El vuelo de los gansos 2. Un anuncio trascendental, un personaje singular
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2. Un anuncio trascendental, un personaje singular

Un anuncio trascendental, un personaje singular

Comarca de Baza (Granada, España),

En el primer vehículo de la comitiva iba Amélie Hautemanière, socia fundadora y presidenta de HMC-PR, la potente agencia de comunicación y relaciones públicas con base en París que representaba a Paul Kloster y a su empresa.

En aquel mismo autobús viajaban los periodistas más relevantes.

No era casualidad, pues Hautemanière los había escogido cuidadosamente.

A lo largo del trayecto tendría tiempo de conversar con todos y cada uno de ellos y preparar así el terreno.

Cuando el vehículo ya enfilaba los confines del laboratorio, la comunicadora se dirigió con aire ceremonioso a tres de los periodistas del autobús con los que estaba conversando:

—Abrid bien los ojos, estáis entrando en un mundo nuevo.

—Espero que no me estés haciendo perder el tiempo, querida —exclamó la corresponsal energética de The TransEuropean , el medio de referencia en las cancillerías y en los despachos de poder económico del Viejo Continente.

—Entonces, lo celebro. Porque te va a sorprender.

Puedes no creerme, pero estamos ante una nueva versión en pequeña escala de la ciudad secreta de Los Álamos.

Pero no para fabricar la primera bomba atómica de la historia, sino para investigar y desarrollar el uso de una tecnología beneficiosa para la humanidad.

—Y suponiendo que esto no sea la exageración que me temo desde tu primera llamada, ¿cuándo empezó a fraguarse y por qué no se ha sabido nada hasta ahora? ¿Qué servicio secreto lo está financiando? —preguntó la periodista alemana, tan escéptica como al principio.

—Se empezó a construir hace ocho años y es plenamente operativa desde hace seis.

Aquí viven y trabajan largas temporadas, desde entonces, algo más de dos centenares de científicos de distintas nacionalidades.

Con toda probabilidad, se trata de uno de los lugares del mundo con mayor concentración de cerebros privilegiados por metro cuadrado.

—Si tan importante es el descubrimiento, insisto, ¿cómo han podido mantener el secreto durante tanto tiempo? —inquirió el corresponsal del Manhattan Times de Nueva York mientras los autobuses apuraban los últimos metros.

—Con suerte, mucha discreción y un alto compromiso con el proyecto de todas las personas que trabajan en él.

Los científicos viven aquí con sus familias en un pequeño pueblo autogestionado por ellos mismos, con todos los servicios comunitarios.

Las funciones de alcalde las ejerce el marido de la doctora Noriko Sakakivara-Watanabe, un hombre encantador que antes de jubilarse trabajaba como alto funcionario del Ministerio de Sanidad japonés.

Antes fue profesor en la Universidad de Kioto.

Es un reconocido experto en economía de la salud.

Su experiencia fue muy útil durante la pandemia.

No hubo contagios y los trabajos no se interrumpieron.

—¿Los empleados viven aquí con sus familias? —inquirió el tercero, corresponsal energético del Global Economic Times de Londres.

—Sí, casi todo el año. Los niños se educan en una escuela especial que imparte clases en varios idiomas y sigue los programas oficiales de enseñanza de distintos países.

El cuerpo de profesores lo integran exclusivamente parejas de los científicos que residen aquí.

La directora de la escuela es la mujer de Moulin, uno de los científicos, y se trata de una experimentada pedagoga.

Debo decirte también que ya han surgido tres parejas oficiales entre los investigadores solteros y…

supongo que algo más. Es casi una arcadia idílica.

Además, todos tienen muy buenos sueldos y no gastan prácticamente nada mientras viven en este lugar.

—¿Dónde trabajan? —preguntó el periodista inglés, que seguía pareciendo tomarse todo aquello con mucha seriedad.

—En unas instalaciones que enseguida vais a conocer. La mayor parte subterráneas. Se construyeron así para conseguir un mejor aislamiento térmico.

—Pero ¿cómo se financia? —continuó inquiriendo el británico.

—Solo hay una respuesta a tu pregunta: Paul Kloster.

—¿Cómo es ese misterioso Kloster?

—Ya lo verás. Su fuerza y su carácter innovador me recuerdan un poco a Steve Jobs.

—Eso es muchísimo decir, querida —sonrió la corresponsal de The TransEuropean sin ocultar su escepticismo.

Acabaron la conversación cuando el autobús llegó a su destino.

Se detuvo en una plaza cuadrada circundada en tres de sus lados por un edificio en forma de U, con amplios ventanales y de una altura no superior a dos pisos.

Lo mismo hicieron los otros autobuses con su cargamento de periodistas especializados de todo el mundo.

La organización los condujo hasta un hall, donde había dispuesto un refrigerio: pastas de té, sándwiches, tapas a la española, cafés, infusiones y bebidas frías.

En el amplio salón adyacente estaba todo preparado para la rueda de prensa: varias filas de mesas colocadas en formato escuela.

Presidiendo la sala, sobre una plataforma elevada escamoteable, una mesa con tres sillas y dos atriles de metacrilato, uno a la izquierda y otro a la derecha.

Detrás, una enorme pantalla sincronizada con varias terminales dispuestas por toda la estancia.

A la derecha, una decena de cabinas acristaladas para la traducción simultánea.

Pocos minutos después, cuando los asistentes ya se habían acomodado, fotógrafos y cámaras de televisión se arremolinaron cerca de una de las puertas de acceso a la sala, señal infalible del principio del baile.

Enseguida aparecieron Amélie Hautemanière y un hombre que debía de ser Paul Kloster.

Efectivamente, el nuevo archimillonario de la energía, alto, sonriente, vestido con una cazadora de ante marrón, camiseta blanca y pantalones negros que contrastaban con una imagen reluciente del planeta azul a sus espaldas, se situó en el centro del escenario.

Se plantó sonriente ante todos mientras sonaba en los altavoces el «Himno a la alegría» de la Novena Sinfonía de Beethoven en la versión dirigida por Wilhelm Furtwängler, que fue bajando de volumen en cuanto empezó la conferencia de prensa.

A Kerstin Holstein, la enviada de The TransEuropean , le sorprendieron positivamente dos cosas: la elección de una versión tan antigua de la sinfonía, pues delataba a un melómano peculiar, y, además, el aspecto de ese tal Kloster.

Ni un buen actor habría caminado con esa soltura ni sonreído de aquel modo: sutil pero con mucha naturalidad.

No lucía dentadura, sencillamente estaba contento. Tenía encanto.

Amélie Hautemanière, situada en un atril a un lado del escenario, ejercía de maestra de ceremonias. Con voz suave y templada, se dirigió en inglés al auditorio:

—Buenos días. En nombre de todo el equipo de personas que integran Solar Alternative, muchas gracias por acudir a esta rueda de prensa. Me acompaña el presidente de Solar Alternative, Paul Kloster.

La mayoría de los presentes pensaron que aquel tipo poseía un asombroso magnetismo.

Pese a la expectación generada, aún tardó unos minutos en comenzar debido al barullo formado por la abigarrada nube de fotógrafos y cámaras que tomaban imágenes con su acostumbrada voracidad.

Una vez que esta marea fue remitiendo, ante la firme insistencia del personal de HMC-PR, el auténtico protagonista del día arrancó, presentándose a sí mismo:

—Buenos días. Soy Paul Kloster. —Tenía buena voz y un inglés mid-Atlantic, como de periodista de la BBC, sin acento extranjero—.

Les doy la bienvenida a estas instalaciones.

Lo hago en mi nombre y en el de los doctores Noriko Sakakivara-Watanabe y Franz Reissenberg.

Ellos son los que, junto a sus brillantes colaboradores, han hecho posible los extraordinarios avances científicos logrados en este laboratorio…

Han sido muchos años de trabajo con un objetivo que motivaba a todos y que ha obtenido por fin los resultados que acaban de avalar sus prestigiosos colegas.

Solo cuando hemos obtenido ese aval nos hemos atrevido a convocarlos a todos.

Les agradezco su presencia. Les aseguro que no se irán decepcionados, más bien lo contrario.

Hablaba de forma pausada, con un tono firme pero distendido.

Tenía una voz grave, cálida. A primera vista parecía rondar los cuarenta y pocos años, quizá algo menos.

Su cara, de tez clara, resultaba muy juvenil, con facciones bien dibujadas que denotaban mucha personalidad; pelo claro sin entradas y peinado con una raya a la izquierda; un metro ochenta y cinco o algo más de estatura, y aspecto de deportista por sus anchas espaldas y la agilidad de sus movimientos.

Aunque sus rasgos eran nórdicos, tenía la piel ligeramente tostada por el sol.

El tipo dominaba la escena. Transmitía un aplomo propio de quienes, sin tener una gran experiencia en comparecencias públicas, saben qué quieren transmitir.

—Insisto: gracias a todos ustedes por haber venido.

Estoy convencido de que no se irán con las manos vacías, pues lo que voy a anunciarles es un gran salto para la humanidad, por citar a Neil Armstrong, el primer ser humano que pisó la luna.

Y estoy midiendo muy bien mis palabras. Sé que ustedes son personas bien informadas, conscientes de los fracasos estrepitosos de la humanidad y los estados del mundo a la hora de intentar frenar el calentamiento global.

Kloster hizo una pausa. Inspiró profundamente, retuvo un instante el aire en sus pulmones, y luego lo soltó, muy despacio. Aquel tipo decía verdades sin disimulo ni disfraz. Al cabo de unos instantes, prosiguió: