El vuelo de los gansos Prólogo #3
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Prólogo #3

—No sean ingenuos, por favor —continuó—.

No podemos depositar nuestra confianza en manos de una persona así.

Hoy en día, disponemos de tecnología que facilita esta clase de reuniones mediante sistemas informáticos sin trazabilidad.

El hecho de que haya aceptado venir a este buque para hablar con nosotros revela que es un incauto, y su imprudencia puede ponernos en peligro a todos nosotros.

Su actitud de bravucón no me engaña. Quiero que Paul Kloster fracase, tanto como todos ustedes —admitió Al Rahfa a sabiendas de que la mirada y la mente de todos sus colegas estaban muy pendientes de él de él, incluidas las del saudí—.

Los negocios de mi emirato dependen de ese fracaso, lo mismo que todos los intereses de cada uno de ustedes.

Pero, señor Lynton, precisamente porque quiero que el caudal de beneficios que obtiene mi país se mantenga así durante muchos años, creo que hemos de ser cautos.

Por ejemplo, no debemos olvidar que habrá varios gobiernos de países importantes que podrían apoyarle y utilizar sus recursos para defenderlo.

No todos los países tienen carbón, petróleo ni gas natural.

Para muchos gobiernos y empresas, lo que Kloster propone supone la capacidad de librarse de nosotros, de nuestro petróleo, de nuestro gas, de nuestro carbón.

Además, el proyecto de ese tal Kloster cuenta con el favor de una parte relevante de la opinión pública en muchos países muy importantes.

Solar Alternative suena bien y no será fácil destruir su imagen de benefactor de la humanidad y salvador del planeta.

Para ser eficaces debemos ser mucho más sutiles de lo que parece que puede ser ese señor Zhukov.

Un gesto de estupor se dibujó en el rostro de Lynton. No lo esperaba. Contaba con haber escogido muy bien a sus invitados. Había dado por supuesto que todos ellos se alinearían con su dura estrategia.

Pero el catarí insistió:

—Deberíamos explorar otras vías. No me opongo a que trabajemos juntos en esto, pero de otra manera.

—No le entiendo, jeque Al Rahfa —intervino el norteamericano—.

¿Qué mejor para acabar con la amenaza que pesa contra nosotros que contratar a un especialista de eficacia contrastada?

Nadie sobrevive a los ataques de mister Markus.

Se lo puedo asegurar. Ya les he contado al principio cuál fue el éxito del primer contrato que tuve con él.

—Apreciado señor Lynton —replicó el catarí—.

Nos conocemos desde hace muchos años. Siempre nos hemos entendido.

Nunca he dudado de su buen juicio hasta ahora.

Por eso me inquieta sobremanera la sola idea de dejar toda nuestra estrategia en manos de una persona como este mister Markus.

Repito que tenemos que ser muy cuidadosos.

Precisamente porque él no parece serlo. ¿Cómo vamos a explicar este encuentro con él si comete errores, por ejemplo?

No quiero ser rehén de sus métodos… Unos métodos, por cierto, que ni siquiera se digna explicarnos.

¿Han escuchado ustedes algún detalle, ni el más nimio?

A mí, al menos, no me gusta que me traten como a un niño.

Su exposición acabó por desconcertar a todos los asistentes. Nabil bin Issi tomó por fin la palabra.

—¿Debemos entender que no podemos contar con usted ni con los suyos?

—Para contratar a mister Markus y supeditar a su persona toda nuestra estrategia, rotundamente no —respondió el catarí, fijando los ojos en su vecino arábigo.

El saudí le sostuvo la mirada durante unos segundos que a los demás les parecieron infinitos. Y finalmente exclamó:

—¡En el Reino de las Dos Mezquitas sabemos bien lo que podemos esperar de nuestros vecinos! Son tan pequeños de tamaño como de espíritu.

Al oír esto Zahid al Rahfa se levantó como un resorte de su asiento, apoyó sus dos manos sobre la mesa y contestó elevando el tono de su voz:

— Ibn al Kalb .

— El´an Abook —replicó Bin Issi apretando los dientes.

Casi ninguno de los presentes entendió lo que se decían, aunque todos podían percibir la gravedad de las afrentas. «Hijo de un perro» y «Maldito sea tu padre» eran fuertes insultos. Harry S. Lynton trató de calmar los ánimos y, cuando se hizo un silencio tenso, se dirigió al catarí:

—Respetado amigo Zahid, ¿esta es su decisión final?

—Como ya les he dicho, no creo que contratar a esta persona sea la solución adecuada. Por tanto, considero prudente abandonar esta reunión ahora mismo. Les juro que de mi boca no saldrá una palabra sobre este encuentro.

