Capítulo 59
Cincuenta minutos antes de la tragedia
El frío me cubre los pies y trepa por mi cuerpo como la lengua de un viejo.
Es la humedad de mi niñez. La cercanía al mar de la casa del Puerto de Sagunto no perdona.
Mi madre siempre decía que hay personas que llevan la tormenta dentro.
Debo de ser una de ellas. El agua está helada.
Sin embargo, hoy hace un buen día. Las olas están en calma y veo mis pies a través del agua.
Juguetean mis dedos con guijarros de la orilla.
Llevo las uñas pintadas. Me adentro un poco más, el oleaje suave cubre mis muslos, mis caderas, mis pechos.
El sol tibio comienza a cubrirse por unas nubes aceleradas por un mando a distancia.
Una gaviota gravita a mi alrededor. El cielo se abre.
Intento desandar el camino, pero la corriente me arrastra mar adentro.
El agua fría cubre mi boca, mis ojos. Borrosa, diviso el espejismo de una playa animada. Nadie me ve.
«¡Eh, estoy aquí!». Braceo. No hago pie.
La gaviota grazna. El cielo negro se ilumina.
De repente, una descarga .
¡Ay! El muslo me arde por la punción de un ente abisal.
Más luces. Me hundo.
Dejo de respirar. Descanso .
Es liberador dejar de sentir esperanza.
Mi último pensamiento es para Germán.
—¡Patricia! ¡No respira! Tienes que hacer algo.
Tras el picotazo de la pierna, otro aguijón la espabila. Esta vez en el hombro.
Mar no lo sabe, pero la naloxona inunda su sistema y abre los ojos. La primera bocanada la devuelve a la consciencia.
Ya recuerda. Continúa en la sala de intervenciones del Embryo. Los halógenos la ciegan. La prominente nariz de una gavina italiana le da la bienvenida.
La playa se va.
La manta de frío se queda.
Pasan largos minutos hasta que sus constantes se regulan.
Vomita de modo automático un par de veces.
Necesita eliminar los narcóticos de su organismo.
Está ridículamente débil y febril. La tormenta del vívido sueño es ahora una terrible borrasca que azota el dirigible.
Las condiciones meteorológicas son fatídicas a menos de una hora del descenso.
El suministro eléctrico duda antes de dejarlas a oscuras cuando alcanzan Nueva Jersey.
—¿Mar, puedes caminar?
Su abuela la ayuda a bajar de la camilla. Poquet contiene las ganas de llorar. «Ya tendremos tiempo», se dice, equivocada. La mujer le tiende un vestido feo y un calzado enorme.
—Los ha elegido Germán —dice Begur.
Aun a oscuras, sabe que miente. Una abuela no puede dejar de serlo.
Maravillas arrastra los zapatones. Lastra a su equipo.
—Gracias por regresar a por mí. No sé cómo agradeceros esto, pero no hago más que retrasaros. Voy muy despacio. Me muero de frío .
Aguilar se quita la bata robada y se la tiende a oscuras.
Mar se la abotona hasta la garganta . El sistema eléctrico lucha por recobrar la normalidad.
Se enciende el generador de emergencia al tiempo que salen al pasillo de servicio.
El corredor es un ir y venir de tripulantes.
No obstante, nadie demuestra el más mínimo interés en las tres figuras.
El cielo truena. Están organizando el aterrizaje , a pesar de las centellas. La razón, el mensaje por megafonía:
«Queridos pasajeros, estamos preparando la maniobra de descenso.
Llegaremos a destino según lo previsto. Nos congratula informales de que, a pesar de las circunstancias adversas, aterrizaremos con veinte minutos de antelación si nada lo impide.
Les rogamos permanezcan en sus camarotes hasta que sea segura la operación.
La torre de control ha autorizado la aproximación y los equipos de tierra preparan ya el mástil de amarre».
—Es imposible que Lakehurst nos haya autorizado. No en estas condiciones —dice Begur—. He viajado lo suficiente para saber que ningún país aprobaría una maniobra aérea tan arriesgada.
