El vuelo de los gansos 11. Empiezan los ataques
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11. Empiezan los ataques

Empiezan los ataques

—Tengo dos clientes que quieren saberlo todo de ese cabrón de Kloster. ¿Dónde vive? ¿Dónde está en todo momento? ¿Qué hace en su tiempo libre? ¿Con quién se relaciona? ¿Con quién folla? ¿Cuáles son sus puntos débiles? Todo. Quiero respuestas y ¡las quiero a la voz de ya!

Un grupo de cuatro hombres de mediana edad estaba reunido en un edificio de oficinas, más o menos moderno, en la periferia del norte de Madrid.

Quien llevaba la voz cantante era el propietario, director, cerebro y todo lo demás de Check Inside, S.L.

Un tal José García Rebollar, Pepe Rebollar para los amigos.

Canijo, aceitunado de rostro, nervudo y muy cabrón, un sádico en los interrogatorios, que parecía disfrutar.

Todos sus colaboradores llevaban el mismo sello impreso en el aspecto y los modales de quien había ejercido muchos años el oficio de «policía, y de los malos».

—Aquí ese Kloster vive en un pisazo de la Castellana, cerca del Bernabéu —intervino uno de ellos—.

No tiene protección. Va por la calle con un conductor o solo.

Y ese conductor es también su mayordomo, y marido de la mujer que lleva la casa.

Viaja mucho fuera de España. Tiene a sus hijos en París, viviendo con su madre. Están divorciados desde hace años.

—Los padres de Kloster residen en Barcelona —explicó otro de los presentes—. En pocos días ha hecho dos viajes, uno muy largo. Los padres son guiris, pero llevan mucho tiempo aquí.

—¿Alguna debilidad de la que podamos sacar partido para un chantaje, lo que sea? —inquirió Rebollar.

—Sí, una. Le gustan mucho las tías. Parece que es un picaflor. En Madrid se tira a una morenaza. Me lo han contado. Pero aún no he podido identificarla —añadió otro de sus colaboradores.

—¿A qué esperas, Fernandito, para identificar al putón? ¿No eres policía? —bramó el dueño de Check Inside—. Me estáis tocando los cojones.

—Pepe, macho, no te pongas así. A la tía la ficho en un par de días. En cuanto a los archivos policiales, no hay nada de él. Es un tipo que ha vivido casi siempre fuera de España. Dame un poco más de tiempo —dijo a modo de excusa el aludido.

Todos se conocían desde años atrás. Los cuatro subordinados a sueldo de la empresa de Rebollar habían trabajado a sus órdenes en otras etapas de sus vidas.

Unos, en el País Vasco como especialistas en acciones antiterroristas, donde se jugaban muchas veces la vida; los otros, en la Brigada de Información de la Policía Nacional.

Le temían, le respetaban y le admiraban.

Y eran la chusma del Cuerpo, la minoría que todo lo ensucia, que todo lo resuelve a su manera, usando métodos ilegales.

Nadie en la policía sospechaba quién era el que les proporcionaba ingresos extra, en negro.

Con sus sueldos de funcionario, el dinero que les pagaba su exjefe les parecía una fortuna.

Lo cual les venía muy bien para sus respectivos vicios.

Pepe Rebollar había ido abandonando, en cambio, su puesto de trabajo en la policía tras haber conseguido relaciones claves en el mundo empresarial, el político, el judicial y el periodístico.

Ellos, y muy pocos más, sabían que siempre iba con una grabadora encima.

Llevaba años grabando todas sus conversaciones, menos las que mantenía con su equipo y su familia.

Su fonoteca, muy bien ordenada, le proporcionaba materiales sucios y comprometedores de muchas personas de interés.

Era, para Rebollar, su garantía de inmunidad.

En caso de tener problemas, podría reaccionar ante cualquier enemigo.

José García Rebollar, como comisario de la Policía Nacional en excedencia, se dedicaba con su empresa a la seguridad privada, por decirlo refinadamente.

Actuaba siempre al servicio de grandes corporaciones —a través de sus directores de seguridad— y de ciertos empresarios adinerados que demandaban a alguien como él: un tipo que controlaba toneladas de basura de todo el mundo y que había hecho una fortuna usándola como material amenazador.

Los chantajes eran su modo de vida, y la suya era una vida de lujo.

Esos ingresos le permitían usar coches de alta cilindrada, relojes ostentosos, ropa cara…

, aunque ni siquiera con todo eso encima dejaba de tener ese aspecto tan vulgar.

Su empresa se especializaba en lo que él llamaba inteligencia empresarial, protección de personas influyentes y husmeo en la vida privada de quienes molestaban o podían molestar a sus clientes.

De paso, también husmeaba las vidas privadas de su propia clientela, sobre todo si eran de la alta sociedad de Madrid.