Se levantó, dedicó una mirada desafiante al saudí y se encaminó hacia la puerta de la sala. Con paso firme y sin mirar atrás, marchó decidido hasta la popa del yate para abordar una embarcación y dirigirse al aeropuerto.

Mientras, en la sala de reuniones, muy apesadumbrado, Lynton volvió a tomar la palabra.

—Lamentablemente, no podremos contar con él.

Debo confesarles que estoy decepcionado —insistió Lynton—.

Confiaba en que todos nos podríamos entender, estamos en el mismo barco.

Doy por sentado que en este momento, por fin, los aquí reunidos coincidimos en la necesidad de adoptar la estrategia de máxima dureza y de contar con los servicios de mister Zhukov.

Todos asintieron.

Y en ese momento Bin Issi se dirigió a sus compañeros de reunión:

—Seamos conscientes de que tenemos un enemigo más que antes del comienzo de esta charla.

Les advierto, queridos amigos, que Zahid al Rahfa nos acabará traicionando.

Ahora conoce nuestros planes y nos venderá.

No nos tomemos este peligro a la ligera y actuemos en consecuencia.

No es solo él, así son todos los habitantes de ese minúsculo e insignificante emirato.

—Le aseguro que no vamos a dejar ningún cabo suelto.

Nuestro hombre se encargará de ello —dijo Lynton—.

Tiene instrucciones estrictas. Ahora vamos a concentrarnos en lo principal, que es anular a Paul Kloster y su empresa.

De entrada, tenemos que proveer los fondos necesarios para costear tal cometido.

Y establecer el reparto final del pago y de sus plazos, como mister Markus nos ha pedido.

Además, debemos designar a un interlocutor, de acuerdo también con lo que nos ha dicho él.

Propongo para esta función, si no tienen inconveniente, a uno de mis ejecutivos, el señor Peter Olsen, una persona de mi máxima confianza y a quien ustedes han visto a mi lado en muchas reuniones de alto nivel.

Todos estuvieron de acuerdo con la persona designada y con repartirse a partes iguales el coste de la contratación del especialista. Lynton concluyó:

—Nos reuniremos solo si la situación lo requiere, en casos de extrema gravedad. Mientras tanto, mantengamos abierto un canal de comunicación. Y ahora dejemos trabajar a mister Zhukov.

—No caigamos en el error de olvidar el peligro que suponen los traidores —insistió el príncipe saudí.

—Tomo muy en serio su advertencia y mister Zhukov lo hará también, amigo Nabil. En breve tendrá noticias.

Y con esto Harry S. Lynton III dio por acabada la reunión, momento a partir del cual todos empezaron a dirigirse en lancha hacia el aeropuerto para abordar sus jets y abandonar el archipiélago venezolano.

Nada más subir a su avión, el jeque Zahid al Rahfa, aún inquieto por cómo se había desarrollado la reunión, decidió poner al día a su hermano menor, Tamim, quien conocía los detalles de la convocatoria de Lynton.

El noble catarí, receloso de los problemas que se pudiesen derivar de su disensión con los confabuladores, creyó oportuno informarle de inmediato.

— As-salamu alaykum , Tamim. Espero que la paz y las bendiciones de Alá estén contigo y con los tuyos.

— Wa alaykum as-salam , Zahid. Todo en orden. Es un placer escucharte.

—He abandonado la reunión. Te acabo de mandar un mensaje con todos los detalles. Nuestro anfitrión quiere proceder contra la amenaza de forma irreflexiva, contratando a un mercenario muy experimentado. Los demás asistentes están de acuerdo.

—¿Y el de la otra orilla también?

—El vecino, hermano, camina demasiado rápido y nos hemos insultado delante del resto.

—Zahid, esto que me explicas es muy grave.

—Sí lo es, Tamim. Me ha insultado a mí y a nuestra casa, y he contestado.

—No podemos tolerar esta ofensa contra nuestra familia. ¿Cuál es nuestro próximo paso?

—Debemos actuar con prudencia y asegurarnos de que nuestras acciones sean discretas. No podemos permitir que esta situación nos debilite.

—Ciertamente, hermano Zahid. La lealtad y la unidad son la base de nuestro legado…

En ese preciso instante una explosión desestabilizó el avión, que entró en pérdida. El jet se precipitó al mar en aguas internacionales.

El equipo de Markus Zhukov, respaldado por los hombres de Rubén González, había colocado discretamente una carga en la zona del tren de aterrizaje, que, al detonar, partió en dos la aeronave.

No hubo supervivientes.