El vuelo de los gansos
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Prólogo
Archipiélago de Los Roques (Venezuela),
A bordo viajaba Harry S. Lynton III, un hombre de setenta años y máximo responsable de una dinastía empresarial de Luisiana que había hecho crecer una fortuna nacida a principios del siglo XX que abarcaba todos los ámbitos relacionados con el oro negro y sus derivados.
Dos días antes, ese aeropuerto, situado en aguas territoriales de Venezuela, se había cerrado de manera súbita al tráfico comercial.
Los turistas habían visto cómo sus vuelos se anulaban sin recibir explicación alguna.
Además de su cierre a todo tráfico aéreo regular, el aeropuerto y las zonas inmediatamente aledañas habían sido evacuadas.
El Bombardier paró sus motores cuando estaba ya muy cerca de las modestas instalaciones aeroportuarias.
Al pie de la escalerilla esperaba al notable pasajero y a sus acompañantes un solícito edecán, vestido de uniforme blanco inmaculado, quien les indicó que le acompañaran camino del embarcadero, situado a unos escasos cien metros de la terminal.
Una vez allí, Lynton y los suyos se subieron a una lujosa lancha, dejando atrás a los cuatro fornidos caribeños que les habían prestado una brevísima escolta.
El trayecto en la Hinckley Runabout 34 no duró más de cuatro minutos.
Su destino, anclado a medio camino entre los cayos de Francisquí y Madrisquí, era un moderno y estilizado yate de ochenta y cinco metros de eslora y cuatro cubiertas, con pabellón de conveniencia panameño.
Los viajeros que se dirigían a ese yate imponente vieron que un Bell 429, que había despegado desde el helipuerto situado en la proa de la lujosa nave, sobrevolaba a baja altura la zona de fondeo.
Dos potentes lanchas auxiliares de color gris, con hombres visiblemente armados, navegaban describiendo un amplio círculo que sellaba el entorno.
A algo más de una milla de distancia, fuera del alcance de la vista de los recién llegados, uno de los cuatro patrulleros oceánicos de la Armada venezolana permanecía vigilante.
En el propio yate, varios pretorianos, algunos con rifles de mira telescópica y otros con prismáticos, escrutaban el horizonte. Ninguna embarcación, recreativa o de pesca, ni ese día ni en los dos anteriores, fue autorizada a navegar por esa área del archipiélago.
Lynton, que era quien había convocado el encuentro, observaba la escenografía con satisfacción.
Había exigido que nadie, fuera de los presentes, debía tener noticia siquiera de esta cumbre secreta.
Y Rubén González, conocido como el Zar del Petróleo venezolano, era un anfitrión muy meticuloso en cuestiones de seguridad.
Cuando el gringo superó el último peldaño y pisó la cubierta, el venezolano abrió sus enormes brazos de oso para darle un abrazo.
—Querido amigo Harry. Sé muy bienvenido. Tú has convocado, tú mandas.
—Compruebo que lo has organizado con mucha eficacia, querido Zar.
—No me llames así delante del ruso, ya sabes que es muy suspicaz.
—¿Ha llegado el invitado especial? —preguntó Lynton en voz muy baja.
El venezolano asintió con la cabeza. Lynton sonrió.
El «invitado especial» se encontraba en ese momento en una sala de la tercera cubierta.
Al entrar en la estancia la había revisado, primero con un detector de frecuencias y luego con otro de cámaras ocultas.
Se trataba de un saloncito cerrado con dos ventanas tapadas por cortinas correderas y una mesa redonda con sillas para cuatro comensales; en el centro de la mesa, había un altavoz que también era micrófono manos libres de conferencia.
Así se iba a comunicar con sus nuevos clientes. No debían verle ni él debía verlos.
El estadounidense y su anfitrión venezolano franquearon la entrada del amplio salón de la cubierta principal, donde les aguardaban sus cuatro invitados y dos camareros que tenían la habilidad de mimetizarse con el mobiliario.
Primero, Lynton y González saludaron al de mayor rango, Nabil bin Issi, hombre del desierto y príncipe saudí, vinculado por un parentesco muy próximo con la dinastía que ejercía el poder absoluto en su país.
Vestía de forma tradicional entre los ciudadanos de alto estatus de Arabia Saudí: de blanco, con túnica larga y pañuelo, sujeto a su cráneo por un agal negro.
Casi todas las decisiones energéticas relevantes del Reino de las Dos Mezquitas pasaban por sus manos.
Kayla Collard no esperó su turno. La ruda sexagenaria se adelantó y abrazó a Lynton.
Se dirigió a él con un inglés de marcado acento austral.
La llamaban la Dama de Hierro del Carbón por sus numerosas explotaciones de este mineral, que gestionaba con mano firme.
Representaba a la cuarta generación de su emporio familiar en Australia.
El tercero en el turno de saludo fue su excelencia el jeque catarí Zahid al Rahfa, un hombre de mediana estatura, fina complexión y suaves modales.