Está en lo cierto . La Fundación Embryo se juega demasiado. Una vez el trasvase de Hans ha resultado fallido, la suerte del resto de los viajeros los trae sin cuidado.
—Tienen que cubrir sus huellas —dice Aguilar—. Además, es imposible que se hayan comunicado con el aeródromo sin liberar la antena.
Begur coindice.
—Vayamos a mi camarote.
Su nieta disiente. Camina lento , pero piensa rápido. Una corazonada le indica que tienen que huir de la popa, de la cabina de la baronesa . En la proa estarán más seguras, como pasó en 1937 .
—No, debemos desplazarnos hacia el morro.
—En ese caso , subamos al salón panorámico. Al menos disfrutaremos del espectáculo de amarre.
Cuando acceden al imponente comedor, las vistas de Lakehurst son sobrecogedoras, y el descenso, evidente.
Schäfer está liberando carga de los tanques de hidrógeno.
A pesar de la negrura de la tarde, la proximidad al mástil se observa a la perfección.
La torre donde se anudará el crucero del aire es impresionante: una menuda torre Eiffel de cincuenta metros de altura.
Están muy cerca del suelo, tal vez a sesenta, setenta metros.
El zepelín oscila a merced del viento . Diluvia.
Los operarios de tierra están empapados.
Lucen en sus monos de trabajo un logotipo familiar: el de la Fundación Embryo.
También la ambulancia que espera a pie de pista , rotulada en clónicos tonos suaves.
El hecho de que todo el personal de tierra pertenezca a la organización inquieta a Mar, que teme por su marido.
Le preocupa la suerte de un hombre que nunca creyó en el azar.
La nave se aproxima con lentitud al asta, a pesar de la tormenta. El viento racheado no lo pone fácil, el Embryo está perdiendo estabilidad. Tiembla, zozobra.
—¿Qué viene ahora ? —pregunta Mar.
La publicista se lo sabe de memoria. Ha decantado la redacción del dosier hasta que la maniobra fuera digerible para la prensa generalista.
—El Embryo es como un velero. Al igual que los barcos, el mastodonte alado está provisto de maromas que se anudarán a un amarre similar al de un puerto.
En circunstancias normales, se arrojaría el cable principal de proa para enlazarnos con la torre de atraque.
Después, se autorizaría el lanzamiento de los otros dos cabos auxiliares de la góndola.
«Donde debe de estar ahora mismo Germán».
—Pero has comentado en « circunstancias normales» —dice Begur.
—Claro, si yo fuera Schäfer, no lanzaría esos cabos esta noche. Pero continuar planeando hasta que el temporal amaine tampoco es una opción.
Se ha liberado demasiado hidrógeno, y la toma de tierra es inminente.
—Como en el Hindenburg, la electricidad ambiental hará del aeródromo una ratonera —dice Mar—. Schäfer se queda sin alternativas .
Se miran con desesperanza.
Un espectáculo azulado les da la razón. El patrón de los marinos ofrenda su precioso resplandor azul.
Un fuego de san Telmo ilumina la noche americana y señorea su poder en el horizonte eléctrico.
La naturaleza es majestuosa. El fulgor que fascinó a los navegantes del medievo se despliega ante los ojos del progreso.
Un rayo las advierte.
Las saluda desde el ventanal del salón.
— Debemos prepararnos para lo peor. La atmósfera está tan cargada que ha electrificado la estructura del Embryo. No resistiremos el impacto de un rayo. La más mínima chispa…
Los puntos suspensivos cuelgan de la boca de Aguilar.
—¿Y qué sugieres?
La adrenalina rescata el cuerpo de Maravillas del sopor .
— Tenemos que estar preparadas para saltar. —Aguilar dirige la vista a los enormes vitrales del salón que propone des trozar, y dice—: Vamos. ¡Arranquemos los cortinajes del esce nario para amortiguar la rotura!
A estas alturas las tres descartan un descenso ordenado por la escalera retráctil. Mar niega con la cabeza.
—No, Pat. Disponemos de más información que el resto. Debemos ayudar.