El vuelo de los gansos 3. Llegada a Londres #3
15%

3. Llegada a Londres #3

Paul fue admitido en el círculo sin ceremonia bautismal y, desde los primeros días de iniciación, recibió consultas de muchos y comenzó a compartir los minutos libres con todos ellos.

Porque enseguida corrió la voz de que era un chico muy listo.

Además, probablemente por ser el más joven de toda la sala, nadie lo veía aún como un competidor.

Caía bien y pronto le invitaron a los afterworks .

Cinco semanas después de entrar en el banco, su vecino de mesa se lo llevó un viernes a una fiesta que organizaba un bróker para sus clientes. Allí conoció a Stella Hurley, una de las anfitrionas. Era una mujer de poco más de treinta años, que se encaprichó de él de inmediato.

—Callum, ¿quién es este chico tan guapo que traes contigo? —oyó Paul que la bróker preguntaba a su vecino de mesa de trabajo.

—Se llama Paul. Es un prodigio… y demasiado joven para ti. Además, tú eres muy peligrosa cuando bebes —respondió Fitzgibbon, riéndose y dando una palmada en el hombro al desconcertado becario cuando notó que estaba enterándose de la conversación.

—Pues me lo quedo, y me voy a beber con él toda la ginebra de la barra. Ven, chico —le dijo a Paul—, te voy a enseñar todo esto…

Paul, en un principio anonadado, se dejó llevar. Aquella mujer era muy atractiva, y se trataba de ese tipo de personas que no admiten un no por respuesta. Al concluir la velada, cuando la mayor parte de los asistentes ya se habían ido, Stella le dijo que la acompañara y él obedeció con docilidad.

—Y ahora te vienes conmigo. Quiero saber de qué madera estás hecho.

—Pues soy como la caoba. Estoy hecho de una madera preciosa, dúctil cuando me trabajan con los materiales adecuados y muy resistente —contestó Paul. Incluso él mismo se sorprendió ante su locuacidad y el ingenio de su respuesta, fruto del abundante alcohol ingerido.

Stella cogió a Paul por la nuca, se lo acercó y le besó.

Largamente. Era la primera vez en su vida que a Paul le besaba una mujer de esa manera.

Fue todo muy rápido y le gustó. Saboreó el momento.

Poco después era él quien tomaba la iniciativa y la besaba con fuerza.

Hasta que ella le propuso cambiar de escenario.

—Aquí no. Vamos a mi casa.

Fue una noche muy especial. Aquello duró mucho tiempo y lo disfrutó como nunca.

Solo al terminar pensó por un momento, mientras se duchaba y vestía, que no había sentido enamoramiento alguno.

Que había sido solo sexo, y que el sexo era una experiencia nueva, agotadora y enloquecedora.

Le pareció que podía resultar incluso adictiva.

Al día siguiente, cuando ya estaba en su casa recuperándose de la noche en vela, se sentía feliz. Había disfrutado muchísimo de la experiencia. Llevaba bastante tiempo esperando ese momento. Se sentía fuerte. Tanto que, por la tarde, fue él quien tomó la iniciativa, la llamó y volvió a visitarla.

El lunes, al llegar al banco, mostraba ante todos una nueva seguridad. Serena Stappleton le miró con una sonrisa pícara.

—Toda la oficina sabe que a Stella la dejaste impresionada. ¿Es tan buena amante como dicen? —se atrevió a preguntarle.

Paul no sabía qué responder. Miró desconcertado a Callum, como criticándole por su indiscreción.

—No he dicho nada, jovencito —terció Fitzgibbon, quitando hierro al asunto—.

El comienzo fue público. Y todo el mundo conoce a Stella.

Ahora eres muy popular. Ha sido ella quien ha corrido la voz acerca de tus capacidades, y no ha hablado de las intelectuales, precisamente.

Varios jóvenes que trabajan en esta sala querrían haber estado en tu lugar.

Tres meses después de entrar como becario fue contratado y ascendido a operador de bonos de deuda pública tras la entrevista laboral que le hizo la directora de la sala de operaciones.

Al terminar lo que fue un interrogatorio muy técnico, que Paul Kloster salvó con energía y muestras de conocimiento, su superior le dijo:

—Tus compañeros hablan muy bien de ti. Recomiendan que te contrate y eso es lo que voy a hacer ahora mismo porque tus respuestas y tu trabajo me han convencido. Tienes una oportunidad. No la desaproveches.

Aquella mujer se llamaba Hilda Tounier, la mítica jefa de todos sus colegas de la sala.

Entrada en la cuarentena, tenía fama de ser muy exigente.

Se trataba de una persona que siempre había trabajado en Pellman & Finch.

Era neoyorquina y de la máxima confianza de la cúpula de la entidad, ya que llevaba muchos años trabajando primero en Nueva York y ahora como jefa de la sala de negociación en Londres.

Pocos meses después lo promocionó. Y lo volvió a hacer cuatro meses más tarde. Paul obtenía unos resultados óptimos en cada nueva posición.

Con veinticuatro años el joven Paul Kloster ya había alcanzado lo que para él y sus escasas ambiciones iniciales ya era una magnífica remuneración.

Durante esa primera época como trader fue dejando atrás su timidez.

Se había convertido sin querer en un golden boy de la City financiera y una pareja muy buscada por mujeres, que siempre eran mayores que él.

Ligues que duraban unas semanas solamente, todo sin pensar en ninguna clase de vínculo ni futuro.

Un sistema que a Paul le sorprendió al comienzo, pero que le liberó de los miedos que padecía cuando se acercaba a una mujer impulsado por un enamoramiento.