7. Solar Alternative avanza
Solar Alternative avanza
Amanecía cuando Paul Kloster recibió una llamada.
Estaba profundamente dormido y tardó en reaccionar.
Con un movimiento lento silenció el sonido y trató de recuperar el sueño.
No pudo. Quien hacía la llamada insistía.
Era Michael Seiffert. Le saludó, o eso quiso hacer, porque en realidad le salió apenas un bufido.
Saltó de la cama y abandonó la habitación para dirigirse al salón de la suite del Ritz Carlton, el hotel donde estaba alojado. Miró por los amplios ventanales en dirección a Central Park y, algo menos dormido, logró articular unas palabras que le salieron en un tono muy cabreado todavía.
—Hola, Michael, ¿qué es tan importante para llamar a estas horas? —balbuceó Paul al atender la llamada.
—Salgo de la reunión con Wilhelm Kronenbauer. Ha dicho que sí. Quiere estar con nosotros y con Wulf. Dice que la propuesta del BBW Bank es equilibrada.
Lo que Seiffert le estaba adelantando a su adormilado amigo era que disponían de luz verde para arrancar a lo grande las operaciones en Alemania.
Tendrían como socios no solo a una de las empresas energéticas más poderosas, sino también a uno de los grupos industriales más potentes del país, y todo ello bajo el paraguas financiero de uno de los principales bancos de la Unión Europea.
Se trataba de fabricar paneles y baterías a gran escala.
No se podía empezar mejor en el país más poblado y con mayor consumo energético de toda la Unión Europea, que además era el séptimo emisor mundial de gases de efecto invernadero.
Paul trataba de procesar la información. Le retumbaba la cabeza y tenía la boca pastosa.
—Estoy en Nueva York, Michael. Son las 4.51 de la mañana y me he acostado tarde… Lo que me cuentas es espectacular. Te felicito. Eres un crack, pero esta mañana…
—¡Es cierto…! No me acordaba de que hoy tenías la reunión con Pellman sí, repitió, obsoletos.
Para Kloster resultaba innegable que el proyecto de Solar Alternative, más pronto que tarde, debería afrontar el reto de penetrar con fuerza en la primera potencia mundial que también era el segundo mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero.
No se podía obviar este desafío. Triunfar en este país supondría alcanzar la mayoría de edad y la irreversibilidad del proceso a escala global.
Si España suponía un primer paso y Alemania un gran salto, Estados Unidos representaba la apuesta definitiva.
Por su parte, Hilda Tournier estaba entusiasmada.
Detectó desde el primer momento la oportunidad de negocio que se abría con la revolucionaria iniciativa liderada por Kloster.
Buscaba barrer a la competencia y liderar el ranking mundial de la banca de inversión.
Nunca en la dilatada historia de su entidad se había presentado la ocasión de hacerlo. Ahora había llegado el momento.
—Eres mi trofeo. Mi amuleto de la buena suerte. Lo siento por mis competidores. Se van a quedar fuera de juego en el mundo de la nueva energía barata e infinita —le musitó al oído la banquera cuando salían del encuentro, camino de su despacho, donde tenían previsto reunirse a solas.
—Hilda, no te olvides de Moritz Herrkutter —le susurró Paul, notablemente serio.
Ella no contestó hasta que estuvieron sentados el uno frente al otro.
—No te preocupes por Herrkutter. Le invitaré a participar en la tarta.
—No exactamente —replicó él con firmeza—. Deberéis compartir el liderazgo en muchas operaciones.
—¡De ninguna manera! —protestó enérgicamente la banquera—. Por muy fuerte que sea BBW Bank, nosotros tenemos mucha más capacidad. Y ya sabes el principio que rige en esta liga: Money talks . Ahí ganamos, y por mucho, a ese banco mediano.
—No te equivoques, no se trata solo de dinero. Las relaciones institucionales son igual de determinantes. En Europa os ganan.
—Nosotros también sabemos movernos en Europa y en Alemania —protestó Hilda.
—No es cierto. Herrkutter es el brazo financiero de Ludwig Schelling, el canciller federal, y el Bayerisch-Baden-Württembergische Industriebank es Alemania.
—Y Pellman & Finch es Estados Unidos.
—Sois Estados Unidos, y también lo son tres de vuestros cinco competidores más inmediatos, pero no tenéis una relación preferente con el inquilino de turno de la Casa Blanca.
—Podemos tenerla.
—Lo dudo mucho. No soy un recién llegado.
Tus competidores no son mancos y no te dejarán conseguir con tu presidente lo que Moritz Herrkutter puede lograr con el canciller federal.
Y no solo eso, el actual inquilino de la Casa Blanca es hostil a las energías renovables, y un firme partidario del cartel petrolífero.
—Pero ¿qué tienes tú con Herrkutter? Es un stiff shirt , un arrogante —rugió la banquera.
—Hilda —dijo él emitiendo un suspiro—, cuando le pedí a Moritz que Pellman entrase en Alemania de la mano de BBW Bank me contestó lo mismo que tú: que os invitaría a participar en sus operaciones.
Yo entonces le exigí que seáis colíderes en varias de ellas.
Quiso saber por qué. Mi respuesta fue contundente.
Hilda Tournier es mi amiga. ¿Sabes lo que me contestó?
—Cualquier cosa, pero seguro que sin perder la compostura y su aire desdeñoso de stiff shirt —dijo ella en tono burlón.
—Dijo que no sabía que tú pudieses tener amigos —replicó Kloster con una risa contenida.
— He´s a bastard —espetó la banquera con rabia y cerrando los puños.
Hilda Tournier era dura. Una mujer de origen humilde que se había abierto camino hasta lo más alto, con esfuerzo y talento, en un mundo dominado por hombres implacables.
Hilda y Paul estuvieron reunidos casi una hora.
No tenían más tiempo. Kloster debía tomar un avión con destino a Madrid.
Al despedirse la banquera le comentó que Elecensa —la empresa presidida por Carlos Íñiguez— exigía que Pellman les adjudicase la compra del parque solar experimental del laboratorio de Solar Alternative.
—Si lo quieren, que pujen al mejor precio. Es una subasta —razonó Kloster.
—Dicen que el Gobierno español solamente autorizará la venta a un grupo energético español —respondió Tournier.