11. Empiezan los ataques #3
Así se despidió el consultor de seguridad a modo de conclusión mientras estrechaba la mano de Kloster. Después abandonó el despacho de Tournier.
—No te voy a dejar solo —dijo su amiga—.
Soy plenamente consciente de que te están atacando con información falsa.
Aquí sabemos que eres más que billionaire .
Uno de nuestros mejores clientes privados.
Además, en Pellman no tenemos ninguna duda de que la tecnología de Solar Alternative es fiable y revolucionaria.
Pero vamos a suspender temporalmente la subasta de venta de vuestro parque solar.
Y otra cosa. Cuidado con el presidente de Elecensa.
Mi gente me dice que ese Íñiguez es una serpiente —le advirtió la banquera al despedirse—.
Y se diría que no es tu único enemigo. Henderson lo averiguará, confío mucho en él.
Cuando aterrizó en Madrid, Paul encontró que el ambiente era más venenoso incluso que cuando dejó la ciudad para su viaje a Nueva York.
El tridente mediático formado por Enriqueta Labadía, Gonzalo Onrubia y Víctor Molinero había acelerado ostensiblemente el ritmo de sus ataques.
El medio dirigido por Labadía aportaba unos supuestos correos electrónicos internos de Solar Alternative en los que Paul Kloster autorizaba el pago de 300.
000 euros al alcalde del municipio en el que se encontraba el parque solar.
Onrubia denunciaba un fraude fiscal de los científicos del laboratorio: una falsedad, como los emails de su colega.
En las tertulias de su cadena de radio, Molinero lanzaba un grito de guerra: «A la cárcel con el corruptor y con sus científicos defraudadores».
Fuera de España la situación también empeoraba.
Un think tank estadounidense, próximo a los intereses de la industria petrolera, hizo público un nuevo documento que tuvo eco en numerosos medios de comunicación de varios países.
Esta vez no era un informe anónimo. Lo firmaban tres científicos, conocidos por su adscripción al campo de los negacionistas del cambio climático.
El título era muy ilustrativo: «El error de un cambio de modelo energético basado en una tecnología no contrastada».
Los ataques arreciaron en España la siguiente semana.
El lunes, el medio dirigido por Gonzalo Onrubia anunciaba que la Agencia Tributaria española se preparaba para abrir una inspección fiscal a los científicos del laboratorio de Solar Alternative y también a Kloster.
La información indicaba que podrían afrontar delitos penales por defraudación.
Paul reaccionó de inmediato a la noticia. Organizó una rápida salida de España de Sakakivara-Watanabe, de Reissenberg y de todo su equipo, que al día siguiente por la tarde tomaban un vuelo hacia otro país europeo.
Al día siguiente se hizo público que un abogado había presentado una denuncia por fraude fiscal contra todos ellos, y también otra contra Kloster por presunta corrupción de funcionarios públicos.
Para dar este paso, el letrado utilizó una figura del derecho procesal español conocida como «acción popular», que permite a cualquier ciudadano presentar una denuncia y conseguir que se admita a trámite; en ocasiones sin necesidad de probar o documentar la denuncia sin más base que un simple recorte de periódicos o un link a un bulo difundido por un medio digital minoritario, en supuesta defensa del interés general de la sociedad.
La denuncia se había presentado el lunes a primera hora de la noche en la Audiencia Nacional, un tribunal con competencia en todo el territorio español.
La había atendido el juez que estaba en el turno de guardia y que se encarga de los casos urgentes que se presentan fuera del horario laboral.
Los denunciantes sabían lo que se hacían, pues habían esperado a que comenzara su turno uno de los magistrados más conocidos de la Audiencia y con fama de muy duro.
Se trataba de una persona con una gran exposición pública, no solo por varios casos muy mediáticos que había instruido, sino por tener una vida social muy intensa.
Paul ya conocía este hecho cuando esa mañana se aprestaba a salir de su casa.
Lo hizo antes de lo previsto y se encontró sentado frente a la puerta del ascensor a uno de sus escoltas.
Este no le vio porque estaba absorto rellenando lo que parecía ser un impreso.
