Epílogo
Dos meses después de la tragedia
Castellón
—Gracias por venir, Mari Cruz.
—Cruz, puedes llamarme Cruz.
Maravillas agradece el detalle de la mujer de la vida de su marido. El gesto de proporcionarle un nombre menos familiar para una conversación grave.
La mujer bonita se lo pone aún más fácil.
—Solo Germán, aparte de mis padres, me llamaba Mari.
Para Mar, Cruz siempre fue «Cariño ».
Los ojos de las viudas se preñan de lágrimas.
— Cruz, te debo una explicación.
—Me debes muchas cosas… ¿Cómo pudiste?
Mar baja la mirada y finge estudiar la carta del bar de la calle de Enmedio, junto a su tienda . Disimula para ganar tiempo. No le entra nada.
—No soy la misma persona que conociste en Ayora.
No miente. El vuelo de la fortuna ha cambiado a los treinta y siete supervivientes para siempre.
—Germán tampoco —dice Cruz— . En realidad, no era la persona que creía, el hombre perfecto con el que pensaba que iba a casarme. No le reconozco en la caricatura que los medios muestran de él. Esas teorías disparatadas sobre el colapso del planeta…
— Creo que fue una sucesión fortuita de acontecimientos, Cruz.
Nadie, excepto quien fletó la nave, podía saber que yo le convencería para que embarcase.
Que allí se encontrara con Peiró fue una broma del destino.
Ese hombre supo manipularlo. Supongo que Germán estaba muy alterado desde que yo pulsé su resorte.
Cruz asiente. Nunca soportó a ese profesor.
Piden té humeante con dos azucarillos. Desde el Embryo, Mar ha dejado el café.
—¿De qué resorte hablas?
—De ti, Cruz. De mi chantaje. Hablo de ti, pero eso ya lo sabes… Germán entró en el Embryo para que yo saliera de su vida. Para que le concediera el divorcio.
Cruz se lleva la bebida a los labios. Elige callar con fingida sorpresa. Los medios llevan semanas narrando la vida y mila gros de los pasajeros. Maravillas lleva una versión indolora bajo el brazo.
—Quería compartir su vida contigo.
—Pero continuaba enamorado de ti.
Mar se ahorra la parte de la verdad que más duele. A veces, la sinceridad solo sirve para empeorar las cosas. Y esta vez es una de esas veces. Cruz está en lo cierto. Las teorías de la fatiga del planeta no guardan relación con la verdadera obsesión del ingeniero: Maravillas Poquet.
Peiró se había radicalizado, sí, pero Germán no.
Si bien era cierto que su futuro en la central le preocupaba, el encuen tro con su mentor fue providencial.
Le brindó una estrategia perfecta para recuperar a Mar a través del miedo.
Si ella ya no le amaba, al menos podría forzar que le necesitase.
«Eso, en Japón, esa dependencia nos funcionó durante un tiempo».
Al principio, tan solo fueron bajadas eléctricas para asustarla.
Pero Peiró le exigía una mayor implicación, y el sabotaje fue escalando.
Eligió mal sus tácticas. Decidió seguirle el juego a un lunático.
Y los pirados, por definición, son impredecibles.
—Estaba loco por ti —repite Cruz.
—Pero ¡¿qué tonterías estás diciendo ?! —dice Mar. La noche de amor con Germán, clavada todavía, le impide arrepentirse por el tono.
—Lo comprobé en cuanto pusiste un pie en nuestra casa, en cómo te miraba.
Antes del siniestro, ni siquiera sabía que ha bía estado casado.
Pero tu presencia, la felicidad fugaz que experimentasteis en Namie, se le quedó pegada.
Estabas por todas partes, Mar . Ahora lo sé.
La presencia de las personas que no podemos olvidar es una película de polvo en suspen sión que cubre los muebles de una casa cerrada.
Tu fantasma se sentaba con nosotros a la mesa, se enredaba entre las sábanas.
Tu recuerdo planeaba sobre nuestros aniversarios felices, nuestras vacaciones en la playa.
La dependienta mira el azucarillo. Lo rasga y el contenido se esparce por la mesa como las partículas en suspensión de las que le hablan.
—Pero al ver tu desesperación de entonces, al confesarme Germán tu negativa al divorcio, lo vi… Trece años, Mar, trece. Nuestro futuro secuestrado por una maldita firma…
—No sé qué es lo que viste, pero te equivocas. Entre Germán y yo no quedaba nada.
La contradice:
—Comprobé que tú también lo querías sin saberlo. Que aún lo haces, a tu manera. Ese modo terrible que teníais de necesitaros, fiero y egoísta, no deja rehenes. Él trató de olvidarte en otras camas. ¿Crees que no lo sé? Toda esa rabia…
Lo intuía. La maldición de los hombres bellos.
—El cordón umbilical del alquiler de esa tienda tuya, otra evidencia . ¿Sigo?
—No hace falta.
Sigue igualmente:
—Tu negativa a la firma era un modo de atarlo a tu vida .
Mar nunca lo había visto así, pero quizá Cruz esté en lo cierto. «Mejor tener un poco de Germán que nada en absoluto», se sorprende.
—Firmé los papeles, Cruz. Solo quería que lo supieras. Yo ya no soy un obstáculo. Las implicaciones se las llevó el fuego, pero estoy aquí para hacer lo correcto. Sé que os acababais de comprar una casa.
Ante la ley, continúa siendo la heredera de Germán.
—Eso no tiene ningún tipo de validez legal . Ya lo sabes.
—Yo no quiero nada de Germán. Esa casa es vuestra. También esto.
La propietaria de la Flea Market deposita un ostentoso llavero sobre la mesa.
Son las llaves de un establecimiento que ha recuperado el lustre de la letra L.
