10. Una lenta espera #5
Paul se puso en marcha a finales de febrero.
A partir de esas fechas, y hasta bien entrado julio de 2015, realizó compras sucesivas.
Sus operaciones no pasaron desapercibidas.
La evolución de algunos de sus nuevos monederos fueron pronto objeto de monitorización en los foros especializados.
El usuario «LoneStar1836», su antítesis en el criptomercado, había empezado a sospechar que el tiburón estaba volviendo a la carga.
Todo estalló dos semanas después; tras un error del propio Paul, localizaron su IP.
LoneStar1836: Creo que tu IP está en Mónaco, ¿no es así?
LibNAP1926: Como somos amigos te confesaré que vivo en el sur de Alemania, en Baviera.
LoneStar1836: Estás en Mónaco, igual que el especulador que andamos persiguiendo.
LibNAP1926: No soy ningún especulador.
LoneStar1836: Creo que eres el Tiburón.
Otros usuarios que acompañaban a «LoneStar1836» en el rastreo se sumaron a la conversación. Kloster se vio descubierto. Su perfil en la comunidad BitcoinTalk estaba quemado. No tardarían mucho en expulsarlo. Entonces contestó a «LoneStar1836».
LibNAP1926: No me llaméis solo Tiburón… Llamadme Tiburón blanco.
Entretanto, Kloster había seguido profundizando en sus investigaciones sobre las tecnologías más avanzadas y los descubrimientos científicos que comenzaban a hablar de una segunda revolución en el campo de la producción y el almacenamiento de electricidad fotovoltaica.
Un nombre le llevaba a otro, un artículo al siguiente.
Logró localizar una comunidad de expertos que compartían sus avances y sus ideas.
Ya no se trataba de buscar nuevos huertos solares cada vez más gigantescos, de localizar desiertos donde montar miles de placas solares, decían varios investigadores punteros, sino que se trataba de mejorar la productividad de cada centímetro cuadrado de cada una de las placas solares.
En diciembre de 2016, tal vez impulsado por un ataque de pura vanidad, un aspecto de su personalidad que hasta entonces no había sido capaz de detectar, consiguió entrar en la comunidad BitcoinTalk con un nuevo perfil, «Sunshine2735», pero esta vez con un objetivo distinto del anterior.
Desde su nuevo perfil escribió un largo mensaje público, referenciándolo a «LoneStar1836» y a otros dos lanzadores de alertas que se habían destacado en denunciarlo.
Sunshine2735: Hola, @LoneStar1836, @lifeisgoodjob, @bwxtooWall, seguro que no me habéis olvidado; de hecho, estoy viendo que habláis mucho de mí con la prensa…
Luego incluyó capturas de pantalla de extractos de algunas conversaciones privadas que había mantenido con cada uno de ellos en el pasado, desde los perfiles «ET77Free» y «LibNAP1926».
Así probaba, sin ningún lugar a dudas, que quien estaba detrás del mensaje era el mítico y misterioso escualo.
Resultaba peligroso, pero era divertido.
El siguiente paso fue añadir dos capturas más, la primera de 2012 y la segunda de 2015.
ET77Free: No me llaméis especulador… Llamadme Tiburón.
LibNAP1926: No me llaméis solo Tiburón… Llamadme Tiburón blanco.
Y el último paso fue dejar un nuevo mensaje dirigido a toda la comunidad.
Sunshine2735: No me llaméis simplemente Tiburón blanco… Sed realistas, a partir de ahora llamadme Megalodón…
Fue un auténtico bombazo para la comunidad. Un especulador les había tomado el pelo.
Durante 2017 y 2018 se produjo para el bitcoin la gran explosión de su valor, lo que permitió que se convirtiera en un término común en el lenguaje cotidiano.
Asimismo, a principios de 2017, sus pesquisas en la red le habían conducido finalmente hasta las dos personas más importantes en el campo de la renovación de la energía solar y del almacenamiento eléctrico en baterías.
Tras localizarlas, se puso en contacto con ellas y les habló de sus planes.
Sin decirles cómo, les contó que su sueño era financiar primero la investigación, y después el desarrollo industrial, de aquellas tecnologías que ambos estaban desarrollando en sus laboratorios.