El hombre se llevó un sobresalto y se puso inmediatamente en pie.
Al mismo tiempo, desde su intercomunicador, alertó al resto del equipo del inesperado movimiento de su protegido, que se anticipaba al horario previsto, mientras se disculpaba por estar con la guardia baja.
—No se preocupe. Me he adelantado —dijo Paul.
—Perdone, es que con estos papeles a veces me vuelvo loco. Todos esos detalles…
—¿Qué detalles? —preguntó Paul con un cierto automatismo.
—Tenemos que detallar por escrito dónde le hemos acompañado —respondió el guardaespaldas—. También con quién se reúne, las horas de entrada y de salida de sus citas, los itinerarios seguidos en los desplazamientos y los incidentes que haya podido haber.
Paul no le dio importancia ni al apuro del guardia ni al motivo que le había explicado.
Tampoco siguió preguntando. No se sentía cómodo con el pesado aparato de seguridad que le rodeaba, y toda esa burocracia no le interesaba lo más mínimo.
Le extrañó lo de ese informe tan detallado, pero no le dio más vueltas, absorto como estaba en las muchas preocupaciones con las que empezaba el día.
Al día siguiente, la Agencia Tributaria española comunicó a través de sus portavoces la apertura de inspecciones a Solar Alternative, a Paul Kloster y a los científicos del laboratorio.
Pero el summum de los problemas empezó dos días después.
Eran en torno a las nueve de la mañana cuando Paul oyó que tocaban el timbre de su casa y aporreaban la puerta.
No era insistencia, sino alguna clase de exigencia, pensó furioso.
Desconocía que, al mismo tiempo, unos agentes de la Policía Judicial, por orden de un juez de guardia de la Audiencia Nacional, entraban en las oficinas de Solar Alternative.
El mayordomo de Paul se quedó pasmado al abrir la puerta y encontrarse a unos agentes de policía vestidos de paisano, quienes, después de enseñarle sus placas de identificación, le preguntaron por su jefe y le conminaron a apartarse de la entrada.
Paul se incorporó. Estaba desayunando y consultando su correo cuando entraron en el comedor. Fueron directamente al grano.
—Queda usted detenido por presuntos delitos de corrupción y cohecho a funcionario público.
La acusación supuso un auténtico mazazo y también una completa sorpresa.
No protestó. No había nada que decir. Por dentro, una mezcla de indignación y tristeza se le formaba en el pecho como un nudo que apenas le dejaba respirar.
«Es una farsa —pensó—. Una trampa perfectamente ejecutada».
Pero mantuvo el rostro sereno, casi hierático, como si estuviera presenciando la caída de otra persona, no la suya.
Los agentes entraron en la vivienda. El que custodiaba a Paul le pidió que se sentara en el salón mientras esperaban a la comisión encargada del registro.
Él obedeció en silencio. Antes de sentarse pudo observar desde la ventana mucho movimiento en la calle: cables, trípodes, cámaras.
La prensa ya estaba allí. Habían sido avisados incluso antes que su abogado.
Aquello no era justicia: era un espectáculo.
Le estaban preparando «la pena del telediario, el show del perpetrador». Querían humillarlo.
No tardaron mucho en presentarse Miguel Polo y un reconocido penalista, contratado pocos días antes.
Serios, con el gesto firme, lo saludaron con un leve asentimiento, ese que se da cuando sobran las palabras porque cualquier comentario sería insuficiente.
Lo letrados intentaron hablar con los agentes, preguntar, matizar, objetar algún extremo del procedimiento, pero el juez de instrucción había ordenado un registro amplio: ordenadores, servidores domésticos, correspondencia, carpetas, cualquier documento que pudiera acreditar la trama.
Los policías comenzaron a abrir cajones, clasificar carpetas, fotografiar el interior de armarios.
Cada clic de cámara documental sonaba en la mente de Paul como un juicio anticipado.
Él observaba todo desde una esquina, sentado, inmóvil, sin cruzar una sola palabra.
Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, tensas, como si su propio cuerpo se negara a aceptar la situación.