3. Llegada a Londres
Llegada a Londres
Paul Kloster franqueó la entrada de la residencia de estudiantes Passfield Hall con su acostumbrada y tímida sonrisa en los labios.
Temeroso y a la vez ilusionado, empezaba una nueva etapa de su vida.
Dejaba la casa familiar de Barcelona para instalarse en Londres e iniciar su formación universitaria.
No quiso que sus padres le acompañaran en este viaje.
¿Qué hubieran pensado sus compañeros de residencia?
—Cuida tu alimentación. Debes comer verdura todos los días y fruta. Evita la comida rápida —insistió Esther Farkas, ya aquejada por el síndrome del nido vacío, cuando despidió a su hijo en el aeropuerto de Barcelona.
En Passfield Hall, Paul se instaló en el dormitorio que le asignaron, una estancia sobria, monástica.
Una cama, una mesa con una silla, un tablón de corcho en una de las paredes y un armario.
Y una ventana que daba al patio del edificio.
Para otra persona, aquello podía ser desolador; en cambio, a él le permitió experimentar una sensación de libertad, que se mezclaba con un cierto temor.
¿Se había equivocado eligiendo la libertad, teniendo en cuenta que de repente iba a vivir desprotegido?
Sus habilidades sociales no habían mejorado desde el colegio. Seguía siendo un adolescente inseguro. Por eso le costó armarse de valor para pedir que no hiciesen ruido a las dos estudiantes que se alojaban en uno de los cuartos contiguos.
—Hola, soy vuestro vecino. No puedo ni dormir ni estudiar con este alboroto —dijo evitando mirar a los ojos a la chica que abrió la puerta embutida en un pijama.
—¿Qué alboroto? —contestó una voz femenina desde dentro, a lo que se unieron las risas de otras dos.
Desconcertado, Paul se quedó mudo mientras su cara se volvía de color carmesí. En la habitación había tres jovencitas más en las dos camas, con bolsas de golosinas, paquetes de cigarrillos y una botella, probablemente de alcohol.
—No te preocupes bajaremos la voz y… Ja, ja, ja…
La estudiante que aún sostenía la puerta junto a él estalló en un ataque de risa.
Es posible que estuviesen fumando algo más que tabaco.
Tal vez, por esto último, el grupito se pasase buena parte de esa noche con carcajadas más o menos contenidas.
Lo cierto es que Paul se sintió blanco de todas las risas que se filtraron durante horas desde el otro lado de la pared. Era el payaso de la fiesta.
No todo fue tan adverso en su primer año de universidad.
Aunque lo de las dos moradoras de la habitación contigua no tenía remedio, lentamente se fue integrando en la comunidad.
A final de curso contaba con algunos amigos y era apreciado por tres o cuatro compañeros.
También por sus profesores, que detectaron sus capacidades ya en las evaluaciones iniciales.
Paul cerró su primer año en la London School of Economics con excelentes calificaciones.
—Paul, tienes pasaporte inglés, pero ¿de dónde eres realmente? —preguntó Lucy Davies, una de sus nuevas amigas, cuando estaban cenando en grupo en la cantina de la residencia.
—De ningún sitio, no tengo bandera —respondió ufano—. Y tú, ¿sabes de dónde eres?
—Claro que sí. Soy del Reino Unido. Soy galesa. Nací y crecí en Aberdare, que es donde viven mis padres.
—Pues los míos viven en Barcelona, aunque podrían vivir en cualquier otro sitio. Mi padre es francés, hijo de franceses, pero solo residió en Francia los años de la universidad. Su padre era diplomático y su familia le siguió a todos sus destinos.
—Y siendo tu padre francés, ¿por qué tienes pasaporte británico? —preguntó la belga Anne-Laure Claes.
—Es la nacionalidad de mi madre, y Francia no acepta la doble nacionalidad. Soy británico porque nací en Londres, aunque al poco tiempo mis padres se trasladaron a Barcelona.
—Entonces ¿tu madre es inglesa? —terció Grant Evans, otro integrante de su nuevo grupo.
—Sí. Nació aquí. Mis abuelos llegaron al Reino Unido como refugiados justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Eran judíos húngaros. Aquí se conocieron, se casaron y tuvieron tres hijos, uno de ellos mi madre, que nacieron ingleses.
—¡Qué lío tan divertido! —exclamó Lucy con una sonrisa, ante el asentimiento del resto de los integrantes de la mesa.
—Crecí como extranjero en España, pero en el Reino Unido me siento también extranjero y en Francia me pasa lo mismo.
Enseguida le gustó mucho el Londres en el que vivía, en el corazón de la zona estudiantil de Bloomsbury.
Era un entorno multicultural y dinámico que le estimulaba.
Había muchísimas librerías, estudiantes por todos lados.
Su curiosidad intelectual, su vicio de la lectura…
Todo era compartido por la mayoría de sus vecinos de residencia, de calle, de barrio.