Lo hace despacio, el brazo ha soldado bien, pero necesitará rehabilitación para recuperar la movilidad.
Las quemaduras de las piernas son ya otra historia.
—He adecentado la tienda, cambiado los maniquís y remozado el letrero de la entrada. Me gustaría que te quedaras con ella. A fin de cuentas, ha permanecido viva gracias a Germán. Lo he consultado con Elena y está de acuerdo en continuar trabajando para ti, si te parece bien. Es lo justo.
Se siente mezquina. La indemnización por la tragedia del Embryo hará que no tenga que madrugar nunca más. Que pueda comprar el tiempo que siempre ha anhelado para poder escribir. «Las cosas llegan cuando una ya no las quiere».
Cruz mira perpleja a Mar.
—No quiero tu maldita tienda, estúpida.
Ahorra explicarle que la Fea por fin es lucrativa. Los curiosos hacen cola durante horas para comprar cualquier prenda que haya rozado la Afortunada maravillosa.
—Y entonces ¿por qué has venido? ¿Qué quieres de mí?
—¿Qué tal la verdad , Mar? Quiero saber cómo murió Germán.
Mar se toma su tiempo, porque no lo sabe. Le ofrece un consuelo plausible.
—Cambió de idea, Cruz. Y nos salvó. Sospechaba que Schäfer liberaría la antena antes de aterrizar y regresó al puente de mando. Quería pedir ayuda.
Cruz se muerde el labio.
—En cierto modo, Germán fue un héroe. Se sentía responsable por haber manipulado el sistema eléctrico. Todos aquellos apagones y bajadas de tensión… Lo que ignoraba era que nadie podría haber cambiado el curso de los acontecimientos. La tormenta resultó fatal.
»Pudo ponerse a salvo, pero eligió inmolarse.
Aguilar recelaba de que Schäfer pidiera ayuda y le instó a que se comunicara con la redactora.
La misma que contactó contigo y con mis padres.
No sabemos en qué momento tuvo acceso a la radio, pero lo hizo.
La alemana fue la primera en desvelar los tejemanejes de Acevedo y la fundación.
Germán, en última instancia, eligió proteger la verdad .
—No creo que eso lo convierta en un héroe. Solo era un infeliz torturado por su mala conciencia.
—A veces, los héroes son personas comunes haciendo lo correcto.
— Mar se encoge de hombros—. Y sí, Cruz, nos salvó de la posverdad, de la narrativa que construyen los amos del mundo.
Ese relato que nos cuenta que la salud se puede comprar, que todos los partidos son lo mismo , que el cambio climático no existe o que los impuestos no sirven para nada.
Esa fórmula mágica de soluciones sencillas a problemas complejos.
—Y, entonces, ¿quién mató a Ponce? ¿ Es cierto que la fundación no tiene nada que ver con su muerte?
Maravillas Poquet mira su taza.
—Sé lo mismo que tú, Cruz. La versión que ha trascendido es que Monika Volkers contactó con Arya Devant para proteger a Ponce y que la maga hizo todo lo contrario.
Confesó haberlo asesinado con un utensilio de su espectáculo: una de sus esferas de cuero y arena.
Una discusión que se le fue de las manos.
Admitió el homicidio involuntario durante las primeras horas, casi a pie de pista, en estado de shock.
Sus abogados están preparando la estrategia de defensa .
—Pero ¿actuó por despecho, entonces?
Mar se acerca casi a la verdad.
—Eso nunca podremos saberlo. Aunque no es ningún secreto que no llegó a superar la muerte de Sira .
Siempre se culpó por haber dormido con Savaté la noche del siniestro de su hermana.
Quizá se dejara llevar por el dolor. La ira no deja espacio para nada más .
Con todo, no pinta mal el proceso. Sin pruebas y sin cuerpo del delito, será difícil demostrar según qué cosas .
—Yo había oído que el asesinato ni siquiera está relacionado con la Moleskine.
—Es probable. —Mar recuerda el tacto de la libreta—. Que Arya memorizara el galimatías de Ponce no significa que necesariamente descifrara su clave. Supongo que Arya solo tenía buena memoria.
—Sus talentos eran otros.
Mar reflexiona sobre el suyo: el último vuelo de la fortuna merece ser contado. Para redimir a Ponce, a Germán. Para cambiar el relato.
A fin de cuentas, su ídolo le regaló la inspiración que buscaba.
Se produce un silencio incómodo.
—Una última cosa.
—Tú dirás…
—¿Qué fue de la trabajadora de la fundación que salvó tantas vidas?
Se refiere a Patricia Aguilar. Acevedo la ha inculpado.
—Está en prisión provisional a la espera de juicio. Conseguirá un buen trato. Al menos, eso espero. —El vínculo con Patricia es ya de por vida.
Se hace el silencio.
El té está frío.
Cruz se incorpora, dispuesta a marcharse. Tiene la sensación de que se va con más preguntas que respuestas. No es el cierre que necesita, pero es un punto final decente para pasar página.
—Que tengas suerte, Mar.
Las llaves de la tienda continúan sobre la mesa.
La mujer guapa también ha resultado ser elegante.
Mar alza la vista y ve el sol radiante a través de la ventana. La cálida luz de Castellón invade el local. También ve a dos mujeres, madre e hija, al otro extremo de la calle. Las divisa a lo lejos, sonriendo desde la acera de enfrente, ondeando la manita. La han venido a buscar.
«Que tengas suerte», le ha dicho Cruz.
Y, sí, se sabe afortunada.
Recoge las llaves de la tienda de Elena y se fija en el sobre desparramado.
«La suerte es como el sol: siempre está ahí, pero solo la vemos cuando brillamos».
Arruga el papel y lo arroja al cesto.
Ya no necesitará más profecías.
El sol está alto.