El vuelo de los gansos 8. En la caverna de Markus
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8. En la caverna de Markus

En la caverna de Markus

San José (Costa Rica),

Poco antes de mediodía, un hombre de mediana estatura, aspecto de ejecutivo y pasaporte canadiense, franqueaba la aduana de la terminal de aviación general del aeropuerto Juan Santamaría de San José, en Costa Rica.

Era el único pasajero de un vuelo privado procedente de Cozumel, en el Yucatán mexicano.

Le esperaban dos personas, uno con aspecto de conductor y otro tan fornido que solo podía ser un guardaespaldas.

Estos dos hombres se hicieron cargo de su equipaje.

Los tres abordaron un Toyota Land Cruiser de color plata, que inmediatamente se puso en marcha y franqueó la cabina de peaje para entrar en la autopista General Cañas.

Sentado en la parte derecha trasera del todoterreno, Michel Gagnon permanecía en silencio.

Repasaba mentalmente los puntos de la reunión que iba a mantener con cuatro de sus colaboradores más inmediatos en la capital costarricense.

Se trataba de un encuentro operativo. Hacía una semana que Gagnon había cerrado uno de los contratos mejor remunerados de su carrera.

Ahora debía cumplir con el encargo de sus clientes y proceder con determinación.

Y para ello requería la colaboración de todo su equipo. La operación era de máximo secreto.

Media hora después, el vehículo circulaba por el céntrico paseo Colón de San José y entraba en el garaje de un edificio acristalado de oficinas, igual que tantísimos otros en todo el mundo.

Gagnon y su guardaespaldas local abordaron el ascensor para dirigirse a la última de las doce plantas del inmueble.

Allí, en la sede de la Ray Coffee Trading Company, la tapadera utilizada por su organización, le esperaban cuatro de sus colaboradores más cercanos.

El canadiense accedió con paso rápido a las oficinas de la compañía cafetera y después de franquear una segunda puerta, esta de seguridad, hizo su entrada en una sala de reunión sin ventanas.

Allí aguardaban cuatro personas, tres hombres y una mujer, ninguno costarricense.

Era una zona protegida a todos los efectos frente a intrusiones externas. Gagnon depositó dos teléfonos en una caja metálica, que cumplía las funciones de jaula de Faraday, donde ya había otros cuatro móviles más.

—Hola, jefe, ¿quieres el parte del negocio cafetero? —preguntó Jack Ray, presidente de la Ray Trading—. Para empezar, te diré que ya han pasado por nuestras manos trescientos treinta y dos sacos de Tres Ríos, ochocientos treinta y siete sacos de Dota, mil ciento cincuenta y tres sacos de Brunca…

Sonreía con ironía mientras llevaba a cabo la enumeración. Gagnon le hizo una señal con su mano izquierda y Jack Ray se calló. Al jefe ni le gustaba el café ni le interesaba el negocio de esta tapadera.

—Vamos al tema que me ha traído aquí: este contrato es uno de los retos más difíciles a los que me he enfrentado.

Tenemos mucho trabajo y es muy complicado.

Vosotros ya lo sabéis. Siempre cumplo mis contratos.

Cueste lo que cueste. Pero quiero que se entere hasta el último subordinado en cualquiera de las operaciones.

Que todo el mundo sepa que en esto se juega la vida.

¿Entendido, Jack? —terminó, apretando los dientes y dirigiendo una mirada glacial al aludido, primero, y después al resto de sus interlocutores.

La del quebequés Michel Gagnon era una de las múltiples identidades que el ubicuo Markus Zhukov utilizaba.

Solo uno de sus colaboradores, el más antiguo de todos, conocía algo, muy poco, de su pasado.

El resto no sabía nada, ni su nacionalidad de origen ni su identidad real.

Le llamaban «jefe» o se referían a él como «número uno».

Markus se puso de pie, barrió con la mirada los ojos de sus cuatro subordinados y entró en materia.

—Trabajaremos en varios frentes. Quiero que seamos como un reloj de precisión. Sin fallos ni excusas. Si alguno de vosotros se equivoca, ya sabéis lo que va a pasar.

Todos lo sabían. De Markus conocían poco, pero al ser contratados les habían informado de que la paga iba a ser tan elevadísima como cruel el castigo al menor problema o señal de desafección.

—Ya hemos eliminado al testigo incómodo. Fue una operación limpia. Sigue así, Fabian —dijo Markus, mirando a uno de sus secuaces, que no se llamaba así. En las reuniones todos utilizaban su nombre en clave—. Sería interesante que compartieras con el resto cómo se organizó el operativo.

Fabian, un hombre calvo y de cara sonrosada que estaba sentado a la izquierda de la mesa, sonrió satisfecho y procedió a relatar a los presentes cómo había resuelto el problema con el jeque catarí.

—Sabíamos que quien abandonase la reunión antes de lo previsto debía ser eliminado. Nos coordinamos con los venezolanos. Colocamos una carga en el tren de aterrizaje del jet y programamos el temporizador para que estallase el artefacto una vez que el avión estuviera a una considerable altitud.