También disfrutaba mucho con su grupo de amigos, gente que procedía de diversos países, que mostraba pasión por el conocimiento y la lectura, y con ellos se sintió finalmente integrado.
Había sido un bicho raro toda la vida, pero ahora formaba parte de un grupo de bichos raros, lo cual hacía más soportable esa diferencia.
En definitiva, vivía satisfecho con lo que tenía: había acertado en la elección de sus estudios, disfrutaba del ambiente estudiantil y le gustaban sus amigos.
Solo le faltaba enamorarse.
Eso sucedió en el último tramo del segundo año. Ocurrió al coincidir en las clases de una asignatura trimestral optativa con una estudiante a la que no conocía. Se quedó deslumbrado desde el primer momento. Le parecía la mujer más guapa que nunca había visto. Esbelta, pelirroja y de ojos verdes.
Cierto día consiguió, como por casualidad, sentarse a su lado en una clase. Debía de ser la primera vez que ella, Caitriona Byrne, reparaba en ese compañero, y cuando la profesora salió del aula, empezaron a hablar.
Al día siguiente se sentaron juntos y los sucesivos también. Ella estaba a gusto con su nuevo amigo. Paul, siempre amable y muy prudente, evitaba en todo momento cualquier signo, gesto o comentario que pudiese revelar que lo suyo era más que una simple amistad.
A media mañana de un jueves, cuando paseaban por el campus matando el tiempo entre clases, le dijo:
—Me gusta mucho charlar contigo. —Miró a los ojos de su nueva amiga tratando de aparentar un aire distendido.
—Qué amable eres —respondió Caitriona con una sonrisa que a él le pareció perfecta—. A mí también me gusta que seas mi amigo.
¿Amigo? ¿Solo eso? ¿Era un freno o una invitación a dar un paso más? Optó por la prudencia.
Esa noche y las siguientes, solo en su habitación, se mantuvo casi insomne pensando si debía o no dar el paso definitivo.
Hasta que, de repente, un día cualquiera y en el momento más inesperado, sin haberlo planificado, se oyó a sí mismo diciendo:
—Caitriona, estoy enamorado de ti. Pienso en ti a todas horas. Quiero que lo sepas… —Y se quedó mudo.
Permanecieron inmóviles, el uno frente al otro hasta que ella rompió el silencio.
—No sé qué contestar —dijo ella—. Me has desconcertado. Somos amigos y te quiero mucho.
Reemprendieron la marcha en silencio. Un par de minutos después se separaban para seguir sus respetivos programas de clases. Paul se aferró con ilusión al «te quiero», pese a que ese «somos amigos» le desesperaba.
Al día siguiente decidió que iría a una fiesta en un pub cercano porque sabía que ella pensaba asistir.
Entró con paso inseguro en el local. Allí estaban sus dos amigas Lucy y Anne-Laure. «Menos mal. Así tendré con quien hablar mientras llega», pensó.
Al final de una espera que se le hizo agónica, Caitriona apareció.
Paul hizo ademán de incorporarse. Pero Caitriona no llegaba sola, entraba de la mano de Grant Evans.
Poco después vio cómo Caitriona y Grant empezaban a besarse apasionadamente, ajenos a todo y a todos. El golpe para Paul fue demoledor.
—¿Qué te pasa? ¿Has visto a un fantasma? —preguntó Anne-Laure, que estaba sentada cerca de él y le miraba con extrañeza.
—¿Te encuentras bien? —inquirió Lucy preocupada.
Paul no contestó. Paralizado, con la mirada perdida, tardó un par de minutos en reaccionar. Luego, con cierta solemnidad absurda, habló de forma algo incongruente:
—Caitriona Byrne. Está con Grant Evans.
—Claro. Llevan un par de semanas saliendo. ¿No lo sabías? —dijo Lucy.
—No sabía nada —acertó a contestar, y después de unos segundos sin encontrar las palabras adecuadas, musitó—: Ayer le declaré mi amor.
—¿A Caitriona? —preguntó boquiabierta Anne-Laure.
—Sí —respondió Paul con un hilo de voz.
Sin mirarlas, se incorporó y salió pasando cerca de la pareja. Ella no le vio, pero sí lo hizo Grant Evans, que le saludó con la mano y le dirigió una sonrisa burlona.
Aunque seguía siendo desgraciado en amores, Paul Kloster avanzó en cambio muy bien en sus estudios a lo largo de los siguientes cursos.
El tercer año de universidad se licenció como Bachelor of Science (BSc) in Economics y, para orgullo de sus padres, con una First Class Honours , la calificación más alta.
Esto último le animó a seguir un curso más en la London School of Economics para completar un Master of Science (MSc) in Economics , en el que también obtuvo la nota más elevada, una Distinction .
Tenía tan solo veintidós años cuando completó su formación universitaria.
Poco después, recomendado por uno de sus profesores y con el aval de sus brillantes calificaciones, consiguió un puesto como becario en Pellman & Finch, un banco de inversión estadounidense que tenía oficina en Londres. Allí lo asignaron al departamento de venta y negociación.