6. Geneviève y los amigos #2
Michael los observaba en silencio, con una mirada estoica y una ligera sonrisa dibujada en el rostro.
Con su chaqueta sport tirada sobre el respaldo del sofá y su camisa azul clara perfectamente planchada, parecía menos afectado por el desorden y más sereno, aunque estuviera igual de borracho que los otros dos.
—No es tan difícil de imaginar, Paul. Todos hemos tenido nuestras épocas de sombras.
Pero ahora… Míranos —el alemán levantó su copa de vino blanco—: tres amigos, tres triunfadores, en la cima de la ciudad.
¿Y qué estamos haciendo? Hablando de las mujeres que hemos perdido o conquistado.
—Y, con el tono sombrío de quien está totalmente cocido, añadió—: Tío, celébralo.
Estás vivo de milagro, si no llega a ser por mí, ahora te encontrarías flotando en el Támesis boca abajo.
—Tienes toda la razón. Estoy en deuda contigo. Alzo mi copa en tu honor —respondió Paul mientras siguió apurando su botella de cerveza hasta vaciarla—. Quiero que todas las chicas atractivas se enamoren de mí, brindemos por eso.
—Algún día llegará esa mujer que te hará perder la cabeza y por la que valdrá la pena dejarlo todo —dijo Michael con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
—No hay prisa —exclamó Miguel mientras se incorporaba para servirse otro gin-tonic.
—Yo no logro ni siquiera imaginarlo… ¿Y tú? ¿Puedes imaginarte cómo será tu vida dentro de diez años? ¿Seguiremos aquí o en otro sitio parecido hablando de mujeres? —preguntó Michael a Paul.
—¿Estaremos igual de cocidos? En cuanto a tu pregunta, no lo sé —respondió Paul con aire pensativo.
—Yo sí —terció Michael—. Veo a mi mujer embarazada y a dos hijos nuestros corriendo y persiguiéndose por un jardín con unos abetos muy grandes. Al fondo una valla y la caseta del poni, en el que empezarán pronto a aprender a montar.
—¡Qué aburrido! —señaló Paul—. Para eso me quedo donde estoy, soltero. Toda la vida.
—Dirás lo que quieras, amiguito, pero seguro que tanto tú como Miguel o como yo estaremos pronto con una vida muy montada. ¡Y antes de tres años!
—Puestos a soñar… —dijo Paul, que de repente se había quedado muy serio.
Se levantó del sofá, dio unos pasos hacia los ventanales, alzó la vista hacia el cielo de Londres y permaneció unos minutos en silencio.
Sus amigos respetaron aquel momento extraño.
Paul solía tenerlos. Enseguida regresó al sofá y se sentó junto a su amigo español, aún con la mirada perdida—.
Lo cierto es que casado y con mucha familia no me veo —concluyó muy serio—.
Ni en una mansión a las afueras de una ciudad, con esposa, hijos y un jardín enorme con un poni y abetos, como Michael.
Me cuesta menos imaginarme solo, junto a la mar, esperando a que llegue la estación de hibernada y se pose cerca de mí, para descansar de su largo vuelo migratorio, una bandada de gansos.
— I beg your pardon? —dijo Miguel en inglés y en tono de sorna—. ¿Gansos? ¿Y por qué no papagayos? ¿Sin una mujer ni a quinientos kilómetros de distancia? Eso no te lo crees ni tú.
Y al decirlo se abalanzó sobre Paul, le hizo una llave, lo tumbó con la boca contra la alfombra y le retuvo así durante un par de minutos, pese a los esfuerzos que hacía Paul para librarse de su maniobra. Michael observaba la escena y se partía de risa.
Así estuvieron charlando un buen rato hasta que las luces de la ciudad comenzaron a atenuarse y aparecieron los primeros rayos del amanecer.
En aquella época, Paul viajaba a París un par de veces al mes para trabajar con la oficina francesa de Pellman.
En uno de estos desplazamientos profesionales, acudió a una fiesta y le ocurrió algo que no le pasaba desde la primera juventud.
Charlando con una chica comenzó a tartamudear de nuevo. Se llamaba Geneviève.
Pese a que poseía una belleza indiscutible, no se trataba de la más guapa ni la más lanzada de la fiesta.
Pero había algo en ella que le estaba dejando sin aliento.
Era algo que emanaba, una especie de aura.
Y esa manera de mirarle que le ponía nervioso, inseguro…
Tartamudo. ¿Se estaría enamorando?, pensó.
A ella no parecía importarle esa inseguridad. Siguió contándole que estudiaba un curso de posgrado en Derecho por la Sorbona, y todo lo decía con una sonrisa extraña, como si solo de verle a él lo demás no fuera relevante, incluso la tartamudez que se estaba agravando por momentos.
A partir de entonces, aceptaba cualquier excusa para ir a trabajar a París, llamarla, verla en un café de la zona de Saint-Germain o comer en la brasserie Lipp, una especie de fetiche para Paul, donde parecía imposible hablar de algo serio con el codo pegado al del ocupante de la mesa vecina, pero la comida resultaba exquisita.
Y, en efecto, se trataba de amor. Pero en esta ocasión —la segunda o tercera en su vida—, ella estaba tan enamorada como él. De modo que la tartamudez se disolvió como por arte de magia, y Geneviève y él se declararon casi al mismo tiempo.