El doctor Franz Reissenberg y la doctora Noriko Sakakivara-Watanabe comprendieron que Paul estaba dispuesto a realizar una fuerte inversión para construir uno de los laboratorios de energía solar fotovoltaica más avanzado del mundo.
Lo que no se esperaba Kloster, ni nadie, fue la imparable carrera ascendente del bitcoin durante ese año 2017.
Su cotización cerró en enero casi rozando los 1.
000 dólares. Un nivel que se consolidó al cierre de marzo, para asentarse en la cota de los 2.
000 dólares en julio. En septiembre superó los 3.
000 dólares, y a partir de ese momento fue una auténtica locura.
El 31 de diciembre de 2017, un bitcoin se cotizaba en 10.
859 dólares. Una apreciación brutal, sobre todo si se comparaba con los 21 centavos de dólar de principios de enero de 2011.
Nunca en la historia económica un activo había conocido una revalorización tan exponencial y, menos aún, en un periodo de tiempo tan corto.
Pero hasta el 2 de julio del año 2018 no hizo su primera operación.
Vendió 10.000 bítcoins a un precio de 2.
555 dólares. Al día siguiente, lo mismo, pero a un precio algo superior.
El 6 de julio vendió la misma cantidad a 2.
694 dólares. Había ingresado 78 millones con la venta de 30.
000 bítcoins. Lo suficiente para iniciar la fase preliminar de construcción del superlaboratorio.
Los 727.742 bítcoins que le quedaban valían entonces cerca de 2.000 millones de dólares. No era un simple especulador. Tampoco un inversor muy importante. Se trataba de mucho más que eso. Paul Kloster era el gigantesco tiburón de los océanos del criptomercado, el único: el Megalodón.
En el trimestre final del año el bitcoin alcanzó la mayoría de edad.
Kloster sentía que debía vender en las próximas semanas.
En septiembre creyó que podría hacerlo por encima de los 5.
000 dólares. El precio se disparó cuando el Banco de Japón anunció que aceptaría el bitcoin como forma de pago en la actividad de algunos comercios.
Un mes después el valor de la criptomoneda alcanzó cotas estratosféricas con el lanzamiento de los primeros contratos de futuros financieros.
Miguel Polo y Michael Seiffert tuvieron que esperar hasta diciembre. Entonces el Megalodón vendió sus monederos a un precio medio de 7.374 dólares. Sus 10.000 dólares de 2011 se habían convertido siete años después en 113 millones.
El despacho de Kloster, como el resto de la casa, daba al mar.
La luz entraba por los amplios ventanales.
En un espacioso escritorio circular tenía tres PC con monitores de 24 pulgadas conectados a dos impresoras y una trituradora de papel pegada a uno de los lados.
Enfrente, una mesa de juntas y cuatro sillas de respaldo alto y reposabrazos que se desplazaban entre una y otra mesa.
Dos pantallas de televisión de 75 pulgadas y una pizarra blanca magnética de dos metros de ancho —las tres sobre base rodante— conferían al espacio un aspecto desordenado.
Completaban el mobiliario dos estanterías llenas de libros y documentos, una nevera y un gran sofá cama, que era donde dormía en esa época.
Como única decoración, dos pósters de gran tamaño, reproducciones de alta calidad de dos cuadros, uno de Gauguin y otro de Van Gogh.
El primero era una copia de ¿De dónde venimos?
¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? y el segundo, una reproducción de La noche estrellada .
El de Gauguin le inspiraba, le hacía reflexionar sobre el destino…
El otro le atormentaba, aunque estaba hipnotizado por la magia de sus trazos obsesivos.
En ocasiones ponía las imágenes de estas dos obras maestras en las pantallas de las televisiones.
El 4 de enero de 2018 el gran tiburón de los criptoocéanos se retiró a sus cuarteles de invierno.
Había completado la venta de 250.000 bítcoins a un precio medio de 8.
753 dólares, con lo que se embolsó 2.188 millones netos (seguía sin pagar impuestos).
Le quedaban aún 477.742 bítcoins en su poder, almacenados en frío.
Pasaba a una nueva etapa. Empezaba su gran proyecto de vida.
Con mucha suerte, mucho esfuerzo y mucho dinero…
, su sueño de acabar con los combustibles fósiles podía hacerse realidad.