El vuelo de los gansos 5. Paul Kloster, estrella global
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5. Paul Kloster, estrella global

Paul Kloster, estrella global

Mónaco, España y Alemania,

La irrupción de Paul Kloster en el firmamento de las estrellas fue instantánea.

Su imagen en fotos y planos tomados el día de la rueda de prensa copaba las portadas de los periódicos y abría los informativos de radios y televisiones.

Se le presentaba como el genio de la ecología, el hombre que salvaría el mundo de su decadencia por culpa del calentamiento global.

Su figura provocaba intensos debates en todo tipo de foros y su nombre era trending topic global permanente en redes.

De golpe, había pasado del anonimato más absoluto a ser una de las personas más buscadas del planeta.

El mundo entero quería saber de él. Todos los medios ansiaban entrevistarlo.

La mayor parte de la gente le adoraba. Pero enseguida se percató de que iba a tener también poderosos enemigos.

El resto de sus actividades seguían siendo un completo misterio.

¿Cómo había conseguido pasar en algo más de una década de la ruina a ser muy rico?

Porque nadie dudaba de que era dueño de un enorme patrimonio.

Una fortuna lo suficientemente importante como para impulsar, sin ayuda financiera exterior, la innovadora tecnología desarrollada por su empresa.

Su nueva vida discurría a velocidad de vértigo.

Aunque su foco de atención se centraba en España y, en menor medida, en Alemania, en las tres semanas inmediatamente posteriores a la presentación ante los medios se reunió, comió o cenó con gente importante de los sectores energético, bancario y político; y en más de una ocasión, en Berlín, Bruselas, Frankfurt, Londres, Madrid y Nueva York.

Para sus desplazamientos utilizaba jets de alquiler.

El Gobierno, la oposición y el sector empresarial españoles observaban atónitos y expectantes los acontecimientos.

En los planes de Solar Alternative, España suponía el escenario ideal para trasformar los enormes parques solares existentes en instalaciones de nueva generación, lo que permitiría disparar la producción de electricidad limpia y eliminar cuantiosas emisiones de gases de efecto invernadero.

Además, las baterías de Solar Alternative favorecerían una nueva forma de explotación de energía eléctrica, algo inimaginable anteriormente.

Si todo funcionaba como Kloster solía soñar en voz alta hablando con sus dos socios principales, Miguel y Michael, en cuestión de unos cinco, diez o quince años, los cambios se habrían globalizado y el mundo podría prescindir de la energía fósil, porque las nuevas tecnologías producían la energía más barata.

Como decía Kloster a todos los hombres poderosos con los que estaba hablando: «A ustedes, al mundo de los negocios, les dará igual que sea energía limpia.

No importa. Porque lo que les moverá a ustedes es que supondrá un gran negocio, una energía barata.

Se puede producir en cualquier lugar del mundo y se pueden conservar nuevas baterías pequeñísimas y con enormes capacidades de almacenaje».

Los esfuerzos de Miguel Polo por hablar con la presidenta del Gobierno español no obtuvieron el resultado esperado. Fueron derivados a la ministra de Energía, que tardó una semana en recibirlos. Antes tuvieron tiempo de mantener encuentros con cuatro importantes empresarios españoles.

Todos parecían estar interesados en sumarse al proyecto de Solar Alternative, salvo la ministra, Luisa Celedero, y su segundo, Ernesto Fernández, el secretario de Estado de Energía.

Al final los atendieron el 18 de febrero en la sede del ministerio.

Pero no hubo química entre ellos, todo lo contrario. Desconfiaban del recién llegado.

—Les diremos con total franqueza que en este ministerio estamos muy sorprendidos por no haber recibido información previa. Lo cual era preceptivo si su empresa operaba en territorio español —dijo, a modo de saludo, Luisa Celedero.

—¿Por qué no nos informaron antes de hacerlo público? Era su obligación —añadió Ernesto Fernández con cara de pocos amigos.

—No estoy de acuerdo. No somos un operador del mercado eléctrico… —empezó a contestar Paul, hasta que Miguel lo interrumpió.

—Secretario de Estado, puedo entender su sorpresa y la de la ministra e incluso su malestar por no haber sido informados previamente.

Créame que lo valoramos. Pero no tenía sentido hacerlo sin antes contar con el dictamen de la comisión de verificadores.

Ahora las cosas han cambiado. Por eso estamos aquí.

Que Solar Alternative fuese una compañía neerlandesa, que la residencia fiscal de Paul Kloster estuviera en Mónaco, que todo pareciese tan difícil de explicar, como el misterioso origen de su fortuna, no contribuían a inspirar confianza a los dos políticos españoles.

Se trataba de un extranjero de origen dudoso que andaba provocando mucha turbulencia en un mercado que estaba a su cargo, el eléctrico.

