11. Empiezan los ataques #4
Mientras los agentes desconectaban su ordenador personal sintió una punzada de vulnerabilidad profunda.
«Están entrando en todo. No solo en mi casa, también en mi vida».
Pero incluso en ese momento no perdió la compostura.
Sabía que cualquier gesto, cualquier exasperación, sería interpretado como culpa.
Había un pensamiento que volvía una y otra vez como un eco persistente: «¿Hasta dónde estarán dispuestos a llegar mis enemigos?
¿Qué habrán fabricado?». Y, pese a todo, debajo de ese temor, una convicción férrea: « Podrán ensuciar mi nombre, podrán arrastrarme hoy, pero no podrán cambiar la realidad. Esto no resistirá un juicio serio » .
Dos horas después, por fin, uno de los agentes anunció:
—Vamos a proceder al traslado.
Sus abogados lo miraron, intentando transmitir calma. Él asintió casi imperceptiblemente.
Cuando los policías colocaron las esposas alrededor de sus muñecas, el frío del metal le produjo una sensación extraña. No era dolor: era humillación. Una humillación ritual, pública, calculada. «Ahora toca el paseíllo en plaza pública», pensó sin mover un músculo del rostro.
La puerta del edificio se abrió y el estruendo lo golpeó de lleno.
Gritos de periodistas, flashes que estallaban sin parar, micrófonos extendidos como lanzas hacia él.
Cámaras de televisión apuntándole a centímetros del rostro.
Algunos vecinos observaban desde la acera, curiosos, cuchicheando.
Otros, móviles en mano, grababan para subir la escena a las redes sociales.
Los agentes lo escoltaban con firmeza pero sin brusquedad, abriéndose paso entre el tumulto.
Él caminó recto, silencioso, con la mirada fija en el coche policial que lo esperaba.
Cada paso era un recordatorio de la injusticia que estaba viviendo, pero también una prueba de su resistencia.
«No me van a quebrar», repetía por dentro.
Mientras los flashes lo cegaban, imaginó la portada de los periódicos del día siguiente, los titulares, los debates en televisión.
« Ya habrán decidido el veredicto incluso antes de que llegue al juzgado » , se dijo.
Pero no dejó que esa idea lo hundiera. En su interior, pese al ruido, pese a la humillación, había una serenidad densa: «La verdad existe.
No podrán taparla para siempre. Esto se aclarará. Debe aclararse » .
Los agentes le abrieron la puerta del coche. Lo ayudaron a entrar agachando ligeramente la cabeza para no golpearse. Al cerrar, los cristales polarizados lo aislaron del caos exterior. En ese instante, por primera vez desde que comenzó todo, pudo respirar más hondo.
El vehículo arrancó en dirección a los juzgados de Madrid.
Él apoyó la espalda en el asiento, esposado, con la mirada perdida, pero con la mente firme.
Era consciente de que el camino sería largo, duro, lleno de barro mediático y acusaciones inventadas.
Pero también sabía algo más profundo y más poderoso: «No pueden destruirme porque no he hecho nada.
Y algún día, cuando esta pesadilla se disuelva, todo quedará en evidencia».
Cerró los ojos, solo un instante. No era resignación. Era resistencia.
Al llegar al edificio de los tribunales, después de los trámites administrativos fue conducido a una celda.
Estuvo en ella hasta que a media tarde se sentó en compañía de sus abogados ante el fiscal y el magistrado.
Fueron casi dos horas. El acusador público exigió la prisión incondicional.
Finalmente, el juez decidió que podría eludir la cárcel con el abono de una fianza muy elevada con la retirada de su pasaporte y la obligación de presentarse diariamente en el juzgado.
Y entonces el asunto dio un giro inesperado. Porque, para sorpresa de todos, empezando por sus propios abogados, Kloster se negó a abonar la fianza.
—Esto es un chantaje de una organización mafiosa y no voy a ceder —dijo—.
Se han inventado uno a uno los cargos. No he sobornado a nadie.
Los correos electrónicos que utilizan para acusarme son falsos.
No voy a entrar en el juego. Prefiero que me metan en la cárcel hasta que se demuestre mi inocencia. Luego reclamaré justicia.
El juez se desconcertó cuando los abogados le notificaron la decisión de su defendido.
Una hora después, entre una nube de cámaras y fotógrafos, el furgón policial que transportaba a Kloster salía del garaje de la Audiencia Nacional camino de la cárcel de Soto del Real, situada a unos cincuenta kilómetros de la capital.
Mientras, en Madrid, los secuaces de Pepe Rebollar le felicitaban.
Y, en otra parte del mundo, dos personas hablaban a través de un sistema encriptado.
—Nuestro objetivo ha recibido un golpe del que le va a costar mucho recuperarse. Seguimos siendo indetectables —dijo Zhukov en tono frío.
—Estamos muy satisfechos con el resultado —respondía Peter Olsen, el hombre de Harry S. Lynton III.
Al mismo tiempo, en Nueva York, Hilda Tournier hablaba consternada con Thomas Henderson. El detective le informó de que se desplazaba de inmediato a España y de que se llevaba con él a su mejor equipo.