Prólogo #2
—¿Y qué idea tiene? ¿Cómo hacerlo con eficacia? ¿Y cómo actuar sin que nadie sepa que estamos detrás de lo que sea que tengamos que hacer?
Mijail Solchakov estudió los rostros de los presentes tratando de interpretar el efecto de la propuesta.
No hubo más intervenciones de palabra, y Lynton entendió que todos los asistentes aprobaban el plan. Tomó la palabra de nuevo:
—Tengo la persona indicada. Un tipo implacable, un especialista, una garantía de éxito.
Opera en todo el mundo. Ya he contratado sus servicios en varias ocasiones y nunca ha fallado.
La primera vez fue hace años en la Cumbre del Clima de Copenhague de 2009, y fue uno de los principales artífices que nos ayudó a reventarla.
Hubo sonrisas de satisfacción. Todos recordaban el éxito inesperado de las filtraciones de correos de prestigiosos investigadores, que provocaron el fracaso de aquella cumbre climática.
Era la primera vez que Lynton afirmaba que fue iniciativa suya.
Solchakov sonrió con expresión astuta, no en vano la información crítica la habían conseguido los hackers rusos.
En todo caso, las palabras del estadounidense provocaron el primer instante de alivio en toda la reunión. Había soluciones.
—Debo admitir —prosiguió Lynton— que desconozco su nacionalidad o identidad real.
Tiene una docena de pasaportes con nombres diversos.
Para nosotros será Markus Zhukov o mister Markus.
Está en el barco, pero no lo vamos a ver y él tampoco nos debe ver a nosotros.
Utilizaremos la tecnología —dijo mientras señalaba los sistemas de audioconferencia situados a ambos extremos de la mesa— para oírnos mutuamente. Vamos a ver qué estrategia nos propone.
Lynton, un hombre sorprendentemente fuerte, al que sin embargo se le empezaba a notar la edad, se incorporó con parsimonia, apretó una tecla del dispositivo y se dirigió al interlocutor sin cara:
—Mister Markus… Ya estamos todos, podemos empezar.
Quienes estaban en la sala de la cubierta principal no podían adivinar su aspecto.
El tal Markus Zhukov era un hombre cercano a la sesentena, estatura mediana, enjuto de cuerpo y de aspecto anodino.
Esta primera impresión desaparecía cuando su mirada se fijaba en cualquier persona.
Sus ojos revelaban una frialdad glacial.
—Estoy aquí porque ustedes me han llamado —empezó el «invitado especial» con voz metálica—.
Nunca hablen de mí a nadie. No existo. Yo tampoco lo haré de ustedes.
No traicionen mi confianza, no traicionaré la suya.
Seré eficaz. Y no repararé en medios. Ni aceptaré, una vez empecemos, reticencias sobre mis métodos de cualquiera de ustedes.
Era una amenaza. Ninguno de los presentes estaba acostumbrado a escuchar esto de nadie y menos de un desconocido cuya identidad ignoraban. No protestaron. Markus continuó.
—Me han llamado y me han pedido que les solucione un grave problema.
Han acudido a mí sin que yo me ofreciera.
No he venido a discutir el precio ni los métodos.
Insisto, no acepto regateos, ni en el precio de mis servicios, ni en el coste ni en el tipo de recursos que deba utilizar.
Si quieren ganar esta guerra de la que ya he sido informado por su amigo Lynton, deben estar dispuestos a tratar a sus enemigos sin piedad.
Esa es mi filosofía. Si están de acuerdo en que no hay límites con los métodos, podemos empezar.
—Mister Zhukov, si le pido que se incorpore a esta reunión es porque estamos todos de acuerdo. Queremos contratarle. ¿Puede explicar a mis queridos invitados qué estrategia piensa usted seguir? —dijo Harry S. Lynton III.
Tras un breve silencio que a todos se les hizo largo, respondió:
—Su problema se llama Solar Alternative y su hombre es Paul Kloster. Esto significa que debemos actuar en dos frentes: la empresa y la persona. Ni la empresa ni la persona deben seguir siendo motivo de preocupación para sus intereses ni para sus familias. Me queda muy claro.
—¿Habla usted de matar al señor Kloster? —intervino el venezolano Rubén González.
—No, señor. Al menos, no en un primer momento.
No quiero construir un mártir. A ustedes no les conviene.
Si lo que me pregunta es si quiero acabar con él como persona, mi respuesta es clara.
