. A un extremo de la nave la puerta estaba abierta. No parecía haber vigilancia. Salió y empezó a correr. Oyó voces de alerta. Nada le paró. Volaba.
Muy pronto estaba a las afueras de un pueblo. Volvía a ser el lobo solitario de las montañas del Cáucaso.
Al cabo de una semana, en plena primavera, Aslan Masráiev caminaba por un terreno boscoso, llano, aunque con algunas pequeñas colinas, cuando a lo lejos vio una pequeña agrupación de casas. Se detuvo lo justo para leer una inscripción en la entrada de la aldea, en caracteres cirílicos: G RAVOBO .
Siguió avanzando por una carretera asfaltada que le llevó hasta una población mayor, a orillas de un río gigantesco.
Dedujo que era el Danubio, que había dejado Serbia atrás.
Siguiendo el curso del río entró en Croacia, evitando la carretera y los puestos de control fronterizo.
Luego abandonó el curso del Danubio y se dirigió hacia el sur.
Se limitaba a seguir, bordeándola, alguna carretera.
Cuando ya llevaba unas horas vio una indicación que le llamó la atención: S PLIT -R IJEKA E70.
Y sintió un profundo agradecimiento por su madre, que le había enseñado a leer y escribir en caracteres latinos.
Esto último, E70, le recordó de inmediato la conversación de los padres Illia y Máxime con Demetre Kvarastsjelia.
El transportista la citó, recordaba perfectamente sus palabras: «La ruta europea E70, que empieza en Poti y acaba en España.
Pasa por el norte de Italia, muy cerca de Milán».
Por primera vez en muchos días, sonrió. Ese era el camino que le llevaría hasta su destino. Siguió por esta vía, la mayor parte del tiempo a pie. En ocasiones conseguía colarse en un camión y hacer parte del recorrido como pasajero furtivo.
Dormía en las lindes de la carretera, hasta que, antes de llegar a la ciudad italiana de Trieste, tuvo la ocurrencia de robar una bicicleta.