El vuelo de los gansos 10. Una lenta espera #2
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10. Una lenta espera #2

Pronto entendió el funcionamiento básico de una red P2P ( peer-to-peer ).

También el del proyecto de código abierto creado por una o varias personas que se ocultaban bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto, lo que sería la base del bitcoin.

Supo que el desarrollo de esta criptomoneda estaba alojado en SourceForge, una plataforma web que proporcionaba servicios de desarrollo de software de código abierto.

A finales de octubre de 2009 ya disponía de una CPU con una capacidad de procesamiento ( hashrate ) situada en un rango de 1-5 MH/s (megahashes por segundo) destinada exclusivamente a minar bítcoins.

Para conectarse contaba con una simple conexión ADSL, cuya velocidad de descarga, en los mejores casos, alcanzaba los 2 Mbps (megabits por segundo) y que de subida nunca superaba los 512 kpbs (kilobits por segundo).

En esas fechas la competencia para encontrar bloques era mínima, pero, aun así, con esta instalación conseguía minar lo que se conoce como un bloque, un conjunto de transacciones agrupadas que se añaden a la cadena de bloques ( blockchain ).

La recompensa por bloque minado era de 50 bítcoins en aquellos momentos.

Con suerte, sin problemas de conexión a la red o de suministro eléctrico, obtenía un bloque cada tres o cuatro días.

En diciembre aumentó su apuesta instalando una segunda CPU.

Con este proceso al finalizar 2009 tenía 1. 800 bítcoins.

Pese a su esfuerzo y pericia, era consciente de que su pequeña fábrica de criptomonedas no sería suficiente para conseguir sus objetivos, que en ese momento ya tenía bien claros: hacerse rico.

Darle en las narices a Geneviève con una fortuna enorme, de las que imponen respeto.

Recuperar así a sus hijos. Porque, de repente, era su sueño.

En su refugio, en silencio, el anacoreta seguía soñando con su El Dorado particular.

Paul Kloster estaba convencido del potencial de aquel nuevo fenómeno, el dinero en forma digital, y enseguida se convirtió en una actividad que consumía su tiempo y sus recursos económicos.

Creó varios perfiles en distintos subreddits y, sobre todo, entró a formar parte de BitcoinTalk, el foro en línea creado por quien o quienes estaban detrás de Satoshi Nakamoto.

Era la única manera de acercarse a la comunidad de aquellos locos, de ideología anarcolibertaria, que estaban impulsando el germen de lo que pocos años después acabaría siendo el activo financiero con mayor revalorización de toda la historia económica.

Él lo intuyó, seguramente porque no tenía otro clavo ardiendo al que agarrarse, como les dijo años más tarde a sus dos amigos, Miguel y Michael.

En las comunidades virtuales en las que estaba inscrito en aquellos inicios, nadie hablaba de hacerse rico.

Solo de la utopía de crear una moneda anónima y descentralizada, independiente de los bancos centrales y de los gobiernos.

Las conversaciones de los foros mezclaban una ideología criptoanárquica con otra de tipo ultraliberal en sentido desregulador, y la creencia de que una sociedad digital permitiría superar los corsés de los poderes fácticos de la vieja y periclitada sociedad analógica.

Desarrollar nuevos códigos de programación cada vez más eficaces y compartir los conocimientos de forma altruista eran dos de las premisas que impulsaban a los pioneros del universo cripto.

Kloster, consciente de ser un extraño en ese mundo, se mantenía en un discreto segundo plano.

Era un lobo con piel de cordero que se estaba infiltrando en una sociedad de visionarios altruistas que defendían la idea romántica y casi pueril de una revolución económica digital; sin embargo, a él le movía su instinto de especulador y su afán por forrarse. Esa era la palabra.

A finales de año, los gansos ya habían vuelto a la Camarga y observarlos se convirtió en su pasatiempo favorito.

Y, aparte de los breves viajes a París para ver a sus hijos, si le dejaban, sus únicas relaciones con el mundo eran las conversaciones telefónicas semanales con sus padres y las llamadas que recibía de sus dos fieles amigos, Miguel Polo y Michael Seiffert.

Poco antes de las Navidades recibió una llamada de este último. Inicialmente no respondió. Pero ante la insistencia de su amigo finalmente cogió el teléfono.

—¿Qué haces, ermitaño? —preguntó el alemán.

—Cuidar de mis perros y ellos de mí.

—¿Haces algo más?

—Algunas operaciones.

—¿De qué tipo, con cuánto dinero? —se interesó Michael extrañado.

—Nada, solo era una broma. ¡Has picado!

Al colgar, recordando la cantidad de dinero real que se jugaba en las bolsas del mundo, se hundió.

¿Quién era él, y qué iba a hacer si no tenía nada?