Rotundamente sí. Haré lo que haga falta, y yo determinaré qué es lo que hace falta.
Nadie dará un céntimo por él cuando yo consiga deshonrarle.
Ustedes solo tendrán que juzgar los resultados.
—Markus hizo una pausa y prosiguió—: En un primerísimo momento los ataques los dirigiremos contra Solar Alternative.
Es necesario que se cuestione la fiabilidad de su tecnología, su solvencia financiera, la ética de su estrategia y de sus intenciones.
El mundo sabrá que se trata de un proyecto que ambiciona el control total de la energía que se produzca y se utilice en el planeta Tierra.
Destrozaremos su imagen de corporación limpia.
En una segunda fase, los ataques los dirigiremos también contra la persona.
Tendremos que desacreditar a Paul Kloster, quebrarlo emocionalmente, destrozarlo y lograr que abandone su proyecto.
No hablo solo de ensuciar su imagen, sino de lograr que él mismo se convierta en su principal enemigo.
»Iré sumando socios al proyecto, sin que sepan realmente en qué juego están metidos.
Estoy pensando en grupos de interés, en creadores de opinión, en empresas y en todo lo que sea necesario.
Y, por otro lado, también reclutaré agentes a nuestro servicio entre las personas más próximas a él, sus amigos y socios, personal de la empresa, de su casa.
Y si todo lo anterior no es suficiente… —añadió—, pasaremos a la fase de eliminación.
Me refiero, ahora sí, a la eliminación física.
Algo que no deje rastro de sus autores intelectuales.
La seguridad y la reputación de todos ustedes y de los intereses que representan han de quedar a salvo a lo largo de los diversos procesos y actuaciones.
Los presentes acogieron sus contundentes palabras con un profundo silencio y algún gesto de asentimiento. Les había gustado. Tras una larga pausa, Harry S. Lynton III volvió a tomar la palabra.
—Mister Zhukov… Gracias. Eso es exactamente lo que queremos: que aniquile Solar Alternative y, si es necesario, a su líder; y que la trazabilidad de toda la operación sea imposible.
Ya conozco sus condiciones económicas y en cuanto las hayamos aprobado colectivamente, se lo comunicaré por la vía usual.
—Si es así, me pondré a trabajar tras recibir su confirmación y el primer pago, que se hará de la forma habitual.
Cuanto antes se decidan, antes empezaré.
Pero tal como han escuchado, las líneas de trabajo ya están estudiadas y cuento con el personal pertinente para cada una de mis actuaciones.
Y ahora, una advertencia que vale para todos.
No nos volveremos a reunir, salvo en circunstancias muy excepcionales.
Y no voy a revelarles nunca cuáles serán mis métodos, lo que garantizará que no tengan siquiera que guardar un secreto si se vieran sometidos a alguna clase de presión en el futuro.
Cumpliré mi cometido y ninguna sombra amenazará a ninguno de ustedes ni a sus negocios.
Designen un enlace y yo estableceré con él la vía de contacto…
el menor número de veces posible. Olvídense de mí.
Y olvídense también de las amenazas que puedan suponer Paul Kloster y Solar Alternative.
Es asunto resuelto, aunque puede que lleve tiempo.
Dicho esto, cortó la señal de su intercomunicador. Harry S. Lynton III hizo lo mismo y acto seguido se dirigió a todos los socios de la conjura:
—Celebro que el acuerdo sea total y sencillo. Gracias, amigos. Mister Markus trabaja con eficacia y sin dejar rastro. Por mi experiencia, sé que no solo le importa el dinero, sino también su orgullo profesional. —Y terminó con una pregunta retórica—: ¿Alguien quiere añadir algo más?
Pero en ese momento, y para pasmo de todos, se alzó una voz:
—Damas y caballeros, no me parece una estrategia inteligente —dijo el catarí Zahid al Rahfa mientras los miraba con aquellos ojos tan negros como su cabello.
Todos se volvieron hacia él—. Utilizar a una persona como mister Markus solo puede traernos grandes problemas en el futuro.
Le han oído decir que sus técnicas le permiten ser intrazable, que nadie podrá conectarnos con él, ¿no es cierto?
Escrutó los rostros de todos los presentes y vio un gesto de asentimiento en ellos. Parecían la mar de tranquilos y confiados. El elegante catarí les dedicó una sonrisa sagaz.