Con este panorama sus dos amigos perdieron pronto a su compañero de juergas, y las fiestas en el apartamento de Westminster se espaciaron hasta desaparecer.
Coincidió también con el inicio de una nueva estabilidad sentimental de los dos Migueles.
El español, lejos ya de las drogas y de las deudas del juego, estaba entusiasmado con una belleza cordobesa que había conocido.
Y el alemán, flemático y cerebral, también andaba en las mismas con una mujer que vivía en Hamburgo.
En los planes de los dos amigos de Paul ya entraba la idea de finalizar su etapa londinense y volver a sus países de origen.
Los tres compañeros de correrías, alegres y desenfadados, cambiaron de piel casi al mismo tiempo. Sus respectivas parejas congeniaban entre ellas, y cuando coincidían en Londres hacían planes juntos.
En esos tiempos, Paul, que ya era una joven estrella que brillaba en la industria financiera, abandonó Pellman & Finch para entrar como socio en un fondo de cobertura de reciente creación. Hilda Tournier, su jefa en Pellman & Finch, trató de disuadirlo.
—Quiero dar ese paso. La industria de los fondos de cobertura tiene ahora un extraordinario potencial. Es el momento. Dentro de unos años será tarde. Ya estará copada.
—Puedes hacer lo mismo aquí. Podemos ser muy flexibles.
—Pellman & Finch es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y tú, Hilda, has sido la persona que me ha traído hasta aquí. Siempre me has apoyado. Te estoy muy agradecido.
—Esto que me dices suena a despedida. Entiendo que ya has tomado una decisión. No voy a insistir.
—Sí, estoy decidido.
—Eres muy joven. Tienes un talento extraordinario. Solo espero que no estés yendo muy rápido. Te voy a echar de menos —concluyó Hilda Tournier, resignada.
Dos semanas después Paul Kloster abandonaba una carrera bancaria fulgurante para ser socio de una gestora de fondos de cobertura. En solo seis años había pasado de becario a director, el más joven de todo el banco. Pellman & Finch había sido su escuela y su trampolín.
Ahora iba un poco más allá. Entraba en una liga distinta.
Se convertiría en uno de los siete socios de una gestora de fondos de reciente creación.
Dos meses de conversaciones y unas condiciones espectaculares habían sido suficientes para dar el paso.
Se embarcaba en este proyecto junto a seis profesionales de mucho éxito.
Él era el más joven. Todos sus nuevos colegas acumulaban entre el doble y el triple de años de experiencia que él.
En paralelo, Paul estaba a punto de iniciar un giro en su vida personal. Su relación con Geneviève iba viento en popa. A su lado se sentía feliz.
—Quiero estar siempre contigo. No me veo de otra manera.
—Yo también —respondió ella.
—Vamos a hacer planes para vivir juntos, no sé si en Londres o en París, pero lo antes posible.
—Primero nos tendremos que casar.
—¿Es necesario?
—Desde luego —contestó ella con firmeza.
—Es que una boda es una complicación. Podemos probar y después, cuando estemos seguros, nos casamos —respondió él con una sonrisa, sin ser consciente del terreno pantanoso en el que se estaba metiendo.
Aquel fin de semana en París no acabó bien.
Tanto fue así que un atribulado Paul se inventó un viaje relámpago de trabajo para poder verla el miércoles.
Lo primero que le dijo fue que quería casarse inmediatamente con ella, cuando dispusieran de la documentación necesaria.
Geneviève tardó en contestar. Él tuvo que repetir hasta tres veces su propuesta, que acabó convirtiéndose en un ruego.
—Sí quiero casarme contigo, claro que sí —contestó ella con lágrimas de emoción deslizándose por sus mejillas.
—Pues hagámoslo cuanto antes.
—No. Una boda se planifica. Además, no se trata de ir solo a un ayuntamiento. Quiero casarme en una iglesia, y no en una cualquiera.
—No soy religioso, pero si para ti es importante, pues que sea en la catedral de Notre Dame, si lo deseas.
—¿Y cuántos hijos tendremos?
—¿Hijos? No había pensado en ello —respondió Paul volviéndose a meter en un charco.
—¿No quieres tener hijos? —preguntó Geneviève con un gesto de sorpresa.
—Quiero tener varias hijas que se parezcan a ti —acertó a contestar en un acto reflejo de autoprotección.
Unos meses después se casaron en la iglesia de la Madeleine y luego lo celebraron en los salones del palacio Garnier.
Fue una boda muy vistosa, planificada al detalle por la novia y su madre.
La nueva pareja irradiaba felicidad. Se los veía tan bien juntos que los invitados no dudaban en augurarles una larga y feliz vida en común.
Pero sus mejores amigos no confiaban plenamente en ello.
—Esperemos que no vuelva a las andadas. Tú y yo sabemos que este cabrón es un descerebrado —comentó Miguel a Michael.
—Sí, el hombre que no sabía decirle que no jamás a una mujer… —rio el alemán—. Geneviève es estupenda. Espero que Paul no ponga esto en peligro.
—Tengo mis dudas —dijo Miguel—. En España decimos que quien nace lechón muere cochino.