Intermezzo #2
Aslan no había parado de caminar hacia el sur desde finales de diciembre. Llevaba casi un mes en los bosques y las montañas, sin ningún contacto humano. Dormía por las noches y caminaba a la luz del día. Un solitario huérfano checheno no era la mejor carta de presentación en Georgia.
Debía atravesar este país para llegar a la frontera de la Turquía oriental.
Desde ahí cruzarla hasta el mar de Mármara o hasta el Egeo.
Una vez que llegara a cualquiera de sus dos orillas, trataría de entrar en Europa por Grecia.
Había sido un buen estudiante y le apasionaba la geografía.
Era capaz de reproducir con cierta precisión el mapa del trayecto hacia su destino final, Italia.
Más concretamente Milán, donde vivía su tío Vaja Masráiev.
Aslan llevaba treinta jornadas andando. Había llegado a un punto elevado que dominaba una zona amplia del paisaje. Decidió encaminarse hacia lo que parecía un castillo o algo así. Estuvo cuatro o cinco horas descendiendo.
Agotado por el esfuerzo, se sentó en el borde de una roca, aturdido, exhausto.
Un remolino negro lo absorbió, y luego fue la nada…
—Incorpórate, joven de los bosques. Toma un poco de sopa, te vendrá bien para recuperarte.
Era una voz profunda que se expresaba en ruso. Aslan abrió los ojos y vio a un hombre de edad indefinida con una larga barba canosa. Tenía unos ojos oscuros, penetrantes, pero de una mirada bondadosa. Vestía de negro, con un gorro circular, una skufia , del mismo color.
—Soy Aleksandre, higúmeno del monasterio de Martqopi. El padre hieromonje Máxime te recogió hace casi una semana cuando estabas tendido en la nieve. Pensamos que no sobrevivirías. ¿Cómo te llamas, joven de los bosques?
—Aslan —musitó el chico.
—Es un nombre curioso para un ruso. ¿Eres ruso?
—dijo el monje sonriendo mientras le tendía el tazón con la sopa caliente.
Aslan le miró tratando de adivinar cuál debía ser la respuesta correcta.
Su instinto de protección le llevó a no contestar y cerrar los ojos fingiendo, lo que no le resultó difícil, porque estaba agotado con la breve conversación.
Pero se tomó toda la sopa. Cada trago era reconfortante.
Poco después el religioso salía de la habitación y su huésped, aliviado, se durmió profundamente.
Pasaron varias, muchas horas hasta que volvió a despertarse. Lo hizo con el sonido de la puerta al abrirse y entrar otro monje, algo más joven que el anterior. El monje, con una mirada muy viva, una sonrisa jovial y casi cantando, le preguntó:
—¿Cómo se encuentra esta mañana el joven Aslan?
—Mejor, señor. Estoy bien.
—Tendrás hambre, joven león. Te he traído comida georgiana digna de un rey. Chijirtma , mchadi , queso y agua cristalina. Tienes que recuperarte.
Aslan sonrió y se incorporó. Se sintió reconfortado con la presencia del monje.
De un vistazo observó que estaba en una pequeña estancia, muy sobria, con una ventana, y como únicos muebles, el camastro sobre el que se hallaba ahora sentado, una mesa y una silla.
El ambiente de la habitación era cálido, aunque por la ventana observó cómo caían copos de nieve.
—Soy el padre Máxime, uno de los hieromonjes de esta comunidad.
Fui yo quien te encontró medio muerto ahí abajo, en el desfiladero.
Pensé que el padre celestial ya te había llamado.
Pero cuando te toqué me di cuenta de que tu cuerpo aún estaba caliente.
Dios misericordioso te daba una oportunidad.
Te cargué sobre mis hombros y te traje hasta aquí.
Solo Nuestro Señor sabe de qué infierno venías.
En la vida había visto a nadie tan sucio.
Delirabas, tenías mucha fiebre. Oyéndote supimos que hablabas ruso. ¿Eres ruso?
Aslan volvió a sentir temor. Era la segunda vez que le preguntaban lo mismo. No quería decir la verdad sin saber cuál sería la respuesta adecuada. El padre Máxime notó su incomodidad y siguió hablando.
—Nosotros somos georgianos. Sacerdotes. Vivimos en este monasterio, que es muy antiguo.
Mucha gente en nuestro país no quiere mucho a los rusos.
Pero nuestro monasterio está abierto a todos.
Todos somos hijos de Dios: rusos, georgianos, armenios, chechenos…
, hasta los abjasios que no nos quieren mucho ahora y que son nuestros hermanos.
Ya que no me quieres contestar, dime: ¿al menos eres cristiano?
La pregunta provocó pánico en Aslan. En teoría era musulmán, aunque en su familia nunca se hablaba de asuntos religiosos.
Su madre era algo parecido a atea, nació y creció como ciudadana soviética, y su padre…
Ese no era nada ni nadie. Entonces contestó con un tímido «no» bajando la mirada una vez más.
—Dime al menos de dónde eres —casi suplicó intrigado el buen monje.
—Soy checheno y creo que soy musulmán —dijo Aslan—. No sé nada de religión. Me llamo Aslan Masráiev.
