El vuelo de los gansos 6. Geneviève y los amigos
22%

6. Geneviève y los amigos

Geneviève y los amigos

Tras poco más de un año en Pellman mujeres y hombres que ganaban más dinero del que sabían gastar, jóvenes profesionales de éxito de distintos sectores, con preponderancia del financiero, y ricos herederos o herederas ( nepo babies ) con ganas de juerga al terminar la semana.

En una de esas fiestas coincidió por primera vez con Miguel Polo, un abogado español empleado en un bufete especializado en la defensa de los intereses de grandes fondos de inversión y de corporaciones financieras y que era apenas dos años mayor que él.

También fue en una fiesta donde conoció a Michael Seiffert, inseparable del Miguel español, que trabajaba en banca.

Los tres hicieron piña, y a las pocas semanas Paul los invitó a mudarse.

Les ofreció su casa, ya que le sobraba espacio y, además, tenía sitio para fiestas…

Y ambos aceptaron, tanto la mudanza como lo de organizar juergas cuando les apetecía montarlas en ese gran piso de Westminster.

Paul enseguida notó que gozaba de mucho éxito entre las mujeres que le llevaban cinco o diez años, personas que no buscaban compromisos sino soltar tensiones y, tal vez, soñar que aun tenían el mismo sex appeal que a los dieciocho años.

Luego, adiós muy buenas y no nos volveremos a ver.

Y así cada semana. Londres seguía siendo Londres y los expat aprendían deprisa las costumbres del lugar.

—Paul, tengo que hablar contigo —dijo un día Miguel Polo al final de una cena.

—Dime —repuso Paul.

—Aquí no, en privado. Cuando lleguemos a casa y Michael se quede dormido, bajamos un momento a la sala y te cuento.

Era extraño que le pidiese una cosa así, la primera desde que se habían conocido. Y en cuanto su amigo español empezó a hablar supo que el tema era serio. Una deuda de juego, antigua, que le pillaba sin fondos tras haber adquirido un Aston Martin V8 Vantage clásico verde oliva.

—No sabía que fueras jugador.

—Lo fui. Me costó horrores, pero lo superé. Esto es tan antiguo que lo había medio olvidado.

—¿Cuántas libras dices?

—Cuarenta mil. Pero el problema no es la cantidad. Es el tipo al que se la debo. Era mi dealer , porque entonces también esnifaba. Fueron tiempos muy complicados para mí, por un desengaño amoroso.

—Sé de qué hablas, se pasa fatal. ¿Y te pusiste a jugar a lo bestia?

—No al principio, pero cuando te enganchas… Y si pierdes, necesitas jugar más para recuperar. Ahora ese tipo, un colombiano, me amenaza con denunciarme a mis jefes. Estoy perdido.

Aunque a Paul no le iba bien en ese momento porque estaba viviendo al día y derrochando todo lo que ganaba, tenía crédito, lo pidió y consiguió darle la cantidad necesaria. Lo grave fue que, una vez pagada la deuda de juego, la amenaza de chantaje subió de nivel.

—Estoy muerto, Paul, estoy muerto —le dijo Miguel, tan angustiado que comenzaba a fallar en el trabajo, a vivir con ansiedad.

—¿Y qué puedo hacer ahora por ti?

—Callar si pasa algo.

Solo entendió de qué hablaba Miguel cuando una noche su amigo le pidió a Paul que condujera él su Aston Martin, le dejara en cierto lugar de Brighton y le esperase.

Aceptó. Estuvo esperando a su amigo una hora, en un barrio residencial, y de repente vio a Miguel corriendo hacia donde estaba el coche.

Entró y le dijo: «Sal pitando» mientras trataba de taponar una vía de sangre en su mano izquierda haciendo un torniquete con el pañuelo.

Paul observaba por el rabillo del ojo a la vez que se apresuraba a arrancar el deportivo.

Condujo si mirar atrás a ciento sesenta kilómetros por hora hasta que al cabo de unos quince minutos, tras asegurarse de que nadie los seguía, paró.

—¿Puedes explicarme lo que ha pasado? —le dijo a Miguel.

Su amigo habló con voz espectral:

—Será mejor que no te lo cuente. Bastante sabes por haberme acompañado esta noche. Regresemos a casa, pero tendremos que dejar el coche en donde ya te diré. Tú ve en dirección Londres y yo te iré indicando. Y lo de la mano, no te preocupes, ya no sangro.

No volvieron a hablar de eso y, tras curarse de su herida, muy aparatosa pero nada grave, Miguel volvió a ser el de antes, solo que algo más inquieto.

Michael no supo nada. Dos días después, cuando le preguntó qué le había pasado en la mano, Miguel explicó a su amigo alemán, como si tal cosa, que había estado preparando sashimi de atún rojo de almadraba en casa de una chica algo caprichosa con su historia de comer pescado crudo después de follar.

Como era algo torpe para cualquier actividad que requiriera destreza con las manos, se cortó.

