Intermezzo
Ni el frío ni las abruptas pendientes podían con Aslan Arsanov. Se movía con gran agilidad, a pesar de la nieve que no cesaba de caer en los bosques que rodean el lago Kezenoyam, en la zona más elevada de Chechenia. Tenía que cargar leña, toda la posible. Así se lo había ordenado su padre.
Con trece años recién cumplidos, Aslan tenía un cuerpo y una envergadura muy superior a la media de su edad. Sus rasgos faciales, en cambio, eran dulces y propios del niño que aún era.
Los Arsanov lo habían perdido todo cuando huyeron de la capital de Chechenia bombardeada por los rusos, que se negaron a aceptar la independencia de aquel pequeño país musulmán del viejo imperio.
La familia logró escapar, por muy poco, del infierno de la capital de la incipiente y efímera República Chechena de Ichkeria asolada por el ejército ruso una vez más.
Huyeron prácticamente con lo puesto el primer día de septiembre y fueron a refugiarse en la granja de los tíos de la madre de Aslan.
Su refugio estaba a unos kilómetros de la aldea de Jarachoi, en el distrito de Vedenski.
Era una modesta construcción que casi no se veía desde el camino que pasaba de largo, escondida tras una desnuda formación rocosa contra la que se apoyaba la tosca edificación.
Una granja ahora sin ganado, con reservas de alimentos ya muy mermadas y con los tíos de Aslan ya muy mayores.
El chico recordaba el horror que sintió cuando la aviación rusa bombardeó por primera vez Grozni, el 28 de agosto del año 1999. Su madre insistió en huir de la ciudad y sus hijas estuvieron de acuerdo. El padre se limitó a seguir a las tres mujeres.
Eran chechenos por los cuatro costados. Pero la familia de Aslan no se sentía especialmente vinculada a su región cuando se declaró la independencia.
Después de la primera guerra chechena (1994-1996), la madre trató de emigrar con toda su familia a Italia.
Tenía un tío carnal que vivía en Milán y que se ofreció a acogerlos.
Se trataba de un viaje muy caro para los escasos medios económicos con los que contaban.
Y obtener permisos y visados resultó una tarea imposible.
Ese día de diciembre de 1999, el frío empezaba a hacer mella en el cuerpo del pequeño Aslan.
Se había retrasado instalando nuevas trampas y revisando las antiguas.
Y también contemplando desde cierta altitud el centelleo de un rayo aislado del sol en la superficie del agua en el lago Kezenoyam.
Aquella extensión inmensa de agua le hacía soñar con el mar.
Nunca lo había visto. Pero su madre le hablaba de la travesía de aquel pariente de ella que vivía en Italia, y de su viaje a la libertad y la riqueza a través de los mares.
Desplazarse por el bosque implicaba estar alerta, sobre todo en esos tiempos por la presencia de los guerrilleros chechenos y, peor aún, de los soldados rusos. Encontrarse con los primeros podría implicar un reclutamiento forzado. Cruzarse con los segundos suponía una muerte casi segura.
De repente un ruido extraño le alertó. Era como un ronroneo lejano.
Inquieto, aceleró el paso. Se paró para mirar desde la mitad de la ladera.
Observó el camino que llevaba a la granja, y allí estaban, dos BTR-80, el vehículo 8x8 con ruedas, que las fuerzas militares de la Federación Rusa utilizaban para el transporte de tropas de infantería.
A bordo iban dos grupos de Spetsnaz dependientes del Ministerio del Interior.
Eran los sanguinarios miembros de las fuerzas especiales de élite de las Fuerzas Armadas de Rusia que asolaban el territorio con sus espantosas zatchistkas , las campañas de «limpieza» dirigidas contra los apoyos civiles, supuestos o reales, de los rebeldes.
Cerca ya de la casa, un grupo de siete soldados saltó de uno de los blindados.
Otro militar, apostado en la parte superior del vehículo, disparó una breve ráfaga desde la KPV instalada en la torreta del blindado.
El tableteo de esta ametralladora pesada de 14,5 milímetros paralizó aún más a Aslan, que seguía agazapado en su escondite.
Los dos perros de los tíos de su madre emitieron unos breves ladridos lastimeros.
Aslan permaneció inmóvil. Tres figuras fugaces abandonaron la granja por la puerta trasera para buscar refugio en el establo.
Eran su madre y sus hermanas. El segundo blindado se interpuso entre el establo y el bosque.
Al mismo tiempo, los soldados del primer vehículo, con la cara cubierta blandiendo sus fusiles de asalto AS VAL, se desplegaron frente a la puerta de entrada.
Aslan escuchó una voz que gritaba una orden en ruso, un idioma que dominaba incluso mejor que el checheno:
—¡Salgan todos de la casa, con las manos en alto!
El primero que apareció fue su tío. Un anciano indefenso.
Un soldado se le acercó y lo derribó dándole un golpe con la culata de su fusil de asalto.
Uno de los perros salió a defender a su amo, pero recibió un disparo que lo dejó seco.
