Capítulo 53
Dieciocho horas antes de la tragedia
—Detengan a la Vaca.
Patricia y Mar se miran. El empresario les traba el paso. Su equipo sabe cómo proceder. Se dirigen a la Afortunada.
Maravillas no está acostumbrada a tener tanta suerte.
«La Vaca soy yo».
La reducen sin esfuerzo.
Sabe que morirá si la hipótesis de Savaté y Aguilar es correcta. El olor a aséptico es insoportable. Cree que Patricia la ha traicionado.
—¡Me has metido en la boca del lobo! ¡¿Cómo has podido venderme así?!
Su cuerpo avanza en dirección contraria a la salida. Levita, sus pies apenas rozan el suelo, dos hombres la arrastran. Le clava los ojos. El cabello encrespado de Pat chisporrotea de incredulidad, de rabia.
Patricia no contesta.
—No es tan lista —dice Acevedo.
Otro esbirro agarra a la segunda mujer con fiereza y la insta a caminar. Lo hace sin oposición, unos pasos detrás del séquito. Ni siquiera se revuelve. La líder de la Resistencia no ofrece ninguna.
También lo sabe: las dos están muertas.
Avanzan en silencio hasta llegar a la zona diáfana donde la sala experimental se amplía. Atrás, la cámara frigorífica, y al frente, la zona de diálisis donde descansaba Hans. El sillón reclinable está vacío.
—No es tan lista —repite Acevedo—. La identidad de la Vaca ha permanecido en secreto hasta hace unas horas. Ha sido una revelación incluso para nosotros.
Sientan a Aguilar a la fuerza, muy cerca.
—Esta tonta solo ha hecho lo que se suponía que debía —dice el patrón—. Hace días que la monitorizábamos. Se traía algo entre manos con Savaté. Al principio creíamos que tenían un affaire . Después, vimos que era algo más serio. Es complicado mantener secretos en un espacio cerrado.
—La técnica de laboratorio —maldice Patricia.
Acevedo dice que sí.
—Fue ella quien nos dijo que habías cambiado de bando, Aguilar.
Que buscabas aliados para tu pequeña Resistencia.
Nos habló de tu delirio por los garabatos del guionista y de que perseguías divulgar esa información al exterior, en Lakehurst. Sí, ya sé .
—La mano en el pecho de Acevedo con afectación— : Desenmascarar a los malos, denunciar los desmanes del poder y todo eso. En fin, sandeces.
No dan crédito. Continúa:
— Solo hemos tenido que reconducir tu energía. Los conversos sois tan predecibles… Pactar con la asistente de Nanshan que os atrajera a ti y a la Vaca, a la hora convenida. El resto lo habéis hecho solas.
Volkers y Nanshan se unen a la conversación. La genetista luce el mismo aspecto agotado de quien acompañaba a Hans. El parecido con l a Piedad se ha esfumado.
—No lo hemos matado, estúpida. —M ira a Aguilar—. La muerte de Ponce Savaté fue accidental, ¿recuerdas? Tú misma preparaste los argumentarios. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Su caída no beneficiaba en nada a la fundación.
Demasiadas explicaciones en el aterrizaje que trastocaban planes.
Volkers odia improvisar.
—Eso no tiene ni pies ni cabeza. ¡ Hemos visto las incisiones en los costados! —dice Mar.
Ni se molesta en responder. Nanshan lo hace por ella:
— No podíamos desperdiciar la coyuntura. Cumplía con muchos de los requisitos. Nos llegamos a plantear un trasplante de urgencia. Lamentablemente, y a pesar de la compatibilidad, el riesgo de rechazo era muy grande. Algo que, en el estado del chico, no nos podíamos permitir.
—Estoy segura de que eso no los ha detenido —dice Pat.
El investigador baja la mirada, se sube el puente de las gafas.
—Había pasado demasiado tiempo. Los órganos de Savaté ya no servían.
Acevedo pierde la paciencia.
—Acabemos con esto. Prepárenla para el procedimiento. —Mira a Aguilar. Sus ojos se despiden—. Ya saben lo que tienen que hacer.
—Un momento. — La Vaca intenta ganar tiempo—. ¿Por qué yo?
—Supongo que le debemos una explicación…
—Mira a su esposa. Monika asiente. El lechero le concede su última cena en forma de respuesta—: No es nada personal, Maravillas.
Solo necesitábamos reunir a los Afortunados, personas que habían desarrollado ciertos cambios por su exposición a las tragedias químicas más relevantes de nuestra era.
—Así es. Ese patrón, el de los cambios de los supervivientes, se debe a la epigenética —explica Monika —.
Lo descubrimos por casualidad hace una década, con el diagnóstico de mi hijo.
Entonces Hans tenía cinco años. Mi cruzada, como madre y como médico, fue encontrar, si no una cura para mi niño, al menos una mejor calidad de vida para esos enfermos.
Comenzamos a trabajar con cientos de voluntarios, miles…
A procesar sus muestras, pero no funcionó.
Empezar a colaborar con China me abrió los ojos.
