10. Una lenta espera
Una lenta espera
La Camarga (departamento de Le Gard, Francia),
A comienzos de marzo la Camarga era un lugar desapacible, sobre todo cuando soplaba el mistral, como esa tarde que pronto sería noche.
Cada día, desde su reciente llegada, Paul buscaba la tranquilidad perdida en aquel sitio inhóspito.
Peter, un bichón maltés de unos dos años, y Max, un labrador incansable, de una edad algo mayor que la del otro perro, habían sido un regalo inesperado del destino.
Cuando pasó con su viejo Range Rover delante de un cartel donde buscaban personas que quisieran apadrinar perros perdidos, se detuvo sin pensar en lo que hacía.
Un impulso le condujo a quedarse con esos dos perros que nadie quería porque no eran cachorros.
Mientras estaba plantado frente al terreno vallado donde los guardaban, ellos dos se acercaron y se sentaron ante él, en una actitud atenta que le arrancó, inesperadamente, una sonrisa.
—Me los quedo —dijo—. Los dos.
En medio de la desolación incurable que le afectaba, aquellos dos animales cariñosos y animados, siempre dispuestos a andar sueltos por aquel terreno libre de seres humanos, acabaron siendo un consuelo para sus días eternos, sin nada que hacer, al comienzo de aquel extraño exilio.
Impulsado por la necesidad de alejarse de sus fracasos, el financiero y el personal, decidió sin saber por qué razón instalarse en uno de los lugares más despoblados de Francia.
Necesitaba empezar de nuevo, liberar su cabeza de la depresión que le agobiaba.
Los perros serían buena compañía, le recordarían su infancia, que sí había sido feliz.
También pensó que en un futuro podría establecer a través de ellos complicidad con sus hijos, aún muy pequeños.
Una tarde, cuando ya llevaba varias semanas de exilio, entró en el cobertizo que hacía las veces de garaje, dejó que los perros subieran al asiento trasero, arrancó y salió sin saber ni preguntarse a dónde iba.
Al pasar junto a un muelle cerca de Le Sambuc, se fijó en el viejo que alquilaba embarcaciones en verano.
Quince minutos más tarde, con la compañía de sus dos perros, el barco de remos se fue adentrando lentamente en la laguna.
Los perros gimoteaban, inquietos por el oleaje provocado por las rachas del mistral.
El viento daba golpes de salitre al rostro de Paul, cuyos ojos denotaban una rara determinación.
Dejó de remar y se quitó la camiseta y el pantalón. Un cinturón de buceo cubría una parte de la cintura, desnudo el resto del cuerpo. Se puso en pie, sosteniéndose en un equilibro muy inestable.
—A la mierda —dijo. Y de un salto se zambulló en el agua.
El peso del plomo le ayudaría. Empezó a hundirse, más lento de lo que él deseaba.
No había necesitado decidirlo. No lo pensó, pero quería acabar con todo.
De golpe. Mientras su cuerpo se sumergía lentamente, oyó un chapoteo a su lado.
El labrador nadaba muy bien, convencido de que aquel era un nuevo juego.
Se zambulló en busca del hombre que le había dado de comer.
Paul Kloster apartó al perro dándole un mal golpe en las costillas, y oyó los ladridos llorosos del pequeño Peter, al que no le había gustado nada quedarse solo en el bote. Su cuerpo siguió hundiéndose.
De repente, vio la cara de Max delante de la suya y no pudo más. Soltó el cinturón de buceo, salió a superficie y nadó con fuerza hacia el bote, perseguido por Max y saludado por Peter, que al verle acercarse comenzó a cambiar el tono de sus ladridos, ahora de júbilo.
—No, no es eso. No lo es —dijo en voz alta mientras se encaramaba al bote y trataba de librarse del alborozo de Peter—. No es eso.
Tiritaba de frío. Colocó los remos en sus encajes, ayudó a subir a bordo a Max —no sin grandes esfuerzos para no volcar el bote—, consiguió que los dos perros obedecieran su persistente orden de que se sentaran y comenzó a remar de regreso a la orilla.
Exhausto, amarró el bote y por vez primera se dio cuenta de que iba desnudo.
Nadie podía verle. Volvió a su casita en el viejo Range Rover.
A casa. Porque tenía mucho que hacer, pensó viendo un par de gansos amerizando en las aguas rizadas de la laguna interminable.
No era eso y a partir de ese día nunca lo volvería a ser.
Se había salvado de sí mismo. Y, aunque no sabía qué era lo que quería, había aprendido que, fuera lo que fuese, no se trataba de eso.
Puede que su situación le resultara desesperante, pero Peter y Max querían estar con él.
Quizá él deseara volver al mundo algún día.