Miguel fingió reír con todas sus fuerzas.

Mentir se le había dado siempre bastante mal, pensó Paul mientras observaba la escena en silencio.

Brighton quedó, si no olvidado, sí silenciado. No volvieron a hablar de aquella noche y Miguel pronto recuperó la normalidad previa a la crisis con el prestamista dealer . Paul no quiso saber qué hizo su amigo para acabar con el chantaje. Nunca se lo preguntó.

En esos tiempos Paul también tuvo problemas, aunque de una índole distinta.

Como era incapaz de decir que no, se metió en un lío.

Se dejó seducir por una mujer casada. Tenían encuentros semanales, siempre en el piso de Paul.

Sus dos amigos conocían la aventura, ya que se habían cruzado con la mujer en varias ocasiones.

Ella no les prestaba ninguna atención y casi ni los saludaba.

Su único interés en esos casos era el de encerrarse en la habitación de su amante y luego salía de la estancia y abandonaba la casa rápidamente.

El problema fue que el marido descubrió la aventura.

Se trataba de un hombre de complexión fuerte y carácter férreo.

Un empresario que tenía fama de jugar al límite en sus negocios y que practicaba el boxeo en sus ratos libres.

Cuando se enteró de la infidelidad de su esposa, quiso tomarse la justicia por su mano y decidió darle una paliza memorable a Paul.

Una noche, al volver a casa después de una dura jornada laboral, Paul se lo encontró de frente en la calle.

Sin mediar palabra, el ultrajado le dio un primer puñetazo al amante de su mujer.

Paul, en lugar de hacerle frente, salió a la carrera.

Estaba en forma y siempre había sido muy veloz.

Logró zafarse de aquel hombre y, por suerte, camuflarse en un escondite.

El agresor no pudo encontrarlo esa noche.

Un par de horas después Kloster consiguió llegar a su casa. Tenía el ojo derecho morado y le dolía mucho la cabeza. Asustado, les explicó a sus dos amigos el problema.

—Conozco a este tipo. Es un bestia. Te puede matar. Hablaré con él —dijo Michael.

Dos días después, Paul, ya con el hematoma del ojo con un tono azulado, recibió una buena noticia de su amigo alemán.

—No te molestará más, pero tú no puedes volver a ver a su mujer.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Es cliente de mi banco. Busca financiar una operación.

Si no lo consigue, podría quebrar; además tengo información suya muy sensible.

Se lo he explicado. Por primera y única vez en mi vida no he sido profesional.

No volveremos a hablar de ello nunca más —contestó mirando con severidad a su amigo, que después de tres días empezaba a respirar.

La crisis se superó y decidieron organizar una fiesta en su apartamento para celebrarlo.

Cualquier excusa era buena y esta servía.

Al término de la velada, el reloj marcaba las 3.

47 de la madrugada. El espacioso salón del apartamento era un caos: vasos medio llenos desparramados por la estancia, botellas y colillas de cigarrillos en improvisados ceniceros.

Había sido una gran fiesta. Paul y sus dos amigos estaban desplomados en el gran sofá en forma de L.

Detrás de ellos, las ventanas mostraban una vista panorámica del skyline de Londres, con la noria del London Eye, la torre del Reloj del Parlamento y los rascacielos de la City.

El primero en romper el silencio fue Paul que, con una ligera sonrisa, acariciaba el cuello de una botella de cerveza a medio terminar. Tenía un aire de sofisticación relajada: vestía una camisa blanca desabrochada y vaqueros oscuros. Se reía por lo bajo mientras sus amigos lo observaban.

—¿Sabéis qué es lo más gracioso? —dijo Paul, con una sonrisa melancólica y los ojos brillando por el alcohol—. Que yo, el tío que ahora vive para estas fiestas y no puede salir a la calle sin ligar, aunque no se lo proponga, pasé años siendo… invisible. Para las chicas, sobre todo.

Miguel, que estaba tumbado en el sofá, se volvió hacia Paul y puso una mueca de incredulidad mientras se carcajeaba, con los pies descalzos apoyados en la mesa de mármol. Llevaba su camisa negra medio torcida, con algunos lamparones recientes, y el pelo revuelto.

—¡Venga ya, Paul! Invisible tú, ¿me estás tomando el pelo? —dijo, y dio un sorbo a un gin-tonic que encontró en la mesilla, olvidado por alguno de los invitados.

Paul se encogió de hombros y, jugueteando con su botella de cerveza, respondió:

—No, en serio. En el colegio era torpe y tímido; un chico gris en el que nadie reparaba salvo cuando se publicaban las notas, entonces siempre estaba entre los mejores.

En la universidad me pasó lo mismo, ya lo sabéis.

Me llevó años conseguir dar el primer beso y dejar de ser virgen.

Todo cambió de golpe cuando empecé a trabajar. Y bueno, aquí estoy ahora, ¿no?