Hombre prevenido, decía siempre. Elaboraba informes que en ocasiones se publicaban como si fueran producto del arduo trabajo de investigación de periodistas amigos, cuya labor se limitaba a filtrar noticias ciertas y muchísimos bulos generados por Pepe Rebollar.

Era uno de los peores enemigos que alguien podía buscarse en España: capaz de destruir la reputación de la persona más honorable, parecía encontrar en ello una satisfacción casi enfermiza.

De los dos clientes que le habían contratado para seguir a Kloster, uno era extranjero: se trataba de la organización de un tipo extraño que se hacía llamar Jack Smith —«de la CIA», pensaba Pepe, pues no fue jamás informado de qué empresa era ni de quién la dirigía, solamente que pagaba muy por encima de lo usual en Madrid—.

Con el otro cliente sí pisaba en territorio conocido, pues era una gran corporación española para la que ya había trabajado con anterioridad.

El primero quería saber todos los pasos de Paul en España y el segundo lo mismo.

Aunque aquel tipo que quizá fuera ruso, pese a estar vendido al dólar, pagaba un dinero extra para que Pepe Rebollar destruyera del todo la reputación de ese tal Kloster.

Mientras tanto, en una elegante oficina situada en el centro de Madrid, en el barrio de Salamanca, otro grupo estudiaba cómo atacar al mismo objetivo.

En este caso la reunión se celebraba en la sede de una agencia de comunicación y de lobby.

Los había contratado la misma corporación española que al excomisario García Rebollar, pero los dos brazos ejecutores no tenían conciencia de que el otro estuviera actuando en el mismo caso por conductos diferentes.

A esta agencia le había llegado una solicitud —pagada a un precio no rechazable— para diseñar y ejecutar una campaña mediática de desprestigio tanto de Solar Alternative como de su presidente, aquel Kloster que empezaba a salir en los medios cada cinco minutos.

Luis Perales, socio principal de la agencia, había reunido a sus principales colaboradores y les estaba pautando las primeras indicaciones.

—Debemos buscar errores, localizar ventanas de oportunidad y utilizarlo todo con astucia, sin menospreciar ninguna posibilidad.

Ahora disfruta de una buenísima imagen, pero al menor desliz, real o inventado, inundaremos de inmediato todos los canales de mensajes negativos contra Kloster y su empresa.

Demonicémoslo. Hagamos que sea antipático para el gran público.

Pongamos en su contra al máximo número posible de periodistas, tertulianos, parlamentarios, influencers …

Tenemos presupuesto de sobra, incluso para alquilar los servicios de algún influencer con cientos de miles de seguidores.

También para camelar a algún miembro selecto de la oposición parlamentaria o, incluso, de la coalición de Gobierno.

Entonces tomó la palabra la spin doctor , la estratega política de la agencia de comunicación.

—Es importante que también el Gobierno empiece a sentirse incómodo. Debemos convertir a Kloster en un lastre. Que la oposición vea en ello la oportunidad de erosionar a la mayoría parlamentaria.

Miró al resto de los participantes de la reunión y terminó alzando la voz como si fuese una arenga.

—Sabemos cómo hacerlo: podemos situar como tren ding topics etiquetas negativas contra Kloster y Solar Alternative.

Utilicemos a todos nuestros colaboradores habituales para acelerar el proceso.

Y os informo de que, en este caso, hemos decidido contratar a dos empresas especializadas en el barro digital y les he exigido el máximo esfuerzo, sin reparar en costes —terminó la spin doctor .

La responsable de estrategia de medios convencionales añadió a su vez:

—Varios de nuestros amigos se han comprometido, al coste normal.

Con el resto no hay nada que hacer. Hablan de rigor, de ética en la información, de deontología y de esas tonterías que dicen los periodistas que van de serios, que por desgracia son demasiados.

Pero con nuestros amigos de siempre, ningún problema.

A Víctor Molinero no me ha costado nada convencerlo.

Odia a Kloster. No lo conoce, pero le cae antipático.

Dice que todo lo que sea con tal de hacerle daño al Gobierno.

Lo mismo vale para Gonzalo Onrubia y para Enriqueta Labadía.

Algunos medios, aunque nos faltan muchos, también se han subido a nuestro carro.

Ha bastado hablarles de una importante inversión publicitaria de nuestros clientes —concluyó Mariví Certales, a la que le gustaba vestir como si fuera prima hermana de la señorita Rottenmeier, entre monjil y amasado.

Y todavía añadió, feliz de poder contarlo—: Porque lo que nos hemos encontrado es que todos los nuestros le tienen ganas.

El resto, aún demasiados, hablan de verificar la información, se resisten a publicarlo y se ofenden cuando les hablas de una inversión publicitaria.

Y a poco que hagan ellos, los de la oposición se sumarán sin tener que invitarles ni a un Häagen-Dazs —concluyó, pronunciando la marca de helados jagendás , pues odiaba todos los idiomas extranjeros, patrios o allende fronteras.