El vuelo de los gansos 10. Una lenta espera #3
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10. Una lenta espera #3

Es posible que en ese periodo perdiese un poco el norte.

La soledad le estaba afectando. Los escasos vecinos que se cruzaban con él, de tarde en tarde, cuando paseaba a Peter y a Max, debían de pensar que era un hombre desequilibrado.

Tan pronto contestaba a sus saludos como no lo hacía.

En muchas ocasiones mostraba un aspecto desaliñado.

A veces se afeitaba y otras no. Podía estar varios días sin hacerlo y era frecuente verlo hablando a solas mientras paseaba.

Quienes realmente se preocuparon seriamente por su estado mental fueron sus padres y sus dos grandes amigos.

Geneviève Duchesne, su exmujer, alentada por su madre, incluso se planteó iniciar un proceso en los tribunales de Justicia para impedirle ver en solitario a sus dos hijos o incluso prohibir sus visitas.

Ambas, la exesposa y la exsuegra, notaban en sus viajes a París que había algo extraño en la mirada de Paul y sospecharon que a lo mejor había caído en alguna peligrosa adicción.

Miguel Polo y Michael Seiffert decidieron que debían hablar con él antes de que fuese tarde.

Temían que su amigo hubiese iniciado un camino sin retorno hacia ninguna parte.

Aprovecharon uno de sus viajes a Barcelona para acercarse en abril a la ciudad condal.

Esa noche, cuando los tres estaban en una mesa algo apartada en el restaurante japonés Yashima, que Michael había elegido, Paul les explicó su plan.

Los dos amigos escuchaban atónitos, y lo que oyeron les pareció la fantasía de un chiflado.

Le dejaron hablar, y cuando Paul acabó de contarles su sueño de la moneda digital, Miguel, un experimentado jurista, expuso la primera objeción.

—Esto que explicas puede ser ilegal. Si se consolidase, sería una vía perfecta para blanquear capitales.

La segunda objeción vino de Michael, a quien, como banquero muy bregado, le pareció un sacrilegio oír hablar de una moneda virtual sin ningún control por parte de los supervisores financieros.

—Solo los bancos centrales tienen la potestad de emitir dinero de curso legal.

Esto que tú dices atenta contra el sistema internacional de pagos.

Y sabes que, con su influencia, el sistema legal creará fórmulas que condenen esa actividad al universo de las mafias.

Nada más. Puede que crezca, como crece el contrabando de cocaína, pero siempre será un submundo.

Paul mostró su desacuerdo:

—Pues siento disentir, amigos. Tengo razón. Os falta perspectiva.

A su regreso a la casita de la Camarga, necesitaba estar conectado en todo momento y seguir de cerca su loca apuesta.

Tras varios días inmerso en esa rutina, el 22 de mayo de 2010 sucedió algo que le inundó de un entusiasmo desbordante.

Fue con ocasión del Bitcoin Pizza Day. Cinco días antes, desde su nick «laszlo» en el foro BitcoinTalk, el programador estadounidense Laszlo Hanyecz ofreció 10.

000 bítcoins a quien le hiciera llegar dos pizzas Supreme de la franquicia Papa John’s.

Jeremy Sturdivant, usuario «jercos» del mismo subreddit, respondió desde Florida y compró las dos pizzas solicitadas.

A cambio de ellas laszlo le entregó los 10.

000 bítcoins. Se trataba de un hito porque era la primera vez que se admitía el pago en criptomonedas por la compra de un bien que se podía adquirir por 40 dólares.

Al enterarse, Paul entró en un estado de gran excitación.

Supo que estaba en la buena senda. «Solo necesito tiempo y no perder el foco.

Ahora debo comprar todos los bítcoins que salgan en oferta y hacerlo sin quemar mis perfiles.

Ya tenemos un primer precio real: 0,003 dólares por bitcoin», pensó, seguro de sí mismo.

Acto seguido llamó a sus dos amigos del alma para explicarles el acontecimiento. Los dos fueron muy cuidadosos y evitaron herir sus sentimientos. Ninguno le dio importancia. En el gran mundo de las finanzas ortodoxas y tradicionales, las criptomonedas no despertaban ningún interés.

En pocos días Paul aumentó su cartera de bítcoins.

Gota a gota, en contacto directo con los usuarios de distintos foros y pagando a través de PayPal, fue comprando unidades.

Construyó varios monederos distintos. Se trataba de pasar siempre desapercibido.

Al ser los wallets públicos, aunque no lo fuese la identidad de su propietario, se organizó de modo que ninguna de sus carteras llamara la atención por acumular demasiadas cantidades.

En aquellos tiempos la criptocomunidad la integraban muchos románticos y soñadores.

No era un mar de tiburones, sino de personas que buscaban el ideal de una economía más libre, descentralizada en nodos y no dominada por los grandes poderes tradicionales.

Paul era una excepción. Se trataba de un escualo en toda regla que solo necesitaba que la piscina se convirtiese en un océano para depredar sin piedad.