Miró a sus dos compañeros y les dijo:
—Os quiero, perritos. Sabed que os estoy cuidando para que conozcáis a mis hijos. Ellos os cuidarán mucho mejor que yo y os querrán con locura. Entonces tendréis una vida feliz. Gracias por acompañarme.
Abrió la puerta de la verja que circundaba el jardín de la modesta casita alquilada en la que se alojaba desde hacía unas semanas.
Metió el coche en el cobertizo y entró en la vivienda a través de la cocina, que era también el comedor y el salón.
Se trataba de la estancia más amplia de su residencia, que solo disponía, además, de un dormitorio y un cuarto de baño.
En este espacio de ochenta metros cuadrados, situado en plena Camarga, muy cerca del estanque de Scamandre y algo menos del de Vaccarès, reinició una vida rodeada de sus fantasmas interiores. Prácticamente arruinado, cavilaba, día y noche, en torno a su colección de fracasos.
Todas las puertas profesionales se le habían cerrado.
Nadie en la industria financiera quería saber de él.
Nadie excepto Hilda Tournier. Ella sintió mucho la caída a los infiernos de su antiguo pupilo y de tarde en tarde se ponía en contacto con él, y le preguntaba por mail acerca de su estado de ánimo, aunque él no siempre contestaba.
A Paul le quedaban en realidad dos amigos, los únicos que habían permanecido a su lado tras el desastre profesional y personal y que se preocupaban realmente por su situación.
El español Miguel Polo y el alemán Michael Seiffert.
Para el resto de sus antiguas amistades, que demostraron no serlo, no era más que un apestado.
Sentado en una vieja butaca, con la única compañía de sus perros, se pasaba las horas tratando de buscar una salida a su encrucijada personal.
Apenas le quedaba una modesta cartera invertida en valores bursátiles con suerte dispar.
No es lo mismo operar con activos financieros cuando estás en el centro de la información que hacerlo en solitario con pequeñas cantidades y sin más datos que los de dominio público.
Por este camino, se decía a sí mismo, sería muy difícil, sino imposible, salir del pozo sin fondo en el que estaba metido.
Solo encontraba la paz cuando recorría los caminos naturales que circundan los estanques vecinos, en cuyas aguas saladas conseguía avistar las bandadas de gansos, la razón por la que se había refugiado en la Camarga.
Marzo era el mes en el que los gansos apuraban sus últimos días en los humedales de la Camarga antes de iniciar su migración anual hacia sus áreas de reproducción en Finlandia, Suecia, Noruega o Rusia.
No volverían hasta la llegada del otoño.
Mientras los observaba con sus prismáticos, le venían a la cabeza las palabras del naturalista:
Un ganso en migración se la juega a través de trescientos kilómetros de noche cerrada… Su llegada está impregnada del convencimiento de un profeta que ha quemado todos los puentes.
Con la primavera a punto de llegar y los gansos salvajes preparándose para su peregrinación anual, Kloster escrutaba sus movimientos en el agua a la vez que se deleitaba de sus graznidos «profundos y torácicos», tal y como los definía su admirado Leopold.
Eran los únicos momentos en que los encontraba algo parecido a una paz interior.
De repente, comenzó a hacer pequeñas operaciones en bolsa, unas con beneficios y otras con pérdidas.
Escrutaba todo lo que estaba a su alcance y fue así como entró en las comunidades del mundo Reddit.
Primero empezó con los canales económicos y financieros como r/Business o r/Economics. Era un juego. También una exploración.
Abrió perfiles en distintas comunidades. Apenas participaba con comentarios, pero leía todo lo que estaba a su alcance. Así horas y horas, sin importar que fuese de día o de noche. Solo rompía esta rutina para dar un par de paseos diarios, al amanecer y al anochecer, con sus dos perros.
Fue a principios de mayo cuando un comentario en r/Business le llamó poderosamente la atención.
El usuario llamado «ef4» publicó un post sobre la posibilidad de crear una moneda digital: «La criptografía para respaldar algo así ya existe desde hace mucho tiempo.
La parte más difícil es diseñar un sistema con incentivos económicos que funcione… ».
Al leerlo, una especie de corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo, y empezó a darle vueltas a la idea de una moneda virtual.
La sociedad digital ya estaba muy desarrollada, formaba parte de nuestro día a día en todos los aspectos de la vida, salvo en uno.
No existía una moneda digital. Pero acabaría existiendo —se dijo—, lo vio con claridad.
Y supo que si conseguía situarse en primera línea cuando apareciese esa moneda soñada…
sería una oportunidad. Una oportunidad de oro metafórico, pero de dinero real.
Así fue como inmediatamente entró en su léxico una palabra para él mágica: «bitcoin». Ese vocablo de siete letras se convirtió en un mantra que repetía mentalmente de forma constante como sistema de automotivación. Dinero digital…