Íntimo enemigo del saudí por las insalvables desavenencias entre estos dos países vecinos, marcaba su diferencia vistiendo a la occidental con un traje azul oscuro de elegante corte de Savile Row, camisa blanca y corbata de seda de tonos rojos, y unos finos zapatos negros de cordones.
Se trataba de una persona muy próxima a su emir, de quien era el principal estratega energético.
Luego se acercaron a Mijail Solchakov. Este poderoso oligarca del frío era presidente de un conglomerado privado y paraestatal con importantes intereses en la extracción de petróleo y gas natural, y también poseía vastas explotaciones ricas en carbón.
El ruso y Lynton se saludaron con un frío apretón de manos.
Se detestaban y no se molestaban en ocultarlo.
Completado el turno de saludos, invitados y anfitrión tomaron asiento alrededor de una mesa alargada situada al fondo del salón, en la segunda cubierta del yate, ocultos a toda mirada exterior.
Sumando sus propiedades y negocios controlaban en conjunto una porción importante de los recursos energéticos planetarios que garantizan la movilidad, la producción industrial y la calidad de vida del mundo desarrollado.
A ninguno de ellos les hacía la menor gracia escuchar cosas como «cambio climático», «combustibles contaminantes» ni todas esas bobadas que, lamentablemente, se oían con demasiada frecuencia en varios foros internacionales.
Empezaron siendo solo los amos de la energía.
Sin embargo, los beneficios obtenidos a lo largo de decenios los habían convertido también en los dueños de todo tipo de activos en muchos sectores, tales como el inmobiliario y de bienes raíces, el mercado de las obras de arte, los clubes de fútbol, así como empresas no energéticas y corporaciones de diversa índole.
Aquella mañana había tensión en las expresiones. Las miradas y las actitudes denotaban la impotencia de quienes eran el poder personificado y se encontraban ante un desafío aparentemente muy serio.
Habían acudido a la llamada del estadounidense Harry S. Lynton III, aliado de algunos, competidor de todos, odiado por varios de los concurrentes. Por la gravedad del asunto, su voz de alarma había sido atendida sin excepción.
Una vez que se hubieron sentado, Harry tomó la palabra.
—Tenemos un serio problema. No voy a andarme con rodeos.
Ya saben a qué me refiero, a ese Paul Kloster y a su empresa y sus malditos inventos.
No podemos ignorar la gravedad de lo que ha comenzado a hacer.
Esto puede acabar con nosotros en muy pocos años.
Por eso les he convocado. Yo no me voy a quedar cruzado de brazos.
Les invito a superar nuestras diferencias y enfrentarnos juntos a esta amenaza que nos afecta a todos por igual.
Si no actuamos de inmediato, lo que ahora es una hormiga podría acabar con el mundo tal como lo conocemos, y con la fuente de nuestra fortuna y nuestra posición de dominio. Creo que estarán de acuerdo en eso.
Con aire grave y escrutando a todos los presentes con una mirada severa, prosiguió:
—Mi grupo se compromete a proporcionar una parte de los recursos financieros y los medios necesarios para poner fin como sea a ese proyecto que amenaza nuestros legítimos intereses.
Supongo que estarán de acuerdo en que esto no va a ser barato ni sencillo.
Por eso queremos sumar nuestras fuerzas a las de todos ustedes.
Seremos mucho más eficaces si nos coordinamos y seguimos una misma estrategia.
Hizo una breve pausa y, levantando el tono de voz a la vez que daba un fuerte golpe sobre la mesa con su mano derecha abierta, sentenció:
—El mundo necesita fuentes de energía fiables y contrastadas.
Ya las tenemos. Ni planeta verde ni planeta azul, sino un planeta que funcione.
Nuestra energía hace funcionar al mundo.
¿A qué viene tanta bobada, tanto cambio climático?
Pero si lo que ahora es una empresa minúscula llegase a prosperar, y su invento fuera tan fiable como aseguran fuentes independientes, nuestros hijos y nietos se arrastrarían por las esquinas como parias, y yo no lo voy a consentir.
Después de un breve silencio, el saudí Nabil bin Issi, que estaba sentado enfrente del norteamericano, tomó la palabra:
—Seamos tan fríos como implacables. Creo que todos los aquí presentes estamos de acuerdo. Existe la necesidad de hacer algo y acabar con esa empresa… Apoyo la idea de una acción concertada y financiada conjuntamente.
Lynton los recorrió uno a uno con la mirada y alzó la voz.
—No esperaba menos. Nosotros estamos dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para defendernos. Y he dicho TODO —añadió, con un gesto de determinación en el rostro—, pero necesito saber ahora si los demás se suman a la operación con su voluntad y su dinero.
El resto de los asistentes permanecía en silencio, hasta que el ruso, que ocupaba un asiento contiguo al del saudí, preguntó al anfitrión: