Capítulo 60
Quince minutos antes de la tragedia
La maniobra de amarre ha comenzado. Germán la presencia, oculto, desde la góndola externa. Schäfer parece enajenado.
—¿Altitud?
—Doscientos pies y bajando.
—Lancen los cabos auxiliares de proa.
—Señor, desde tierra nos desaconsejan la maniobra.
—Ciento noventa pies.
Germán entiende que la antena lleva horas en funcionamiento. La emisora chisporrotea. El desastre es inminente. El capitán reestablece contacto con la torre de control. El personal de tierra podrá está comprado, pero la maniobra no cuenta con autorización oficial estadounidense.
Schäfer toma el interfono. Se salta lo convenido con Acevedo. No puede obviar por más tiempo su responsabilidad.
—Lakehurst, tenemos un problema. ¿Me reciben? Aquí el capitán Schäfer . ¿Me reciben? Necesitamos su ayuda, Lakehurst. ¡Respondan!
Lakehurst protesta, ininteligible .
—Señor, entiendo sus reservas de «Ya se lo advertimos» —dice al controlador aéreo—, pero tiene que escucharme.
Su interlocutor desautoriza el descenso como un disco rayado.
— Um Himmels villen! —Maldice el capitán—.
¡¿Acaso no entiende lo que le estoy diciendo?
! Tienen que activar el protocolo de emergencia, Lakehurst. Es muy probable que no lo logremos.
Avisen a los hospitales más cercanos. Si nada lo impide, nos enfrentamos al incendio más pavoroso de la historia de la aviación moderna.
La nave inicia un giro descendente alrededor de la pista.
Lo hace hacia la izquierda para orientar el morro hacia la pequeña torre Eiffel.
Continúa el proceso de liberar lastre: lo hace expulsando emisiones de los tanques.
Lentamente, el dirigible reduce su altura y velocidad: ciento ochenta pies, y bajando.
—Estamos orientados hacia el mástil, capitán.
—Preparados en tierra para contacto. Procedan a anudar el cabo principal a la plataforma del cabestrante.
La orden, sin embargo, no llega a ejecutarse. Una virulenta ráfaga de viento húmedo aleja al Embryo del poste y lo acerca al final de su fortuna.
—¡Alineen la nave! Rectifiquen la posición de la proa.
Pregunta por la fuerza del ciclón. Se la dicen.
Germán presencia cómo Schäfer cierra los ojos. Cincuenta nudos es un temporal extremo. El titán es una hoja a merced del torbellino.
En una maniobra tan compleja, el giro del Embryo, un sublime latigazo en forma de S , hace el resto.
Un chasquido terrible de una zona alejada sucumbe a la tensión estructural.
El daño ya está hecho , pero ni Germán ni Schäfer pueden escuchar al asesino silencioso .
El movimiento súbito ha causado una rotura en una de las celdas de hidrógeno en la parte posterior de la nave. La fuga de gas ha comenzado.
Los inofensivos cabos de metal recubiertos de lino son la mecha que la mala suerte necesita.
—Lanzando cabos.
Otro bandazo.
La sacudida hace que la antena con un aislamiento deficiente deje a la vista un pelado mucho mayor.
El rayo goloso duda por qué elemento deleitarse: la antena de radio o una de las cuerdas que también ha perdido su revestimiento aislante.
La ventisca despeina las guedejas con odio.
Las enreda, mojadas, como un pulso de lenguas.
Que el rayo contacte con una mecha metálica no es ya algo evitable.
La deflagración de la popa del Embryo hace estallar las primeras celdas de hidrógeno verde.
Una sacudida enorme provoca que Germán quede al descubierto en una cabina de control donde reina el caos. Schäfer lo mira con curiosidad.
El dirigible comienza a perder altura de un modo vertiginoso por la parte trasera. Se desinfla mientras se precipita como un suflé.
El último viaje del Embryo arderá en minutos.