El vuelo de la fortuna Capítulo 57
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Capítulo 57

Dos horas antes de la tragedia

A dos horas escasas del aeropuerto, Germán vuelve en sí. La luz escueta del armario se balancea como un péndulo maldito. Ilumina su misión inacabada: regre sar a la sala de comunicaciones, alertar sobre la muerte de Savaté. Si sobreviven, sería el fin de la fundación.

«Tengo que alcanzar la radio».

Encuentra las fuerzas. Gira sobre sí mismo, desplaza el estante lo justo para liberarse.

Su pierna sangra con profusión. Deja un zapato como rehén.

Cojeando, busca algo con lo que abrir la cancela.

Imposible dar con las cizallas en el mar de utilidades despanzurradas.

Aporrea la chapa con su hombro izquierdo para forzar su huida.

No consigue gran cosa. Las dimensiones del cuartucho limitan la maniobra.

Sin embargo, los impactos repetitivos llaman la atención de Pat Aguilar, que desanda sus pasos por el pasillo de servicio.

Hace horas que bus ca a Germán , a cualquier aliado que enrolar en la misión de rescate de Maravillas.

—¿Hola?

Silencio.

Germán duda. No sabe quién puede estar al otro lado.

La publicista insiste:

—¡¿Hola ?! Germán, ¿eres tú?

Pat lo ha estado buscando tras conocer los planes de redención del ingeniero.

—He pasado por aquí mil veces, Germán. Estaba buscándote.

—Ábreme.

La abertura está atrancada desde el exterior.

Escucha cómo la pericia de Aguilar abre la puerta.

La luz de la galería alumbra el aspecto del hombre.

Es deplorable. Se miran. El de Pat no es mucho mejor: lleva una bata de laboratorio arrugada .

Muy mala cara. La pierna de Germán gotea ostensiblemente.

— Acompáñame a la sala de control —dice él.

Las últimas horas son un gran misterio para él. Desconoce qué se ha perdido.

—No. Primero tenemos que salvar a Mar. Si al menos conserva el flujo de uno de los dos órganos, quizá tenga una oportunidad.

Germán trata de comprender.

Se roban la palabra.

Patricia le actualiza.

Germán tiembla.

Suben las escaleras de dos en dos hacia los compartimentos del piso superior.

El paso de Germán se ralentiza. Su pernera, rasgada, teñida de rojo.

Si quieren ocultarse a plena vista, tendrá que adecentarse.

Tan solo una parada en boxes para no levantar sospechas, pero, sobre todo, para convencer a la persona que necesitan para cumplir su cometido: salvar la vida de la Vaca y la de los pasajeros del Embryo.

Saben a qué puerta llamar.

La número cuarenta.

El camarote de la abuela se abre de par en par.

—¿Que mi nieta es qué? —se delata la aristócrata.

—Begur, no hay tiempo para juegos —ataja Germán .

—Maravillas Poquet es la Vaca y está en serio peligro.

Begur procesa el resumen ejecutivo de las últimas horas: la agresión a Germán, la existencia de un laboratorio clandestino, la ocultación de Patricia tras haberse recuperado de su asfixia inducida y cómo, tras recuperar la conciencia, salió por la puerta principal con una bata del equipo técnico.

La mesa de operaciones, se quita mérito, monopolizaba la atención de los genetistas.

La anciana rebusca el Ventolín en la consola del baño.

Envejece a cada alivio aspirado. Se ahoga.

Las pertenencias de Begur, perfectamente empacadas, esperan a ser devueltas a la bodega para su descarga.

Son las seis de la tarde. A las siete y media del 6 de mayo el tiempo se detendrá para el vuelo de la fortuna.

—¿ Y qué planeas, hija?

—Llegar hasta el recinto secreto — dice Pat—. Sacarla cuanto antes de allí. Como sea. Y , en paralelo, poner en funcionamiento el equipo de radio. Germán cree que ha podido reparar la antena, pero tiene que regresar para activarla.

—¿Y qué puedo hacer yo?

— Te necesitamos, Begur. Tenemos que dividirnos. Quizá no podamos hacer las dos cosas a la vez.

Los ojos de la baronesa hablan. Sus labios verbalizan sus dudas.

—¿La radio?

—Schäfer acatará órdenes, pedirá una ambulancia fantasma donde ocultarán los restos de Ponce y, si no lo impedimos, también los de Mar. Te necesito para que bajes conmigo a quirófano . Mientras tanto, Germán comprobará si, revertido el sabotaje, podemos comunicarnos con el exterior.

—Alertar de las aberraciones del Embryo.

—Eso es.

Minutos después de atender a Germán, el equipo se divide.

Las mujeres toman el corredor que desciende al laboratorio.

Observan a Germán alejarse en dirección opuesta. Arrastra el pie descalzo.

Aún no lo saben, pero será la última vez que lo vean con vida.