El otro, que asomó la cabeza por la puerta, murió de la misma forma.
Aterrorizado, Aslan vio que los Spetsnaz del segundo grupo entraban en el establo.
Al poco sacaron a empellones a las tres mujeres.
La madre se revolvió. Trató de defender a sus hijas.
Uno de los soldados la empujó violentamente.
Luego disparó sobre ella. Salió proyectada hacia atrás. Quedó tendida sobre la nieve.
Aslan ahogó un grito. Contuvo la respiración y sofocó como pudo los sollozos, por temor a que le oyeran.
—Vamos a divertirnos —escuchó de repente decir a un ruso.
Aslan comenzó a avanzar, muy cautelosamente, ladera abajo.
Y desde esa altura fue testigo del tormento al que estaban sometiendo a su familia.
Milana forcejeaba desesperadamente con los dos soldados que la asían, cada uno por un brazo, y gritaba angustiada.
Zemfira trató de revolverse y evitar que la sujetaran, pero uno de sus captores la asestó un puñetazo que le alcanzó de pleno el rostro.
Quedó medio desvanecida. Al presenciar semejante escena, su hermana dejó de resistirse, se abandonó.
Aslan veía muy bien ahora sus rostros, tan bellos, convertidos en espantosas máscaras de dolor y pánico.
Quiso levantarse. Su cuerpo no le obedeció.
Las jóvenes implorantes, empujadas y arrastradas por los soldados, fueron conducidas hasta la entrada de la casa, donde seguían mirándolas las tropas rusas. Las observaban y se reían a carcajadas. Mientras tanto el padre no aparecía.
El tío de Aslan sangraba abundantemente por el culatazo recibido y levantó la cabeza hacia ellas horrorizado.
—No tenemos armas. Somos gente de paz. Mis sobrinas son inocentes —suplicó con voz rota el granjero.
Por toda respuesta, Aslan escuchó una orden emitida por el teniente:
—Acabad con ellos.
Uno de los soldados, después de apartar a la anciana de una patada, disparó contra el tío de Aslan, que murió tras un estertor. Luego, el mismo soldado asesinó también a la campesina.
De inmediato, salió de dentro de la casa otro de los militares. Llevaba al padre de Aslan sujeto de la ropa y tiraba de él. Cuando llegó al llano situado frente a la granja, le dio un empujón y lo tiró al suelo.
El teniente se le acercó. Con la culata de su pistola le asestó un golpe en la cabeza. Desde el suelo, el padre seguía implorando clemencia.
Oculto en su escondrijo, Aslan no daba crédito. Y un sentimiento desconocido surgió incontenible en aquel crío: el odio, un odio asesino y vengativo.
Enseguida oyó con claridad al joven oficial preguntándole a su padre:
—¿Quiénes son estas mujeres?
—Son mis hijas —respondió él.
El teniente sonrió, apuntó y disparó su pistola. El tiro le entró al padre de Aslan por la frente. Cayó de espaldas y quedó inerte en la nieve.
Los soldados se abalanzaron luego sobre sus hermanas, profiriendo aullidos salvajes. Dos de ellos arrastraron a Zemfira hacia el interior de la casa. Otros, ante los ojos aterrorizados de Aslan, manoseaban a una impotente Milana.
Aslan consiguió recuperar el control de su cuerpo y corrió los cincuenta metros que le separaban de la escena.
Y cuando estuvo a la distancia adecuada, el niño irguió su cuerpo y alzó hacia arriba y un poco hacia atrás su hacha de leñador.
Un instante después, la hoja se clavaba en el pecho del soldado que tenía de frente.
—Un terrorista. Traédmelo. Quiero su cabeza —rugió el oficial al mando.
Cuatro soldados fueron a buscarlo.
Aslan conocía el terreno. Corrió agachado por entre la maleza, zigzagueando, pero con una dirección clara guiando sus movimientos, el hueco que había debajo de un grueso y viejo roble caído.
Sus perseguidores llegaron a estar a escasos centímetros de él, pero del otro lado.
No lo vieron. Uno de ellos empezó a disparar a ciegas.
Poco después volvieron a la granja. No les interesaba seguir con la caza.
Querían compartir el botín con sus compañeros.
Habían dejado atrás a dos jóvenes chechenas.
Aslan permaneció inmóvil en su escondite. Sus sentidos se bloquearon de frío. Se desmayó. Solo así se libró de oír los gritos desgarradores de sus hermanas. Y el rugido de la horda de soldados que las estaban violando, uno tras otro, a las dos.
Le despertó sobresaltado un estruendo. El convoy militar abandonaba la granja. Había oscurecido. El muchacho salió de su escondite en cuanto los soldados se fueron tras incendiar las dos edificaciones precarias de los campesinos.
El fuego iluminaba la noche. Aslan bajó a la granja y vio el cadáver de su madre. Tenía varias heridas de bala. Se abrazó a ella levantando su tronco.
Finalmente reaccionó. Quería vivir.
Se puso a andar y se adentró en la espesura del bosque.