« I’m a has-been », se dijo. Pero, en su desesperación, rumiando en soledad su desgracia, siguió aferrándose a una palabra mágica: bitcoin.

Él había sido, sí, un trader muy listo y muy intuitivo. «Volveré», se decía en voz baja.

Durante 2010, el segundo año de su retiro autoimpuesto en la Camarga, Paul Kloster mantuvo sus hábitos.

Poco contacto con el exterior, ninguna compañía aparte de sus dos jóvenes perros, uno de cuatro kilos de peso y el otro ya de más de treinta; y él centrado en su obsesión: enriquecerse, pero de verdad. Con el bitcoin, claro.

Había veces que salía y se distraía con el avistamiento de los gansos que, hasta finales de marzo o principios de abril, disfrutaban de su retiro invernal en las aguas de las marismas mediterráneas.

Un paraíso de soledad que estaba condenado a desaparecer por la sequía fruto del cambio climático, y con él la vida de esos animales.

En el Mediterráneo, algunos cambios eran pequeños, aunque terribles.

Pero a medio plazo, acabaría sucediendo lo inevitable: la desaparición de todas las marismas costeras como consecuencia de la subida imparable del nivel del mar.

Que toda esa belleza y toda esa vida salvaje estuviera condenada a desaparecer, y que la causa principal de ese desastre fuera la actividad humana y sobre todo el uso de combustibles fósiles y la fabricación de los plásticos y demás derivados del petróleo… le sacaba de quicio.

Fue por entonces cuando, en una ocasión, esas dos obsesiones dejaron de correr por vías paralelas.

Había salido como todos los días a pasear con los perros.

Esa vez prefirió usar una vieja bicicleta para ir más lejos, sin que eso molestara en absoluto a sus acompañantes.

En una orilla de la marisma había una caseta de pescador, una construcción de ladrillo encalado y tejas rojas de apenas veinte metros cuadrados cuyo propietario parecía utilizar solo de vez en cuando, pues no aparentaba un uso regular y estaba algo descuidada.

Se sentó contra la pared que daba a la laguna.

El mar, de apenas dos palmos de profundidad y en parte estancado, olía mucho a sal.

El sol arrancaba brillos rítmicos debido a la vibración que la leve brisa producía en la superficie.

Alzó la vista y, sobre el madero que hacía las veces de travesaño sobre un par de postes cuadrados, vio unas figuritas.

Eran los enanitos del cuento de Blancanieves , dispuestos en fila como si estuvieran yendo a trabajar, dejando la caseta a sus espaldas.

Algún niño de muy corta edad y estatura los había ido poniendo así, muy ordenados, tal vez mientras su padre pescaba, y al irse los dejó olvidados como huella de una presencia humana que no alteraba las cosas.

Se acordó de sus hijos, de lo poco que los veía.

Y no pudo evitar que todo aquello le conmoviese, tanto que quiso borrar ese recuerdo de su imagen.

Bruscamente, tiró los muñequitos al suelo de un manotazo.

Enseguida se vio a sí mismo como un monstruo más, alguien capaz de destruir algo bello.

Y ahí tomó la decisión. Haría todo lo necesario para convertirse en millonario.

Había entendido muy bien tanto el bitcoin como sus potencialidades de evolución, gracias a lo cual, estaba seguro, acabaría haciéndose tremendamente rico.

Pero, además, una vez obtenida esta riqueza inmensa, usaría buena parte de su fortuna para poner remedio a la muerte de las marismas, a la desaparición de los gansos salvajes, a la llegada de una forma de habitar la tierra que impediría que algún día un niño pudiera construir un mundo imaginario en el que los enanitos pudiesen ir contentos a trabajar.

En la primera mitad de 2010, la dificultad de minado era superior a la de finales de 2009.

Con sus dos CPU conseguía, en el mejor de los casos, un bloque cada dos días.

El equivalente a 100 bítcoins. No tardó en comprender que, con su precaria instalación informática, la cantidad que podría minar era muy limitada y resultaría insuficiente para lograr sus objetivos.

Debía comprar esas monedas, pero en ese momento histórico no existía un mercado organizado donde comprar o vender bítcoins.

Solo podía participar en intercambios entre iniciados y, en volumen, estas adquisiciones eran muy anecdóticas y basadas en la complicidad o la confianza entre los miembros de la criptocomunidad.

Además, no le interesaba intercambiar nada.

Solo quería hacer acopio. Y no podía mostrar sus intenciones reales en el reducido mundo de los fans de la naciente moneda digital.

Lo señalarían de inmediato y se convertiría en persona non grata en la pequeña criptocomunidad.

Tampoco había forma de saber cuál era el valor real de las anotaciones.

El proceso de formación de precios era inexistente.