—Muy bien —sentenció Zhukov—. Ahora vamos con nuestro objetivo principal, ese tal Paul Kloster. Espero que hayáis hecho los deberes. Empecemos por la parte financiera —dijo el jefe mirando a la única mujer de la reunión.

—Estamos investigando su patrimonio. De momento no hemos encontrado ninguna debilidad. Sabemos que el dinero lo ganó especulando con ventas y compras de bítcoins. Ha invertido entre ocho mil y doce mil millones de dólares y parece tener fondos suficientes para seguir invirtiendo. No vemos deudas…

No pudo seguir. Markus interrumpió sus explicaciones.

—No quiero volver a oír otro «parece tener». Quiero datos precisos. ¿Cuál es su patrimonio? Lo quiero en millones de dólares. Si tiene deudas, quiero saber exactamente cuánto dinero debe. ¿Has entendido? —terminó, lanzando una mirada asesina a la experta financiera del equipo.

La aludida balbuceó antes de contestar. Su nombre clave era Penélope. Rondaba la cuarentena, vestía con discreta pulcritud y transmitía una sensación de persona ordenada.

—No hemos conseguido hacer la foto completa.

En breve dispondremos de ella. Y como digo, casi puedo asegurar que no tiene deudas.

Estimamos que la cantidad que ha invertido en este proyecto nuevo representa aproximadamente la mitad de su patrimonio.

Es posible que tenga aún una enorme cantidad de bítcoins…

—Una vez más, la atribulada Penélope no pudo seguir.

—Es posible, es posible… Seguimos con suposiciones y no con certezas.

¿Tiene o no tiene bítcoins a día de hoy, en este minuto?

—continuó interpelando Markus a su colaboradora—.

Vamos a aceptar que no tiene deudas. Ahora el dato que necesito saber es a cuánto asciende su patrimonio y de cuánto efectivo dispone para seguir adelante sin endeudarse.

Cifras exactas y procedencia de todo el dinero, al centavo.

—Hizo una breve pausa y siguió—: Quiero los datos precisos cuanto antes.

Hoy mejor que mañana y mañana mejor que pasado.

Quiero conocer toda la mierda que haya en su pasado, empezando por el financiero.

Podremos inventarnos cualquier cosa que se nos ocurra, ensuciar su nombre con mentiras.

Pero sabiendo la verdad, para usarla. Todos tenemos un pasado.

¿Queda claro? ¿Os queda claro a todos? —terminó Markus, barriendo con la mirada uno a uno a los responsables de cada área de acción.

Luego se dirigió a la cuarta persona de la sala, de nombre clave Maverick. Era un hombre de algo menos de treinta años, de rasgos afroasiáticos.

—Y tú, ¿qué me tienes que contar? ¿Has llegado a los secretos de la tecnología de Solar Alternative? ¿Hemos entrado en sus sistemas?

—No, aún no hemos podido. Su seguridad informática es muy elevada. Es más, creo que el sistema de su laboratorio está offline —respondió Maverick sin mover un músculo.

—No soporto estas actitudes, Maverick —tronó la voz de Markus, quien descargó un sonoro puñetazo en la mesa—.

Os pago muy bien por vuestro trabajo, más de lo que os merecéis.

Conducís magníficos coches, vivís en casas de lujo, los que tenéis hijos les podéis dar una educación cara y os sobra para comprar a vuestras parejas o vuestras putas los mejores regalos.

Todo eso hay que ganárselo y, por lo que estoy escuchando hoy aquí, no lo estáis haciendo.

Entonces Fabian, el gigantón sonrosado, pidió paso.

—Jefe, vemos un punto débil que supone oportunidades importantes. La seguridad personal de Kloster y de su entorno es nula. Increíble, pero es así. Además, protegen las oficinas y las instalaciones del laboratorio con un personal poco sofisticado que pertenece a la empresa de un exmilitar español.

—Interesante. Quiero saber más. Dame una foto precisa en las próximas horas. Y quiero saber quién es ese exmilitar español. Muévete rápido. ¿Y qué hace Paul Kloster en España? ¿Qué sabemos?

—Hemos encargado a un expolicía muy eficaz, con el que hemos trabajado en otras ocasiones, que siga todos sus movimientos en ese país.

—Y… ¿en Alemania?

—Aún no tenemos antenas. Una persona de mi equipo ya está allí para buscar colaboradores locales —respondió Fabian.

—¡Más rápido, más rápido! —dijo Markus en tono apremiante—.

Quiero saberlo todo de él: amigos, enemigos, socios, contactos, familia, ligues, aficiones, vicios…

Empezad por los enemigos y los vicios. Todo.

Quiero tener información de su agenda, de lo que hace cada día, cada hora, cada minuto.

Infiltrémonos en su entorno. Estamos muy lejos.

No sabemos nada. Espero resultados en las próximas horas.

Y busquemos a los que podrían ser nuestros espías, gente de su entorno.

¿Qué debilidades tienen? ¿Quién es fácil de comprar?

¿Quién se cabreó con él hace cinco años y aún le guarda rencor?

No es la primera vez que trabajamos en casos parecidos. ¿Vamos a espabilar?