Capítulo 63
Un mes después de la tragedia
Madrid
—Siempre he querido saber quién vendría a mi propio funeral —dice Mar. Su madre tensa los labios y le acaricia los dedos magullados que asoman por el cabestrillo, porque hoy lo presencia.
En el funeral de Estado por las víctimas del Embryo, están la madre y la abuela de Maravillas Poquet. Por supuesto, su padre y Elena. Si se piensa detenidamente, no tiene mucha más familia que esta que la vela hoy en Madrid.
También intuye, a lo lejos, a Ernesto Acevedo y a Cruz, la aspirante a viuda de su marido.
La ceremonia en la Almudena resulta sobria.
Están los reyes, la presidenta del gobierno y representantes de ejecutivos autonómicos.
Entre los presentes, diplomáticos europeos y la representante estadounidense.
Según los datos oficiales, una decena de las víctimas del Embryo eran de nacionalidad española.
Se consensuó que el homenaje fuera en Madrid.
El em bajador alemán ha acudido al acto, como a tantas otras exequias celebradas en diferentes países en las últimas sema nas.
El vuelo de la fortuna partió de Frankfurt, sede también de la Fundación Embryo.
Su representación no deja de sonar a cierto duelo culpable: una década mirando hacia otro lado.
La anuencia de los mandatarios con el poder.
La presidenta del gobierno saluda uno a uno a los supervivientes.
La reina, impecable, mira a los ojos a los nuevos Afortunados con su empatía fría y escuálida.
Cuando llega el turno de Mar, no sabe por qué, la abraza.
Algún asesor debe de haberle comunicado su tragedia: que ha perdido a su marido y que la dieron por muerta las dos semanas que estuvo inconsciente en el hospital.
La identificación de los cuerpos carbonizados ha sido un despropósito.
—Lamento su pérdida y toda la confusión —dice Su Majestad.
Lo ha visto en otras catástrofes, como en el funeral de Estado por las víctimas de la Dana, la ceremonia es poco más que un teatro donde la tristeza de los familiares es parte de la tramoya solemne. «Al menos en esta —se dice Mar— han invitado a todos los allegados».
La mandataria, ampulosa, se une a la conversación. Una de las múltiples cámaras que sigue la ceremonia en directo enfoca a la presidenta. El diálogo es indistinguible para la audiencia, pero Maravillas se lo sabe de memoria. Su desgracia ha sido últimamente un disco rayado para los curiosos.
—Gracias, estoy bien —dice Mar con su brazo recogido, tras la segunda operación—.
Al parecer, no se lo puse demasiado fácil a los equipos de rescate.
Cuando me hallaron inconsciente, con el brazo triturado y con graves quemaduras en las piernas, lo único que importaba era salvarme la vida.
Estabilizarme, intervenirme. Éramos muchos.
Los fallecidos del Embryo se contaron a cientos.
—Demasiados —se hace cargo la Reina.
La sororidad de su abuela la rescata.
—Tampoco ayudó que la bata médica conservara la identificación de una investigadora europea de una complexión similar a la de mi nieta.
«Mi nieta». La familiaridad con la que Begur habla de ella le derrite el corazón.
Se emociona. El lagrimeo confunde a su Majestad.
Condescendiente, le pone la mano en el hombro.
Mar solo tiene ganas de que caiga el telón, de irse a casa.
La presidenta del gobierno la mira expectante.
Sabe lo que viene ahora, la confusión del bolso azul.
—No se preocupen, nadie podía prever que esa mujer conservara mis objetos personales. En la bandolera, hallaron mi dispositivo móvil junto con mi documentación. Confundieron nuestras identidades.
La ceremonia continúa. Las autoridades se despiden y avanzan a la siguiente cara compungida con su pésame afectado.
Se saltan deliberadamente la hilera de Ernesto Acevedo.
Los medios han criticado hasta la extenuación su permiso especial para asistir a la ceremonia .
Un abrigo ajeno cubre sus grilletes. La vida del empresario asturiano ha quedado reducida a cenizas, pero el poder continúa inmune a ciertos privilegios.
El abuelo de Mar ha perdido a Monika y a su hijo en la tragedia.
La reconstrucción de los hechos apunta a que Hans no sufrió .
Que ya estaba muerto cuando el sueño de la sanación fue devorado por las llamas.
En cambio, la agonía de Monika Volkers es una conjetura.
El infierno del empresario la deja fría.
Su psicólogo le dice que en algún momento tendrá que llorar.
El homenaje ha finalizado.
Livia Ferrante le acaricia el pelo. Caminan hacia la salida con pasos lentos .
Su nariz de gaviota gotea y tose brevemente.
En las iglesias siempre hace frío. Su madre la toma del brazo malo.
Ramón y Elena cierran la comitiva. En la salida , ven cómo la pareja de Germán atiende a los periodistas .
Mar esquiva las preguntas sobre su marido, también sobre su abuela: ¿cómo Acevedo pudo no reconocerla?
Sortea a los redactores , pero sobre todo elude a Cruz y el dardo de su mirada.
Le debe una respuesta.
Los adelanta la comitiva real. Su paso deja flotando en el aire una fragancia tenue, a nuevo día.
Antes de regresar al coche oficial , la reina tiene un gesto con la familia de Ponce Sava té.
Su Majestad es una gran lectora. La televisión recoge las palabras que dispararán las ventas de un escritor que hizo lo correcto.
Maravillas sonríe desde la distancia. Otra fan .
Pero ella solo puede pensar en la pérdida.
En esa chica. Y en la criatura de ambos, tan pequeña todavía .
Por fin, rompe a llorar.
Por ella, por Cruz, por Germán.
Sus lágrimas ruedan rostro abajo. No hace nada por contenerlas. Se precipitan al llegar a su mentón, como de un acantilado.
Rompen las gotas en la playa de su falda.