El vuelo de los gansos 1. El libro de los «patos»
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1. El libro de los «patos»

El libro de los «patos»

Era una plácida mañana en Barcelona. Esther Farkas, sentada a su piano de cola compacto, estaba a punto de empezar a tocar el tercer movimiento de la sonata Claro de luna , de Ludwig van Beethoven.

Las manos no llegaron a alcanzar las teclas.

Su hijo Paul, de apenas diez años, entró en el salón de la casa diciendo a voz en grito:

—Ma-ma-mamá. ¿Por qué hay peee-personas que pueden vivir sin lo salvaje y otras que no?

El niño la miraba fijamente esperando una respuesta. Su madre, una concertista que había decidido retirarse para educar a su pequeño, torció el gesto. Suspiró y se quedó mirando a su único hijo. Bien sabía que este, cuando hacía una pregunta, no se conformaba con cualquier respuesta.

—¿Qué seres salvajes, Paul? —preguntó desconcertada.

—Pues los paaa-patos y ooo-otros seeeres salvajes…

—¿Te refieres a los animales que viven libres en la naturaleza?

—Sí, a esos. ¿Pooor-por qué aaa-algunas personas pueden vivir sin ellos y oootras no? ¿Pooor qué… nosotros no teeenemos seres salvajes en casa?

—Si viviesen con nosotros no serían seres salvajes, sino animales domesticados —acertó a contestar ella—. ¿Por qué lo preguntas?

—Pooorque looo diiice el libro de los paaa-patos —respondió el niño mostrándoselo.

La madre enseguida lo identificó y le corrigió con una dulce sonrisa:

—No son patos, son gansos, mi amor.

Era un ejemplar antiguo. Ella lo había comprado años atrás en una de sus exploraciones por el South Bank Book Market, el mercado londinense de libros de segunda mano. Se trataba de A Sand County Almanac , la obra póstuma del estadounidense Aldo Leopold.

Esther cogió el libro que le tendía su hijo y lo abrió por el prólogo del autor. Leyó la primera frase y sonrió: «Hay quien puede vivir sin lo salvaje y quien no puede».

—Es un libro muy bonito. Aunque hay partes de él que son un poco difíciles. Tendrás que esperar unos años para leerlo.

—Nooo. Ahora, quiiieeero leeerlo ahora. Y ya he empezado —contestó con firmeza el pequeño.

—Pues anda, léelo ahora mismo, mi amor. Ah, y esa frase quiere decir que hay dos clases de personas: las que necesitan el contacto con la vida de los bosques, las aves, las montañas, los mares y los peces tal como existen desde el principio de los tiempos, y aquellas para las que eso no tiene ninguna importancia e incluso destruyen esa vida natural tan bella.

—A mí me-me-me gustan mu-muuu-cho los patos de este libro… ¿Cuándo iremos a verlos al bo-bo-bosque?

—Un día iremos a ver los gansos, al delta del Ebro o a donde haya. Ya lo averiguaré. Te lo juro. Ahora, lee el libro, y yo tocaré un ratito el piano, Paul.

Esther era muy consciente tanto de la poderosa inteligencia de su hijo como de su obstinación. Si quería leer el libro, lo haría. Eso sí, ya se podían preparar ella y su marido para contestar un sinfín de preguntas.

El pequeño Paul Kloster padecía eso que se denominan «diferencias en el procesamiento del lenguaje».

Esta disfunción, que afecta a muchos niños superdotados, como él, le supuso en un principio una limitación para expresarse y luego le provocó un ligero tartamudeo que no superó hasta alcanzar la pubertad.

Todo ello influyó en su carácter, retraído y extremadamente tímido. Al pequeño le costaba mucho relacionarse con la gente de su edad y solo se encontraba a gusto con los mayores. Buscaba refugio en la lectura y era un devorador compulsivo de libros. La extensa biblioteca familiar lo hacía posible.

—¿Quééé es un búúú-búho?

—¿No será un pájaro con ojos muy grandes que vive de noche?

A Paul se le iluminaron los ojos, feliz por la respuesta de su madre.

Esa noche, en la cena, y unas cuantas veces más hasta acostarse, Paul no dejó de preguntar sobre los animales de su nuevo libro. Y eso se repitió durante muchos días a esa misma hora.

—¿Yyy una mooo-mofeta?

—Un mamífero que huele muy mal —respondió monsieur Kloster divertido.

—¿Yyy un buuu-busardo?

—No lo sé. Debe de ser otro animal. Cuando acabemos de cenar lo miramos en la enciclopedia.

—¿Yyy pooo-por qué maaaltratamos la tierra?

—¿Cómo dices? —preguntó sorprendido su progenitor.

—Paul está leyendo un libro muy bonito que compré hace años. Trata de la necesidad de equilibrar el desarrollo de las sociedades humanas con la conservación de la naturaleza.

—Desconocía que fuesen incompatibles.

—¿Y no te has enterado de que la industrialización de la agricultura está destruyendo paisajes y zonas vírgenes a un ritmo muy acelerado? —dijo su esposa, acompañando sus palabras con una mirada severa.

—Querida, para alimentar a tantos millones de habitantes como tiene el planeta hay que cultivar los campos con eficacia.

