Capítulo 52
Dos semanas antes de la tragedia
Alcossebre
El coche de Ramos era una máquina del tiempo. El hombre de confianza de Begur la conducía a un futuro posible con su hija mientras su mente viajaba al pasado; a ese lugar donde todo es mejor porque solo se recuerda lo bueno.
«Son conocidas numerosas fuentes de agua dulce en la costa, algunas de ellas incluso bajo el nivel del mar…», dijo la emisora.
Ramos sintonizó otro dial. La playa de Las Fuentes le traía sin cuidado.
—No cambies, Ramos. Conozco bien ese paraje .
El programa sobre la Costa del Azahar la devolvió a los pies de aquella orilla.
Los paseos al atardecer con Albert cuando Alcossebre era una promesa.
El agua dulce de Las Fuentes haciendo irregular sus pasos empapados, necesitando su abrazo a cada avance.
La complicidad, la plenitud de los nuevos comienzos.
Aquel sol interior. A la derecha, el poblado marinero vestido de domingo.
A la izquierda, el faro de Irta se desperezaba.
El locutor parloteaba sobre el Instituto Geológico Nacional . Sobre la peculiaridad del entorno y otros caprichos de la naturaleza.
—Begur, ¿estás bien? —Ramos solo la tuteaba en privado.
—La nostalgia, hijo, que se me ha metido en el ojo.
Alcossebre fue testigo de su relación con el barón.
De sus escapadas desde Barcelona. La costa les brindaba la oportunidad de pasear de la mano.
Con la excusa de supervisar el inmobiliario familiar, Albert Salvador de Begur viajaba a menudo a El Baix Maestrat.
La vida le había tratado bien. Descendiente de Ares del Maestre, su abuelo se casó con la menor de un terrateniente de Alcalá de Xivert.
Los peores cultivos, los más salinos por su proximidad a la mar, fueron para las mujeres.
Su padre supo sacar rendimiento a aquellas tierras bal días cuando el cielo se enladrilló.
Aquellas fincas yermas sirvieron para alumbrar el puerto deportivo, urbanizaciones de lujo y un camping con playa calma.
El dinero trajo privilegios de nuevos ricos.
Mudarse a Barcelona, comprar un título, el más modesto del escalafón nobiliario que había quedado extinto en los sesenta.
Pagar las tasas pertinentes, olvidar los orígenes, fingir abolengo.
El barón que conoció Livia Ferrante sabía que vivía de prestado.
Se labró su futuro en una entidad financiera.
Cuando todo se precipitó, no le costó dejar la vida resuelta a sus hijos y a su primera esposa.
Habían sido felices. Con sus inversiones, su trabajo y un par de propiedades junto al mar le bastaron para comenzar de nuevo.
A Livia le pareció bien con una condición: formalizarían su unión en separación de bienes.
—Begur, es aquí. Ya hemos llegado.
La máquina del tiempo se detuvo en Puerto de Sagunto.
—¿Seguro que es aquí?
—Sí, baronesa. El navegador indica que la calle es perpendicular a la avenida principal.
Anna Livia Ferrante le sonrió. El conductor conocía su pasado. También que no era discreto pasear escoltada por un barrio como aquel.
—¿Sabes? Siempre me reconfortó que mi hija también viviera frente al mar. Pero… ¿esto?
Ramos miró en derredor. La reconversión industrial había arrollado al progreso como un tren de mercancías.
—Estaré por aquí.
Livia se apeó. Acordaron que él estacionaría sin perder el contacto visual.
Estrujó el retazo de papel: la dirección de una pequeña mercería que Vermell le había entregado .
Como en Alcossebre, también olía a sal. Pero allí sintió inquietud y frío.
La humedad de Puerto de Sagunto no se apiadaba de nadie.
A pesar de ser abril, el ambiente era fresco y húmedo.
Había llovido. El mar quedaba , expectante, a escasos metros.
Sen tía pánico de encontrarse a solas con su hija.
Un bebé del que se desprendió, fruto de una pasión fugaz con un hombre de ojos grises y discreto sello de oro.
Con el correr de los años, el padre de Milagros Tirado se había convertido en una de las fortunas más relevantes del país.
Imposible no seguir en Expansión el rastro a quien se convertiría en el dueño de Indace.
Por su parte, Acevedo nunca tuvo noticias del embarazo de la italiana.
Aquella criatura tendría ahora más de cincuenta años.
Le suponía una vida que no habría sido fácil.
«Tampoco yo la he tenido, maldita sea ».
El temor, las posibles alteraciones efecto de la dioxina, demasiadas decisiones para una joven de Seve so de dieciocho años.
Se observó en una de las lunas de los escaparates vandalizados de la avenida 9 de Octubre: ni rastro de aquella chica fiera en el reflejo.
Desearía haber decidido no soportar tanto peso, como hizo Clara.
Dilatando el encuentro, deambuló por la zona.
El Alto Horno número 2, fantasmal y grotesco , imponía su monumental presencia de pieza de museo.
Muy cerca , los almacenes y el sistema de transporte de mercancías, la fundición; al fondo, las primeras estribaciones de un puerto industrial moribundo.
Caminó en dirección contraria a donde debía de hallarse la calle Progreso y clavó su mirada en un memorial herrumbroso. Ofrendas humanas al dios del trabajo.
Las campanas de la iglesia de Begoña tañían a muerto.
Giró sobre sus talones y se arrebujó en el abrigo.
Vermell se lo había advertido: el recibimiento podría ser desalentador.
Quizá la Beni hubiera mentido en los setenta y los adoptantes no fueran mandamases en la fundición metalúrgica.
Tal vez, el padre de familia engrosaba la lista de obreros fallecidos en accidente laboral , del monolito helado.
No culpaba a la Beni. Se limitaba a resolver los problemas de otros.
Las campanas de Begoña no cejaban de sonar.
Las de una iglesia que, en los años veinte, satisfizo las necesidades de culto de un barrio en expansión industrial.
Un siglo después, ni rastro de aquel milagro económico.
Sucursales bancarias extintas, individuos angulosos evitando la mirada.
El desempleo fosilizado y sus salidas fáciles por mar .
Callejeó hasta dar con la calle Progreso.
Dio con el número seis. Sin embargo, Begur llegó tarde.
La mercería La Milagrosa estaba cerrada.
El candado, brillante, le hizo pensar que la quiebra debía de ser reciente.
Encontró la cara interior de la vía más animada por la oficina de desempleo , el Bar Quijote y una casa de apuestas donde el futuro se fundía la suerte del barrio. La calle hervía . Cualquiera de aquellas personas podría ser su hija.
Una extraña .
Begur entró al bar dispuesta a enfrentarse a los gigantes de viento.
Apenas cuarenta minutos después, la baronesa se reunió con el conductor.
—¿Todo bien? —preguntó Ramos.
Asintió.
El encuentro no había ido bien, pero al menos tenía la información que había ido a buscar.
—Vamos a Castellón , a la calle de Enmedio.
El reloj marcaba las diez de la mañana. Dependiendo del tráfico, podrían estar en algo menos de una hora.
—¿Algún destino en concreto, baronesa ? —Los dedos prestos sobre el GPS .
La dirección era la de una tienda de ropa usada.
Aquella mujer no dejaría nunca de sorprenderle.