El vuelo de los gansos 3. Llegada a Londres #2
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3. Llegada a Londres #2

Cuando entró por primera vez en su nuevo lugar de trabajo sintió vértigo.

No se parecía en nada a lo que había visto hasta la fecha.

Estaba en un espacio amplio y diáfano en el que debía de haber unas doscientas personas o más.

Le dijeron que se acomodase en una de las estaciones de trabajo de la sala.

Así lo hizo. En silencio, ya sentado en una silla ergonómica, se fijó en que tenía a su disposición varias pantallas de ordenador aún apagadas, dos teclados, dos teléfonos y unos auriculares.

Era como una nave espacial. A su izquierda trabajaba un hombre de unos treinta años que parecía comunicarse con alguien mientras tecleaba con rapidez y, al mismo tiempo, observaba unas pantallas, unas con gráficos y otras con textos.

A su derecha una mujer, que también era treintañera, procedía de igual manera.

Nadie reparaba en él. No sabía qué hacer. Así estuvo largo rato hasta que quien estaba a su izquierda se dirigió a él.

—¿Quién eres?

—Soy becario. Me llamo Paul —respondió con una sonrisa tímida.

—Muy bien. Que tengas mucha suerte en Pellman un lugar del mundo en el que cada uno de sus habitantes parecía cuidar tan solo de sí mismo y en el que la solidaridad brillaba por su ausencia.

Pronto fue consciente de que debía encontrar su hueco si no quería entrar en la larga lista de personas descartadas por aquel manicomio moderno.

Tras recibir unas primeras instrucciones de su tutor, que se fue directamente a seguir con su trabajo, Paul se decidió a hablar con su vecino.

—¿Puedo ayudarte en algo? Soy muy rápido aprendiendo, ponme a prueba —dijo fingiendo una seguridad que no sentía—. Ya me han dado las primeras instrucciones.

Sorprendido, su compañero le dirigió una mirada escrutadora. Así estuvo unos segundos en silencio hasta que le tendió un documento.

—De acuerdo, chico. Te voy a poner a prueba. Es la última evaluación de nuestro servicio de estudios. Hazme un breve resumen.

Paul empezó a leer el informe, que tenía algo más de cincuenta páginas. No levantó la cabeza hasta acabarlo. Apenas tardó una hora, durante la cual fue tomando breves apuntes a mano.

—Ya está. Ya lo he leído y he añadido algunas notas —dijo al terminar.

—Ahora no tengo tiempo. Luego hablamos —contestó secamente mientras tecleaba de forma compulsiva.

El becario se quedó mudo y descompuesto. La dureza de la respuesta le desconcertó. Pensaba que sus horas en Pellman & Finch estaban contadas. Asustado y en silencio releyó una y dos veces más el informe y siguió tomando notas. Así llegó al final de su jornada. Entonces se incorporó.

—¿A dónde vas? ¿Tienes prisa? ¿Has olvidado que debes explicarme lo que dice nuestro servicio de estudios? —le espetó su compañero de mesa.

Paul, lívido, se volvió a sentar. Sintió un nudo en la garganta, pero su cerebro reaccionó porque por fin estaba en un terreno que conocía. El resumen que hizo, en apenas cinco minutos, era digno de un analista veterano.

—Bien, te puedes ir —fue la fría respuesta de su vecino.

Se incorporó y, desconcertado, abandonó la sala.

Al día siguiente, mientras se dirigía a las oficinas del banco de inversión, no reparó en el centelleo de los cristales de la fachada bajo el potente sol de la mañana, por una vez despejada y ventosa.

Tampoco se había fijado en la magnificencia y modernidad de la City durante el trayecto desde la parada del metro.

Entró callado y deprimido, y se sentó en su puesto.

Al cabo de unos minutos, su vecino le dijo:

—Tengo más material para ti. Léelo y hazme un breve resumen como el de ayer.

Esta vez no tuvo que esperar todo el día. Cuando terminó de procesar la información, avisó al operador que trabajaba a su lado. Lo vio hablando por un teléfono a la vez que tecleaba en dos pantallas, con aspecto frenético, tenso.

—¡Suéltalo! ¡El resumen! —le apremió sin apenas dedicarle una mirada.

Paul hizo un breve resumen de palabra, que pareció satisfacer a su interlocutor. Al acabar, este le formuló varias preguntas.

—¿Qué crees que hará la Reserva Federal con sus tipos de intervención?

—El PIB está creciendo y la inflación también. Esto le obligará a subir los fondos federales —respondió.

—Y en Europa, ¿qué divisas tienen mayor potencial y cuáles pueden depreciarse?

—En la convergencia hacia el euro, el marco alemán y el florín holandés son los ganadores. También el franco francés. Los perdedores pueden ser la lira italiana, la peseta española y la dracma de Grecia.

—Muy buena respuesta. Creo que tienes futuro aquí.

Ese fue el principio de su integración entre los duros operadores del banco. Su compañero, que se llamaba Callum Fitzgibbon, lo tomó bajo su protección. La mujer que trabajaba a su derecha, Serena Stappleton, también se dio cuenta de que era un becario listo y empezó a utilizarlo como apoyo.

Esto le valió ser aceptado por el círculo más próximo de sus dos primeros compañeros.

En cuanto Paul fue invitado a compartir la hora del lunch con ellos —en realidad poco más que un sándwich—, comenzó a vislumbrar el nivel de vida de los operadores de la sala.

Todos hablaban de viajes exóticos, de coches de alta gama, de ropa de diseño…

Todas y todos tenían un nivel muy elevado de conocimientos económicos y financieros, y manejaban una información que estaba al alcance de poca gente.

A los ojos del joven becario, estas personas formaban parte de un club muy exclusivo en el que él quería entrar a toda costa.

Conforme vieron sus notables capacidades analíticas, los otros le trataron como uno más, sin apenas presentaciones ni protocolo. O eras uno de ellos o eras un paria.