El vuelo de la fortuna Capítulo 54
85%

Capítulo 54

Once horas antes de la tragedia

Las manecillas del reloj continúan ajenas al ritmo de sus pulsaciones.

Una aguja penetra en su antebrazo atravesando el suave tejido de la sudadera .

El cuerpo de Mar se desmadeja por el relajante muscular .

Patricia no tiene tanta suerte. Otro tipo de sedación avanza hacia ella.

Consigue zafarse del hombre con sus movimientos de gata.

Casi logra escapar. Avanza un par de zancadas.

La atrapa. El cuello de Aguilar queda encajado en el antebrazo de un agente de Acevedo.

Sus piernas trepan por la pared, intenta tomar impulso, darle un codazo en las costillas a quien la alza en volandas de un gesto.

Una vez eliminado cualquier punto de apoyo, Pat se queda sin opciones.

Su corazón frenético bombea. La presión aumen ta.

La llave de estrangulamiento impide irrigar su consciencia. Aguilar se va a negro.

Nanshan pide una camilla para Mar. Las ruedas chirrían . Una luz cegadora la recibe: los halógenos del quirófano del Embryo.

Mientras, Germán recobra la conciencia a oscuras.

Le cuesta abrir los ojos, respirar. El corazón le atruena en las tripas, en la garganta, en el lugar difuso donde Peiró le hirió de gravedad.

Un olor reconocible, a suciedad apelmazada , le acaba de ubicar.

«El cuarto de mantenimiento». El habitáculo es poco más que un armario grande.

Las paredes barrocas le asedian. Apenas cabe tumbado en diagonal sobre su estómago, en la superficie de linóleo.

En la boca, un regusto metálico. El reguero de la mejilla conduce sus dedos río arriba, hasta la brecha que acartona el impacto. Todavía palpita, pero parece sellado.

Germán se incorpora a oscuras, pero su sistema no responde.

Se marea. Imposible calcular cuántas horas han transcurrido desde que reparara la antena, pero han sido muchas.

Tuvo que ser su profesor quien lo arrastró, tironeando hacia arriba, hasta el armario.

Los peldaños le han poblado de morados. Sus costillas astilladas deciden despertar.

En su duermevela , delira. Teme que el aislamiento de la cinta americana no dé resultado, que no aguante.

O que Curro Peiró haya pelado el cable en cualquier otro punto.

Mantiene el equilibrio a duras penas. Se pone de rodillas cuando todo deja de moverse.

Se hace la luz. Ha conseguido incorporarse y encender el interruptor.

La bombilla oscilante del techo le muestra la puerta.

La salida está bloqueada. A ambos lados, estantes metálicos.

Se apoya en uno de ellos. Tantea la parte alta.

«Tienen que estar por aquí». Busca las cizallas que vio al coger el rollo industrial.

Toma impulso. Un pie, luego otro. Trepa por la repisa.

El Embryo da un bandazo cuando Germán roza la herramienta sobre la taquilla .

Ya casi las tiene. Solo un poco más. Coloca otro pie en la penúltima balda.

Una, dos sacudidas, y el taquillón plúmbeo vence.

La tormenta no se apiada de los Afortunados.

Una cascada de herramientas lo baña. Logra esquivar las tijeras.

No tiene tanta suerte con la vitrina. El mueble macizo aplasta su conato de heroicidad.