El vuelo de la fortuna Capítulo 62
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Capítulo 62

El humo comienza a invadirlo todo. Una cincuentena de fichas alcanza el espacio del nivel superior. Las personas que han conseguido escapar de sus camarotes van a medio vestir, otros lucen vestimenta formal para impresionar a las decenas de medios acreditados.

Quienes alcanzan el salón van ligeros de equipaje.

Unos acuden solos, otros han ayudado a sus compañeros de planta a escapar de las llamas.

La mayor parte del pasaje, dirá el informe pericial , perderá la vida arrastrando sus pertenencias o intentando abrir cajas fuertes cuya combinación habían olvidado.

Mar observa con admiración cómo Aguilar dirige la operación de salvamento en mitad del desastre . No resulta sencillo mantener el equilibrio, el Embryo continúa con su desigual precipitación.

Begur, políglota, recibe a los pasajeros de la ONU volante y los desvía hacia los ventanales del fondo.

Pronuncia la palabra «saltar» en más idiomas de los que sabe.

Su respiración agitada se resiente. La humareda pronto será irrespirable.

Se asfixia. El flujo de personas aterrorizadas puebla el salón. En sus ojos la certeza de la muerte .

—¿A qué altura estamos? —dice alguien.

—No sé , quizá cinco o seis metros.

El estado del globo es crítico. Sin fuelle, el desplome es inminente.

—Vamos a impactar. ¡Salten! —dice Aguilar.

Las mujeres, bravas, han realizado una cadena.

Una vez orientadas por Begur, Mar les indica por megafonía qué ventana han forzado y Aguilar les facilita los ropajes.

Algunos de los viajeros, los menos, portan colchones.

Algunos Afortunados conservan la templanza de compartir las migajas de su suerte.

Rajay Kumar, el damnificado de Bhopal, es uno de ellos.

Desgarra con la boca una sábana cara. Envuelve su mano con el trapo y despeja la superficie dentada de otro vitral para facilitar la huida.

Arya Devant prueba por qué es una estrella: ha anudado sus telas para facilitar el desalojo de los niños. Tavo Méndez se arroja al vacío en solitario. El oligarca ruso sigue su ejemplo, olvidando a su hija tras el cristal.

La pequeña no lo consigue.

—¡Dos metros! —dice Aguilar—. ¡Salten!

—¡Salgan antes de que la proa se hunda! —dice Mar, aferrada al micrófono.

El morro del Embryo también impacta.

La noche se ilumina.

El coloso está en llamas.

Un olor reconocible, a carne asada, deja en silencio a los su pervivientes que dudan. Amigos, familiares y compañe ros gritan en puntos difusos. La tela del techo se funde con la estructura. Consumida la solidaridad, la grandeza se apaga. Terror, carreras, rabia atropellada.

Mar presencia cómo un filipino menudo es sepultado por el colapso estructural. Nuevas lenguas de fuego asoman por la puerta contraria al comedor. Están sitiadas. El estallido es cegador. Los cristales de las ventanas vuelan pulverizados como proyectiles etéreos.

Aguilar empuja a Begur fuera del dirigible y salta tras ella antes de que el fuego atrape a regazados como Aurora Mengual. Los gases inflamables sorprenden a Volkers y Nanshan buscando un acceso natural por la sala de lectura.

No son más que cenizas.

El Embryo es ahora una bola de fuego cuyo vientre reposa sobre el suelo de Lakehurst. Una ballena en un océano en llamas.

Las sirenas rodean el dirigible. Lo último que intuye Mar es cómo, desde el exterior, equipos de profesionales, sa nitarios y bomberos auxilian a los A fortunados que han logrado escapar por las salidas naturales: el salón panorámico y la góndola exterior.

La prensa convocada revive la transmisión de Herbert Morrison bajo la lluvia.

Oh, the humanity!

Nadie vuelve a tener noticias de Maravillas Poquet.

Su nombre y el de Germán Casals figurarán en el recuento oficial de víctimas.