¿No sabes que hay hambre en muchos países del mundo?

Es obvio que necesitamos construir casas para cobijarnos.

Y que sin la producción de las fábricas no tendríamos los bienes que necesitamos para mejorar nuestro nivel de vida —intervino molesto el ingeniero Paul Kloster, ante la mirada desaprobadora de su esposa.

—Nooo ti-tieee-tienes razón, papá. Nooo pooo-podemos matar a los aaanimales, ni cortar los ááárboles paaara vivir mejor. Si pieeensas eso, eres malo —zanjó el niño ante la sonrisa complacida de Esther Farkas.

—Es importante considerar que nuestra relación con la naturaleza y los animales va más allá de lo económico.

Debe haber una ética de la tierra . Debemos conciliar el progreso material con la preservación de nuestro entorno —explicaba Paul ante un grupo de compañeras y compañeros de su clase de último año de bachillerato.

Cuando la mayoría de ellos empezaba a interesarse por sus amigas o amigos y sus novias o novios, antes de graduarse en el colegio, el joven Paul prestaba atención también a otros asuntos.

Su madre acababa de regalarle una obra clave del medio ambientalismo, Primavera Silenciosa , de Rachel Carson, y él ya se expresaba en términos tan inflados como impropios de su edad.

—¿Eres siempre tan aburrido? —cortó en seco uno de sus compañeros, provocando la risa del resto.

Paul se quedó mudo. Ya no pudo explicar los efectos letales de los matahierbas contaminantes que se usaban en la deforestación de la selva amazónica para permitir los cultivos industriales de soja transgénica.

«Tal vez no es el lugar ni el momento indicado», se planteó Paul. Había superado la tartamudez, pero todavía era un chico tímido, retraído. Aquello era una fiesta, la primera a la que acudía en su vida, y pretendía impresionar a Carolina, entonces la chica de sus sueños.

Ese día quería dar el paso, derribar un muro invisible y hasta ese momento infranqueable.

Antes se preparó a conciencia. Preguntó y repreguntó a su madre sobre cómo debía vestirse.

Ensayó varias opciones para romper el hielo y conseguir, por primera vez en todo el curso, hablar con Carolina.

Soñaba con declararse, confesarle su inquebrantable amor.

Después de fracasar en su intento de abrir un debate medioambiental, su autoconfianza empezó a mermar. Aun así, sacando fuerzas de donde no las tenía, se dirigió directamente a su amor platónico.

—Hola, Carolina, ¿qué tal te lo estás pasando? —se atrevió a decirle en un esfuerzo casi sobrehumano.

—Es Don't be Cruel . ¡Me encanta! —respondió ella en referencia a la canción que empezaba a sonar—. ¿Te gusta Bobby Brown?

Sin darle tiempo a contestar, Carolina le invitó a bailar y Paul no entendió su gesto. Inseguro, no sabía si debía o no seguirla. Se quedó petrificado. Impotente, observó cómo ella se alejaba bailando sola. Ocasión perdida.

A este primer intento frustrado siguieron otros tres, o quizá cuatro, incluso cinco más. Perdió la cuenta.

Pocos días después, Carolina y un compañero de clase anunciaron su idilio. Los dos eran populares, lo que les convirtió en la pareja de la semana en el ecosistema del colegio.

El resto del curso fue un tormento. Se bloqueaba al verla. No lo invitaban a las fiestas, ni sus compañeros contaban con él. Solo conseguía romper el hielo en el fútbol, deporte en el que era un competente jugador de equipo.

Así, solitario, deportista y muy buen estudiante, se volcó en su formación académica.

Llegó entonces el momento de tomar la primera gran decisión de su vida. Monsieur Paul Kloster, orgulloso ingeniero de la Escuela Nacional de Puentes y Caminos de Francia (ENPC), siempre pensó que su hijo seguiría sus pasos y se formaría en esta prestigiosa escuela de ingeniería de París.

El tema se abordó un sábado en la comida familiar, meses antes de completar su último curso en el Liceo Francés de Barcelona.

—¿Qué quieres estudiar? Tienes capacidad suficiente para entrar en la mejor universidad. Debes decidirte pronto.

—Ya lo sé, papá. Ya me he decidido. Me interesa la economía. Creo que es una ciencia que me ayudará a entender el mundo y cómo se asignan correctamente los recursos.

—¿No quieres ser ingeniero? —dijo sorprendido su progenitor.

—No. Quiero aprender economía.

—Tienes cualidades para ser un gran ingeniero, piénsalo.

—No insistas —terció la madre—. Debe trazar su propio camino. Si quiere ser economista, debemos apoyarlo. ¿Has pensado dónde te gustaría estudiar?

—Dicen que la London School of Economics es la mejor en esta especialidad. Quiero presentarme a las pruebas de acceso.

Estaba a punto de cumplir dieciocho años cuando logró ser admitido.

Al instalarse en la capital británica, la ciudad donde casualmente había nacido, entre los libros de su equipaje no faltó su libro de cabecera, el de Aldo Leopold, que consultaba o leía y releía, parcial o totalmente, con cierta periodicidad.