9. Paul Kloster descenso a los infiernos
Paul Kloster: descenso a los infiernos
Querido Paul:
Esta es la carta más difícil que he escrito en toda mi vida.
Estoy profundamente enamorada de ti. Nunca lo había estado de ningún otro hombre antes de conocerte.
Contigo creí ser completamente feliz. Confiaba ciegamente en ti y siempre soñé que nuestra relación era indestructible, que nada ni nadie se interpondría entre nosotros.
Qué equivocada estaba. Mi madre me advirtió de tu egoísmo.
No quise escucharla. No entendí nada cuando esa terrible noche, ya de madrugada, recibí una llamada en la que me avisaban de que estabas internado en las urgencias del Hôtel-Dieu.
Lo que yo creía saber era que te encontrabas en Londres, o al menos era lo que me habías dicho.
Negué la evidencia, pensé que me había confundido y salí corriendo.
Recuerdo muy bien que me sentí aterrorizada por lo que te hubiera podido pasar, pero también desconcertada por el hecho de que no estuvieras donde me dijiste que ibas a estar.
Me habías mentido, o tal vez había ocurrido algún hecho que te hizo regresar a París.
Y si fue así, ¿no habías tenido tiempo de avisarme?
Fui al hospital lo más rápido que pude. Me sentía tan desesperada por si tu vida corría peligro.
Me sentía tan desconcertada… Temía perderte.
Lo que me encontré allí fue peor que la más horrible de mis pesadillas.
Estabas grave. Te encontrabas, efectivamente, en París cuando habías dicho que te ibas a Londres.
Y el accidente… ¿Quién era la otra víctima, esa mujer que yacía también malherida en el compartimento contiguo de urgencias?
Enseguida llegó su marido, tan extrañado como yo por las circunstancias de aquel accidente grave de coche.
¿Cómo era posible que mi marido hubiese tenido un accidente yendo en un coche con una mujer casada con otro?
Quedé en estado de shock. Al principio no reaccioné.
Estabas dolorido y tendido en la camilla, ningún médico me dijo nada, solo te vi allí, sufriendo, inconsciente, y tomé tu mano para darte fuerzas.
Luego el médico me dio el parte: grave, pero no era una situación de muerte.
La mirada se me iba desde tu rostro tenso de dolor hacia el marido de aquella mujer tan malherida como tú, en un accidente que habíais tenido juntos, en París, en plena noche, solos vosotros dos.
¿A dónde ibais? ¿Quién era ella? ¿Acababas de conocerla o se trataba de una relación antigua?
¿Quién era tu amante? ¿Sería esa la primera vez que me mentías o habrías salido con otras mujeres?
Ella estaba peor que tú. Al acercársele, el marido lloró en silencio.
Noté que, desconcertado como yo, seguramente estaba atando cabos.
Me miraba a hurtadillas, con asombro y dolor.
Al cabo de una hora llegaron los auxiliares de una ambulancia, parecía que él había decidido llevársela a otra clínica.
Me pregunté poco a poco, Paul, quién eras tú en realidad.
Si eras el hombre al que yo amaba, aquel con el que había tenido a mis hijos, con el que había vivido un matrimonio aceptablemente feliz y muy unido…
, o un perfecto desconocido que no me respetaba, que estaba llevando tal vez una doble vida a mis espaldas.
Ni siquiera habías tenido el coraje de decírmelo, de pedirme con sinceridad que lo aceptara o que te enviara al infierno por traicionarme secretamente.
¡Eras un cobarde y un traidor! ¿O me estaba precipitando?
Y luego volvía al principio, ¿qué hacías tú a la una de la madrugada yendo en coche con otra mujer cuyo marido tampoco sabía que ella estaba contigo?
¿Veníais de la cama o ibais a acostaros cuando el coche chocó?
No sabes cuántas noches he revivido esa misma pesadilla, una noche y otra y otra más.
Incluso ahora, cuando ya está todo claro, cuando sé que fue una traición más de entre muchas.
Cuando sé que tu infidelidad es una constante.
Una vez que empezaste a salir del coma inicial, durante mis visitas al hospital, tu mirada nunca se encontraba con la mía.
Me rehuías. No te pregunté nada. Esperé a que tú hablaras.
No intuías que yo me había enterado de lo ocurrido aquella noche, porque cuando su marido se llevó a su mujer, tú no habías recuperado la conciencia.
E ignorando que yo ya lo sabía, te delataste.
Supe que habías mentido y que, como seguías mintiendo tras el accidente, era fácil deducir que llevabas años haciéndolo.
Saqué fuerzas de donde no las tenía. Pensé en nuestros dos hijos.
No se merecían lo que estaba pasando. Ellos necesitan una familia y un hogar estable, pero tú lo has hecho imposible.
He perdido toda la confianza en ti. No puedo seguir viviendo contigo.
Nuestro matrimonio ha terminado. Voy a presentar una demanda de divorcio esta misma semana.
Y seré yo la que más sufra por esta separación que no he buscado.
Y nuestros hijos serán los siguientes, porque no me gustaría que los vieses demasiado a menudo, no te los mereces.
Paul, mi amor, mi traidor. Déjame vivir mi vida, aunque sé que ya no será vida.
G ENEVIÈVE
Paul Kloster leyó y releyó varias veces esta carta con los ojos humedecidos.
No quería perder a su mujer, ni tampoco alejarse de sus hijos.
Buscó una vía de escape al callejón sin salida en el que se encontraba.
Sabía que Geneviève era una persona muy determinada, cuando tomaba una decisión resultaba totalmente imposible convencerla para que pensara de otra manera.
Acababa de salir del hospital. Aún le costaba respirar y tenía muchas magulladuras, un vendaje torácico para proteger dos costillas rotas y el brazo izquierdo inmovilizado con un cabestrillo; además de un dolor permanente en la nuca y ciertos problemas de equilibrio al ponerse en pie.
Y, sobre todo, un pésimo ánimo que le provocaba un sufrimiento como no había tenido que padecer en su vida.
Porque si Geneviève estaba rota, también lo estaba él.
Enfrentado ahora a lo que había sido realmente su vida: una sarta de mentiras que su éxito social y profesional no podían remediar.
Desde que llegó a casa, una vez obtenido el alta, ella no le había dirigido la palabra, salvo para decirle que no dormirían juntos y que se instalase en otro cuarto del palacete en el que vivían.
Así estuvo dos días y dos noches. Ni él había dicho nada respecto a lo de la otra mujer, ni su esposa le contaba lo que, tras leer la carta, Paul supo que ella había intuido desde el primer momento.
Las mentirijillas posteriores solo empeoraron la sospecha que en Geneviève había acabado siendo el convencimiento.
—No sé qué hacer. Creo que de esta no me salvo —se confiaba a su viejo amigo Miguel Polo.
—Intenta hablar con ella. Cuéntaselo todo, desde la primera hasta la última vez, bueno, si es que las recuerdas todas, que lo dudo.
Reconoce ante ti mismo primero que te has comportado como un animal.
Y cuando estés convencido de que ha sido así, solo entonces, pídele perdón.
Arrástrate. Haz lo que sea. No la pierdas.
Es una buena mujer y encima la adoras. Mírate cómo estás.
¿Crees que te sentirías tan mal si no la quisieras, amigo?
Estás hecho un trapo sucio, sabes que te has llenado de mierda hasta el cuello.
Si no te lo dices tú, déjame ser un amigo de verdad y que yo te lo cuente.
Y luego están tus hijos. También puedes perderlos. Y eso te volvería loco.
—No me dirige la palabra y me mira con asco y con rabia.
—Lógico. Ponte en su lugar. ¿Quieres que intente hablar con ella?
—No servirá de nada. Va a presentar una demanda de divorcio. Me ha pedido que me vaya de casa.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé. Creo que está todo perdido. Necesito un abogado matrimonialista —concluyó Paul.
—Y un buen psiquiatra. A veces me parece que, con toda tu brillantez, estás bastante chalado. ¿Cómo has podido pensar que nunca te iban a descubrir, que no se te notaría incluso en casa, y que cuando te descubrieran no iba a ser el final? ¿No conocías a Geneviève? Si hasta yo sabía cómo es…
Kloster llevaba varios meses manteniendo una relación clandestina con una mujer casada que vivía en París. No era un asunto de amor, tampoco una atracción fatal, simplemente un juego que ninguno de los dos pretendía que fuese más allá. Se citaban una o dos veces al mes.
En esa ocasión Paul fingió alargar su estancia semanal en Londres.
Quedaron a cenar en el reservado de un restaurante y después tomaron un taxi camino del hotel donde pasarían la noche.
En el trayecto, cuando circulaban por el boulevard de Magenta, una furgoneta se saltó un semáforo y chocó contra ellos.
Fue un accidente en el que el taxista se llevó la peor parte y sus pasajeros salieron algo mejor parados.
El coche recibió un impacto en la parte delantera izquierda que lo desplazó unos metros hasta chocar contra una berlina que circulaba en sentido contrario.
El impacto combinado provocó que el taxi acabase volcado de medio lado.
Todo sucedió en unos segundos. La discreción y el secreto de la cita entre los dos amantes saltó por los aires.