Siempre enfundado en su piel de cordero, interactuaba en los foros desde los múltiples perfiles que había construido pidiendo consejo sobre cómo mejorar las prestaciones de sus CPU.

En una ocasión lo hizo directamente con Laszlo Hanyecz, desde su perfil «ET77Free» en BitcoinTalk.

No cesaba de reaccionar a los comentarios de los usuarios más activos, lo hacía con comentarios positivos no muy profundos.

Una de sus interactuaciones más destacadas fue un mensaje que tuvo una buena acogida en la comunidad.

ET77Free: Tengo dos hijos de tres y cuatro años y estamos esperando un tercero.

Mi esposa está muy preocupada. Quiere que nuestros niños vayan a la universidad y teme que no podamos costearlo.

Le he dicho que compraré bítcoins y que dentro de unos años tendrán el valor suficiente como para podernos permitir que nuestros hijos reciban una buena educación.

Quiero comprar bítcoins y guardarlos en un congelador hasta que crezcan. ¿Alguno de vosotros me puede ayudar?

Y varios foreros cayeron en su trampa. A finales de julio de 2010 había conseguido aumentar sus wallets con 42.

000 criptomonedas a un precio medio de 0,02 centavos de dólar por unidad.

Pagó en total 840 dólares por este tesoro.

Cuando consideró que ya había exprimido demasiado la historia de los niños universitarios se retiró, no sin agradecer a todos los que habían interactuado con él.

El mercado de criptomonedas conoció por esas fechas su primer gran impulso.

En julio, en el breve espacio de cinco días, el precio del bitcoin se multiplicó por diez, desde 0,008 centavos a 0,08.

Pocos activos financieros han tenido en la historia un comportamiento tan espectacular.

Y esto era solo el inicio de una carrera desbordante.

«ET77Free» se retiró del mercado por no poder aguantar el aumento de los precios.

Al mismo tiempo los perfiles de Paul en r/bitcoin, r/libertarian y r/anarchism desarrollaron una intensa actividad en busca de las preciadas anotaciones.

En lugar del padre preocupado por los futuros estudios de sus hijos, fingió ser un libertario desregulador que quería acabar con el poder de los perversos bancos centrales y de los estados.

Acaparar el máximo de criptomonedas era su único foco. Hacerlo de forma discreta, su estrategia. Era un proceso lento que exigía medir los pasos. «ET77Free» no volvió a realizar ninguna compra en todo el año.

Ese año no viajó ni a París ni a Barcelona.

El día de Navidad fue muy triste. Le quedaban 52.

500 euros en su cuenta corriente. Pero tenía 275.

300 bítcoins repartidos en distintos monederos que valían 71.

578 dólares a 0,26 centavos por unidad. Probablemente, después de Satoshi Nakamoto o de la nebulosa que se escondía detrás de ese seudónimo, Paul Kloster era al acabar 2010 el segundo mayor poseedor de anotaciones en toda la criptocomunidad mundial, en torno al 3 por ciento del total en circulación.

El mercado del bitcoin empezaba a despertar en 2011. Su cotización seguía aumentando.

A finales de febrero, poco antes de que la cotización alcanzase la paridad con el dólar, tomó la decisión de pedir dinero prestado a sus padres y a sus dos amigos.

Lo primero que logró fue la ayuda de sus padres, que le dejaron todo lo que soñaba conseguir: los 100.

000 dólares que precisaba para ampliar su apuesta.

Aun así, decidió llamar a sus dos amigos.

Pero ya no quería pedirles dinero, sino convencerles de que invirtiesen.

Tras hablarlo entre ellos decidieron destinar 10. 000 dólares cada uno a esa locura .

Por esas fechas el intercambio de bítcoins, en su caso solo de compra, era un trabajo artesanal.

Solo existía una plaza de negociación como tal, Mt.

Gox, que concentraba la mayor parte de la operativa mundial.

Además, era necesario hacer las adquisiciones con suma discreción.

La criptocomunidad se mostraría muy hostil ante la aparición de un megainversor y Paul concentraba cerca de una décima parte de las monedas virtuales en circulación.

El bitcoin alcanzó la paridad con el dólar el 14 de marzo de 2011.

Los 10.000 dólares iniciales de los dos amigos equivalían a 15.

385, lo que suponía una ganancia del 54 por ciento.

Lo que sobrevino a continuación fue un auténtico disparate, lo imposible convertido en realidad palpable.

A finales de mayo sus criptomonedas valían 46.

155 dólares —a tres dólares el bitcoin— y al acabar junio las respectivas carteras de criptomonedas de Michael Seiffert y Miguel Polo valían 169.

235 dólares cada una, al cotizarse el bitcoin a once dólares.

En julio de 2011 vendió 200.000 bítcoins a un precio medio de catorce dólares. Obtuvo 2,8 millones de dólares. A finales de mes dejó su refugio de la Camarga para instalarse con sus perros en el Principado de Andorra y darse de alta como residente en ese país.