«Cierto. En China no son tan escrupulosos con la protección de datos», piensa Mar.
—El fichaje del doctor Wu Nanshan supuso un antes y un después.
Justo por aquella época, firmó un interesantísimo artículo no exento de polémica.
Science publicó que algunos sujetos habían desarrollado habilidades puntuales tras sobrevivir a ciertos cataclismos.
Madres que habían levantado vehículos tras siniestros de tráfico para salvar a sus hijos y cosas así.
Ese fenómeno se había estudiado de modo residual, calificado de pseudociencia.
Nanshan defendía que algunos efectos podían prevalecer en el tiempo más allá del síndrome postraumático.
En su paper aseguraba que los accidentes de orden químico podían causar una reacción inesperada en el plasma.
No se trataba tanto de una modificación del ADN , sino de algo más sutil.
Una activación de ciertos interruptores de un puñado de supervivientes.
Se refirió a estas personas como «afortunados».
—Sí, la toxicidad alteró sus procesos esenciales sin cambiar la secuencia del código en sí. Fuera como fuese —se lamenta Nanshan—, el gobierno chino me retiró la financiación. Nos quedamos sin fondos.
—Que ese artículo cayera en mis manos fue providencial. Los honorarios del doctor Nanshan no eran descabellados. Quería continuar con la investigación en el país que fuese.
»Resultó sencillo llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
En cuestión de semanas ya estábamos trabajando en Frankfurt.
Comenzamos a abundar en el término de Afortunados, a identificar las tragedias más relevantes del globo, localizar supervivientes, conocer su identidad, su trayectoria, acceder a sus expedientes.
Muchos habían muerto, otros no llevaban unos hábitos óptimos después de semejante grieta vital… El resto, ya lo sabe.
—No, no lo sé.
Volkers suspira.
—Al principio me engañaba diciendo que íbamos a ayudar a mucha gente.
A los ocho meses, dejamos de buscar una patente para la cura.
Al año, reorganizamos las líneas de investigación del resto de las enfermedades y desistimos de explorar.
—Ve la cara bovina de Mar—. ¿Inmoral? Puede.
Decidí emplear un ejército de personas para salvarle la vida a mi niño.
No puedes entenderlo, tú no tienes hijos.
Pasaron los años en un suspiro. Cuando quise darme cuenta, la fundación iba camino de la década.
Se impuso la obligatoriedad de las memorias de sostenibilidad para hablar del impacto de una labor social que no realizábamos.
Hace dos años contratamos a una publicista para crear un departamento que se encargara de esas cosas.
« Pat».
Aguilar se revuelve en su silla.
—Fletar el Embryo fue idea suya. Y, sin saberlo, creó las condiciones óptimas para reunir a los Afortunados. Una locura logística que, gracias a las dos, hoy acaba aquí.
—No ha respondido a mi pregunta —insiste.
Exhala sonoramente el aire por la nariz.
—Por probabilidad, sabíamos que uno de los Afortunados sería compatible con Hans. Pero los análisis arrojaron un milagro: una persona entre las cuatrocientas era cien por cien compatible.
Nanshan confirma el pálpito. Explica que Mar es pariente del Heredero, que tiene el grupo sanguíneo indicado y su enzima es de una calidad excelente. ¿El motivo? Haber estado sometida a dos catástrofes. Al menos, indirectamente.
—Yo no, no …
Maravillas no procesa la información. Todo ese tiempo ha pensado que la Vaca era Germán. Sus piernas se niegan a sostener el peso.
—Eso no es posible. Yo solo viví en Namie un tiempo, hace mucho…
—Lo sabemos. La exposición a la fuga de Fukushima fue tangencial, pero alguien que estuvo en otra tragedia química en los setenta te ha legado esas variantes epigenéticas.
El hallazgo fue tan valioso , tan formidable, que es una lástima que no podamos publicarlo —dice Volkers—.
Al ver que estabas emparentada con Hans no lo podíamos creer.
Lo comprobamos tantas veces… Por algo os llaman los Afortunados, querida.
Vimos que alguien del pasaje guardaba un segundo grado de consanguinidad contigo.
Una mujer que sobrevivió a la tragedia de Seveso.
—Pero los Afortunados son estériles. No pueden tener hijos —grita Pat.
—Te equivocas de nuevo, Aguilar. La Vaca, aquí presente, demuestra justo lo contrario.
Una idea la atraviesa. La sinapsis de las neuronas de Mar va por libre. Una imagen emerge cristalina con la precisión de las mentiras que se cuenta a sí misma. El susurro de Begur llevándose la mano a la boca cuando la mesa diez narraba sus miserias.
«Seveso».
Está segura, su amiga la baronesa dijo «Seveso». Y eso solo puede significar una cosa: la baronesa de Begur es la abuela de Maravillas Poquet.
Entonces…, ata cabos. El empresario gris y la noble invisible tuvieron que ser amantes en algún momento. «Pero ¿cuándo? ¿Dónde?».
El tiempo de las preguntas ha acabado.
Mar se rinde a su destino.