Unas semanas después, abrumado y desmoralizado, Paul salía del complejo palaciego del Tribunal de Justicia de París acompañado por su abogada.
Acababa de comparecer ante un juez de familia del Tribunal de Gran Instancia.
Allí se había celebrado la audiencia inicial de la demanda de divorcio presentada por Geneviève Duchesne.
No había ido nada bien. Los abogados de su mujer fueron implacables.
Mientras caminaba con su consejera legal por las calles estrechas y empedradas de la Île de la Cité, donde también estaba el hospital en el que había estado ingresado, le dijo desesperado a la abogada:
—Lo quiere todo, hijos, casas, efectivo, valores y una pensión.
—¿Y qué esperaba, señor Kloster? Su posición es muy débil.
El parte policial del accidente documenta indirectamente la infidelidad.
Esta se refuerza por la demanda de divorcio que ha pedido el marido de la otra parte.
Ya ha comprobado que los abogados de la señora Duchesne se han cuidado de informar al juez de lo que está pasando en otra sala judicial.
—¿Hasta dónde cree que pueden llegar?
—No hay capitulaciones matrimoniales. Tiene como mínimo derecho a la mitad del patrimonio conjunto.
Sus hijos son muy pequeños, la custodia se la darán a ella.
La pensión alimenticia será muy elevada.
Conseguirá el uso de la vivienda familiar, porque además usted vive parte de la semana en Londres.
Al final puede acabar pagando hasta las costas y sus gastos legales.
Lo mejor es que trate usted de llegar a un acuerdo con ella directamente.
—No quiere hablar conmigo —se quedó pensativo un instante—, pero lo intentaré.
—Le conviene. De lo contrario el proceso puede durar un año o más y su posición solo empeoraría.
El acuerdo llegó unas semanas después, una vez que consiguió reunirse con Geneviève en un breve y frío encuentro.
En él Paul cedió la propiedad de la residencia parisina y la mayor parte de su patrimonio en valores y efectivo.
Pactó a cambio un régimen de visitas amplio, una custodia compartida y no tener que abonar ninguna pensión alimenticia en el futuro.
Desde un punto de vista económico hizo muy mal negocio.
El final de este proceso coincidió con un momento de grandes tensiones para la gestora de fondos de la que era socio.
En agosto de ese año los mercados financieros globales sufrieron una convulsión.
Fue el principio de la crisis de las hipotecas de baja calidad o subprime .
Quebraron dos fondos de cobertura de un banco de inversión estadounidense y eso precipitó todo lo demás, una crisis financiera de enormes dimensiones y alcance global en la que fueron cayendo, como fichas de dominó, muchos bancos grandes, pequeños y medianos.
Paul había vivido hasta ese momento en una nebulosa.
Concentrado en su ruptura matrimonial, no prestó gran atención a los desafíos a los que se enfrentaba la gestora de la que era uno de los socios.
Pese a ser consciente de los grandes riesgos que asumieron con sus apuestas estratégicas, él y sus colegas —en un exceso de optimismo compartido por casi todo el sector— creyeron que el círculo virtuoso de crecimiento de la economía mundial se mantendría toda la década.
Los tres fondos de cobertura que manejaban estaban sobreinvertidos en bonos de alto riesgo.
Todo se vino abajo en pocas semanas. A principios de octubre ya no podían reembolsar las inversiones a sus clientes.
En diciembre la gestora de estos fondos entró en quiebra.
En pocos meses Kloster vio cómo su vida se iba a pique.
Divorciado, lejos de sus dos hijos y arruinado.
Todo de golpe. De la noche a la mañana se encontró sin familia, sin casa, con ahorros muy escasos y sin trabajo.
Su exmujer no quería saber nada de él, sus hijos eran muy pequeños para entender quién era ese hombre que de vez en cuando los visitaba y las puertas de la industria financiera se le habían cerrado definitivamente.
Solo, desmoralizado, cargó todas sus pertenencias en un Range Rover que ya pedía un recambio.
No quería mirar hacia atrás mientras su automóvil enfilaba la autoroute du Soleil (A6) en dirección a un pequeño pueblo de la Camarga.
Geneviève, sus hijos, su carrera profesional, todo estaba perdido.
Debía reconstruirse y no sabía cómo. No tenía a dónde ir ni nadie que fuera su refugio.
Incluso le pareció que sus amigos, salvo Michael Seiffert y Miguel Polo, no habían mostrado solidaridad con todos sus infortunios.
Aunque tal vez fuera él mismo quien había dejado de sentir compasión por aquel ser en que se había convertido. Un perdedor y un solitario.