Y habían empezado a surgir problemas en la cotización de las empresas energéticas locales.

Ya habían recibido las primeras quejas del sector.

El líder de una de las corporaciones más importantes de la bolsa española, Carlos Íñiguez, había sugerido que el Ministerio de Energía debía abrir una inspección oficial sobre las operaciones de Kloster en España.

La intención era cargarse la empresa utilizando trucos de tipo administrativo y legislativo, que para eso estaban las leyes y sus interminables reglamentos.

España era España, como insistía siempre Michael, su amigo y socio alemán.

Un país incomprensible. Y, en efecto, sucedió algo incomprensible: aquel mismo empresario que a sus espaldas presionaba al ministerio para que los investigase era la misma persona que el día anterior abrazaba a Paul.

El mismo que le dijo que sus descubrimientos le habían parecido espectaculares.

En la mismísima sede de Elecensa, la antigua Eléctrica del Centro, una compañía fundada a principios del siglo XX , Íñiguez se había mostrado efusivo.

Tanto como cuando, a espaldas de los directivos de Solar Alternative, fue a exigir a la ministra que metiera las narices en la empresa, a ver si hallaba cualquier error burocrático que permitiera cerrarla.

—Tenemos que encontrar la forma de trabajar juntos. Uniendo nuestra potencia instalada a vuestra fabulosa tecnología podemos hacer grandes cosas. Queremos comprar vuestro parque solar experimental y ponerlo en marcha. Nos gustaría presentaros una oferta. ¿Podemos hacerlo? —preguntó el empresario.

—Hemos dado un mandato a Pellman & Finch para que prepare el cuaderno de venta del parque. Les avisaré de que estáis interesados.

—Paul, no necesitamos a uno de los grandes bancos de inversión del mundo para ponernos de acuerdo. Eso lo podemos hacer tú y yo sentados en una mesa —contestó Íñiguez con una sonrisa casi beatífica.

Fue una de las reuniones más alentadoras de todas las que mantuvieron en la primera etapa de su rueda de presentaciones en España. Les pareció que Carlos Íñiguez podía ser un gran aliado.

Además, estaba Alemania. Apenas un mes después de la rueda de prensa, Paul se desplazó en varias ocasiones a Berlín, a Frankfurt…, siempre en viajes rápidos. Michael Seiffert organizaba la agenda e iban juntos a todas las reuniones.

Su primer acto en suelo alemán fue una recepción organizada el 4 de marzo por Moritz Herrkutter, presidente del BBW Bank ( Bayerisch-Baden-Württembergische Industriebank ). El poderoso banquero había convocado a cuarenta personas en su residencia de Frankfurt, en honor de Paul Kloster.

En principio todo discurría como Seiffert había previsto, hasta que un pequeño detalle le alarmó.

Paul departía con todos los invitados respetando escrupulosamente el guion preestablecido.

Pero su amigo se percató de que estaba siendo observado de reojo por una de las invitadas.

Luego Michael creyó ver miradas furtivas entre los dos.

Y, más tarde, fue testigo de cómo ambos coincidían en un pasillo que conducía a los baños.

Tuvo pocas dudas. Estas maniobras no eran casuales.

A Michael se le heló la sangre al pensar que su amigo estaba coqueteando con una de las invitadas. Y nada menos que con una muy especial.

Abordó a Paul cuando ya estaban acomodados en la berlina que los llevaba al aeropuerto.

—¿Qué estabas haciendo con la esposa de Wilhelm Kronenbauer?

—¿Con la esposa de quién?

—Del industrial que sería nuestro socio perfecto en este país. Y lo puede ser, si no sigues metiendo la pata. A mí no me engañas.

—Creo que me sobrevaloras —contestó Paul con sorna.

—Me fijé cuando salíais. Tuvisteis un fugaz encuentro en la zona de los baños. Tu cara te delataba y la de ella también. Y esa mujer está casada con uno de nuestros socios potenciales. ¿No podrías ir con más cuidado?

—Pero si no he hecho nada…

—Paul, ya vuelves a las andadas y, encima, con la persona menos indicada, porque esto podría hacernos perder el mejor socio que he encontrado en Alemania para Solar Alternative.

¿Te importaría no mandar todo al traste?

¿Te importaría que te diera un puñetazo?

—Y le lanzó un directo a la mandíbula que solo tuvo un impacto mediano porque el asiento trasero de un coche no es el mejor ring para un púgil amateur y poco amante del gimnasio—.

¡Cabrón! —remató mientras Paul se llevaba la mano al rostro, que se estaba empezando a enrojecer.

—No es lo que parece —dijo Paul con la boca torcida—. Intercambiamos alguna mirada, pero nada más. Es una mujer muy impulsiva. Es ella quien ha tomado la iniciativa, me siguió al baño…