El vuelo de la fortuna Capítulo 55
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Capítulo 55

Siete horas antes de la tragedia

Mar no había vuelto a pensar en aquella chica desde hacía años. La sonrisa de la auxiliar en los ojos, trepando por la mascarilla.

— He conocido a alguien. Nos vamos a Roma.

Recuerda aquel terror. Peritonitis. Y, sin embargo, los sanitarios trasegaban en el quirófano con ligereza, hablando de sus cosas como si nada.

Hoy, diez años después, no es muy distinto.

Diferente espacio. Mismo procedimiento. En el cuarto día de travesía del Embryo, Hans aguarda en la mesa de operaciones.

Acercan su camilla. Pitidos constantes. Destinos acompasados. El equipo médico habla del tiempo:

—¿Planes para el fin de semana?

—Pues quería regresar ya, pero con esta previsión…

La borrasca persistiría varios días.

Charlan sobre qué harán cuando todo acabe. Tras la delicada operación, su cometido habría acabado y cada cual regresaría a su país de origen. Han sido muchos meses. Han hecho piña. Prometen seguir en contacto.

—¿Y qué harán con los restos, por cierto? —pregunta un enfermero. La versión oficial diría que el guionista se indispuso y fue derivado al Presbyterian, al pabellón que los filántropos habían contribuido a ampliar. En la misma ambulancia privada, viajarían los restos mortales de Maravillas Poquet.

Mar llora bajito.

—Por supuesto ese vehículo no llegará nunca a su destino.

—¿Y cómo avisarán a los nuestros, al personal de tierra? — dice la anestesista.

—Ni idea. Schäfer prevé establecer contacto poco antes del aterrizaje.

Los halógenos blancos la deslumbran. Tiene que esforzarse por mantener los párpados abiertos.

Las puertas de ojo de buey se abren. Si ladea la cabeza, alcanza a ver quién acce de.

Es Nanshan. Le siguen, intuye, el cirujano y su cohorte, que asistirán su desconexión.

El miedo se pega a su sábana. Los recién llegados comparten su dudas respecto al tiempo.

En circunstancias normales, para asegurar la viabilidad de la intervención, necesitarían ocho horas.

El asesinato deberá cometerse en menos de siete.

La doctora Volkers acompaña a su hijo en la sala aséptica.

Acevedo ha preferido quedarse en la unidad de visionado, tras el ventanal del teatro.

En cuanto comience, deberá organizar el aterrizaje y el traslado de los cuerpos.

Demasiados quehaceres. La Vaca lo mira como si estuviera lejos.

Debe de ser el relajante muscular. Juraría que , tras él, en el teatro quirúrgico, acaba de ver a Patricia Aguilar con un botiquín.

Antes de desaparecer, le pide silencio con un gesto, como una enfermera de un pós ter de los ochenta.

La charla se suspende.

Coincide con la llegada del nefrólogo que trata al Heredero.

—¿Cómo estás hoy , Hans? —Sonríe bajo la máscara. Su presencia da paso a un silencio reverencial—. Ha llegado el día, chico.

Hans hace lo posible por responder. A nadie parece importarle que Mar esté consciente todavía. Los facultativos repasan la jornada maratoniana. Hablan del trasvase, de la enzima haciendo su magia en el organismo del receptor. De cómo eso podría llevarles cuatro horas.

«Espero que mereciera la pena —se dice Mar—.

Que hicieran mucho el amor, que lanzaran la moneda, que disfrutaran del helado», su mente se ancla a la ternura, escapa de lo que le espera: la incisión, la extracción, las toxinas.

El sellado de unos conductos que deben quedar alineados en tiempo récord en el cuerpo de otro.

—Conocemos el protocolo. Mi única preocupación es el tiempo, doctor. El despertar del paciente . Si se produce la más mínima complicación, si llegamos a Lakehurst a la hora prevista, no podremos mantenerle en la sala de despertares. Ya habremos llegado a puerto.

—El plan de vuelo se mantiene —le dice a la anestesista—. Descenderemos a las siete y media de la tarde.

«¿El tipo sería decente? ¿La quiso nada más verla?», arruga el cubre. Hiperventila .

No es la única. Hans gorjea, inquieto. El desembarco de alguien convaleciente complicaría las cosas.

—No te preocupes, Hans. —U na voz sincera le habla en con trapicado.

Le muestra un inyectable—. Tenemos naloxona.

Lo ideal sería no usarla, pero, llegado el caso, un pinchacito de esto y podrás salir del Embryo por tu propio pie.

—Se muerde la len gua, sabe que no podrá cumplir su promesa.

El delirio de la cura solo alargaría la vida de Hans Acevedo unos pocos años más.

A pesar de la fundación, la dolencia del chico es y será incurable.

«¿Seguirán juntos? Diez años son muchos años. Quién sabe. Quizá sí».

Mira a Hans. Sus ojos se abrazan.

Le conoce por el bosquejo que Ponce hizo de él, de sus charlas en cubierta y que supo transmitirle a Begur. Su alegría le ha llegado en diferido a través de su abuela. Que es divertido, le han dicho, que sabe escuchar. Lamenta no haber podido conocerlo mejor .

«Tenía toda la vida por delante. Aquella auxiliar parecía buena persona».

Se pregunta si Hans también lo sería. Si alguien le habría pedido opinión en algún momento, si estuvo en su mano detener su asesinato.

—Estamos listos.

La anestesia induce a Mar a una noche profunda.

«Sí. Fueron felices. Estoy segura . Tuvieron que serlo».