Por primera vez en su vida omitió su apellido paterno. Ya no se llamaba Arsanov, el apellido de su odiado padre; quería ser miembro del teip de los Masráiev, como su madre o su tío Vaja, el de Milán.
—Bien, Aslan Masráiev, sé bienvenido al monasterio de Martqopi —sonrió el padre Máxime—. Eres nuestro huésped. Eres nuestro amigo. Nunca había conocido a un checheno. Dicen que sois los mejores en las montañas. Ahora ya sé que no eres un león sino un lobo.
Aslan sonrió. Todo checheno lleva un lobo en su corazón y se siente más cerca de este animal que de ningún otro.
—Cuéntame, joven Aslan, ¿dónde está tu manada? Los lobos siempre vais en manada. ¿Qué hacías tú solo por estas montañas?
Aslan sabía que los georgianos habían logrado quitarse de encima a los soviéticos. Eso le tranquilizó. Y por fin se decidió a hablar:
—Los soldados rusos asesinaron a mi familia.
Mi madre, mis dos hermanas mayores que yo, mis tíos…
Todos murieron, de eso no hace mucho, hace algo más de un mes.
Yo me salvé. No estaba en la granja cuando todo sucedió.
Los encontré a todos después. Ahora voy hacia Milán, en Italia, donde vive mi tío Vaja Masráiev.
—Querido Aslan Masráiev, toda la comunidad de Martqopi te acoge como a un amigo.
Aquí eres bienvenido y estarás a salvo. Nadie te hará daño mientras permanezcas en nuestro monasterio.
Te queda un largo camino hasta reencontrarte con tu tío.
Ahora debes recuperar tus fuerzas. Nosotros somos tus amigos.
Toda nuestra comunidad va a rezar por tu familia, para que el Señor, Dios todopoderoso o Allah el clemente, los acoja en su seno.
Aquí en Georgia todos somos hermanos. Judíos, musulmanes o cristianos ortodoxos o romanos.
Vivimos en paz y nos ayudamos los unos a los otros. No tienes nada que temer.
Aslan suspiró aliviado. Después de caminar tantos días por las montañas sobreviviendo a múltiples peligros, estaba en un refugio seguro.
No sabía nada de los monjes ortodoxos. No le importaba.
Había estado a punto de morir en la montaña y si ahora seguía vivo era gracias a ellos. Malos no podían ser.
Aslan pasó los siguientes dos meses viviendo con los monjes, pero su inquietud no hacía más que acrecentarse. Debía emprender otra vez el camino, llegar a Italia. Encontrar a su tío Vaja Masráiev. Así se lo explicó a su salvador. El buen monje le contestó:
—Sabíamos que tarde o temprano sentirías la necesidad de continuar tu camino.
Ese mismo día se reunió con el higúmeno.
—Joven Aslan, el padre hieromonje Máxime me ha explicado que vas a seguir tu viaje hasta Italia.
—Sí, padre Alexandre. Debo encontrar a mi tío. No tengo más familia que él.
Y el superior del convento le dijo:
—El padre Máxime te acompañará hasta Tiflis. Allí pediremos ayuda al padre Ilias, que estuvo en nuestra comunidad durante varios años.
Aslan Masráiev abandonó Martqopi en los primeros días de abril del año 2000. Estaba exultante. En su imaginario Milán se hallaba muy cerca.
En Tiflis se alojaron en la iglesia del padre Ilias.
Una vez informado de los planes de Aslan, su anfitrión pidió ayuda a uno de sus feligreses.
Se trataba de Demetre Kvarastsjelia, propietario de una flota de camiones.
Según tenía entendido, estos vehículos llegaban a Rumanía y otros incluso iban algo más lejos.
Lo que el buen padre Ilias desconocía era que su feligrés, el transportista, nunca abandonaba el territorio georgiano.
No debía. En cualquier frontera que atravesase saltaría la alarma porque sobre él pesaba una notificación roja de Interpol.
Francia le reclamaba para enjuiciarle por tráfico de personas, y en Italia tenía una larga condena en rebeldía por transporte de heroína.
Demetre Kvarastsjelia se comprometió a llevar al joven en uno de sus vehículos de mayor tamaño hasta Rumanía siguiendo la ruta europea E70, que empezaba en la misma Georgia, en Poti, y acababa en La Coruña, en España.
Añadió que pasaba por el norte de Italia, cerca de Milán.
Allí podría dejar al chico, le aseguró al padre Ilias.
Al día siguiente, Aslan se subió a un camión rígido conducido por Demetre Kvarastsjelia.
El conductor no le dirigió la palabra hasta que, al salir de Tiflis, se paró en una gasolinera, donde se incorporó un segundo conductor y llenaron el depósito.
Aslan aún llevaba la sotana y el cinturón de cuero que le habían prestado los monjes.
—Eh, tú, basura chechena, quítate esos sagrados hábitos, no quiero que sigas ensuciándolos. Ponte esto.
Y le arrojó una bolsa de plástico, donde Aslan encontró ropa usada.
Siguiendo indicaciones, más bien órdenes, se encaramó a la caja del camión.
En medio de la carga, el georgiano le señaló un escondite cerrado de tres por tres metros y unos noventa centímetros de alto, al que se accedía a través de una portezuela.