Capítulo 51
Dieciocho horas antes de la tragedia
Muy cerca de allí, el cuerpo de Ponce Savaté aguarda desnudo.
Mar lo observa desde la entrada con aprensión.
Arreglo a lo acordado con Patricia, ha empujado la puerta con naturalidad y esta se ha vencido por el peso.
A pesar de las horas, el trasiego es incesante.
Allí abajo trabaja sin descanso una legión de personal médico.
Son cautos: dejan su bata blanca colgada en el distribuidor, pero ese olor reconocible los delata.
El hedor a desinfectante y sanación se les queda pegado.
Mar camina sigilosa en deportivas y ropa cómoda.
Tras la ducha para la reunión informativa, la etiqueta ha quedado en segundo plano.
Luce sudadera, pantalones de deporte y una bandolera azul cruzada, el uniforme de los viajes largos.
No sabría decir cuántos años tiene la ropa que lleva, a excepción del bolso, de temporada.
Se sonríe por la coincidencia feliz de encontrar uno idéntico sobre una silla.
La bandolera azul, sabrá después, pertenece a la ayudante de Nanshan, con la que han quedado.
Ni rastro de la investigadora.
En cambio, a unos metros está Aguilar. Está frente a las cámaras frigoríficas, con la sábana que cubre a Ponce en la mano.
Se saludan con un cabeceo.
Maravillas se acerca lo suficiente para intuir la cremallera de carne que se pierde torso abajo. No se atreve a seguir el curso de la hendidura. El bolso se precipita de la impresión y lo deposita en la silla, sobre su gemelo.
El ruido ha sido sordo. Alcanza a Pat.
—Mira: tiene dos incisiones en los costados .
Aguilar menciona algo sobre compatibilildad renal.
«Me estoy mareando —piensa Mar—. Incisiones en los riñones tras una noche de excesos».
Se siente la protagonista de una leyenda urbana.
La escucha parlotear como debajo del agua: «Yo no soy una experta, pero juraría que estas marcas se corresponden con una extracción.
O, al menos, compatibles con un sondeo».
El peligro la enfrenta a su fragilidad como un espejo.
En realidad , lo está. Desvía la mirada, la cámara frigorífica refleja la parte opuesta de la sala.
Con una cualidad onírica, la clínica parece expandirse a su espalda, infinita.
La instalación no parece acabar nunca, deforme por la superficie reflectada.
Al fondo , intuye algo más. Alguien se mueve agitado.
Voces. Mar desconfía de su propia percepción.
Decide inspeccionar y sus pies la sorprenden recorriendo el final de la sala.
—Vuelvo en seguida, Pat.
Aguilar continúa tomando fotos de las heridas del guionista.
Necesita documentarlo. Habla sobre la mala pinta del impacto del occipital.
La escucha a lo lejos, como un rumor. Sus ojos la engañan, tienen que hacerlo.
En la otra punta del cuarto diáfano hay alguien reclinado.
Está cubierto con muchas mantas. Los párpados cerrados.
Una mujer con hechuras de soprano vela su sueño.
Unas máquinas grandes zumban a su alrededor.
La figura lleva una vía de suero. El brazo libre recibe sin ganas el plasma dializado de los órganos externos de Hans.
Monika Volkers vela el proceso. Una madre que sufre por un hijo que se apaga en el vuelo de la fortuna.
Todo lo que importa está en el aire.
Como una canción comercial, el goteo marca el ritmo de una espera silenciosa.
Una voz altera a Maravillas.
—¿Qué hace usted aquí? Esta zona es de acceso restringido —dice el topo. Nunca la han reprendido en un tono tan bajo.
La amiga de Aguilar tironea de ella con fuerza hacia la salida.
Se está jugando mucho ayudándolas . La escolta con presteza al distribuidor, donde han dejado sus pertenencias.
Mar la evalúa. Es joven, quizá un par de años menor, pero tiene una complexión muy similar a la suya en cuanto a peso y altura.
—No podéis estar aquí —dice cerrando la cámara frigorífica. Envía a Ponce a dormir—. Tenéis que marcharos.
Está visiblemente nerviosa. Tartamudea. La mirada de Aguilar la pone en alerta: algo no va bien.
—Pero si nos has convocado tú… ¿Qué querías contarnos?
La chica tiembla. Las voces lejanas se escuchan más claras.
No hay duda, es Volkers. También distingue otros timbres masculinos.
Reconoce el tono de Nanshan, y el del jefe de seguridad.
Entonces lo sabe: la chica está tratando de advertirles.
Su lenguaje corporal es de huida: posición defensiva, manos en jarra, pies apuntando hacia la salida.
Toma uno de los bolsos azules de la silla y se lo cruza por la cabeza. Su voz aúlla:
—Ya han localizado a la Vaca. La extracción comenzará en unos minutos. Están preparando a Hans. En cuanto acaben con la diálisis, sedarán al donante.
—¿Por qué es necesario sedarlo? —pregunta—. Si se trata de compatibilidad sanguínea, con una simple transfusión sería suficiente.
—Porque nadie en su sano juicio donaría la cantidad necesaria. —Aclara que son cinco litros—. Además de sus riñones…
Pat la mira.
La ayudante la saca de dudas:
—Lo intentaron con Ponce.
—Lo sabía.
—No funcionó. Su plasma era del grupo correcto, pero no contenía la enzima que buscamos.
—Solo por curiosidad, ¿qué grupo buscan ?
Se lo dice. Y se extraña porque Germán tiene un tipo mucho más común. El que comenta la investigadora es el suyo, el de Maravillas Poquet.
—Pero eso ya no importa. El sujeto que buscamos, además de tener la enzima, está emparentado de algún modo con Hans.
Ve sus caras.
—Sí, ha sido una sorpresa para todos. Entre el Heredero y la Vaca hay una relación de consanguinidad, de parentesco de tercer grado.
—¿Quiere decir eso que Germán y Hans son primos? —d ice en voz alta.
Niega con la cabeza.
«No entiendo nada».
La mujer sentencia:
— El Heredero y la Vaca son tío y sobrina. La Vaca es una mujer.
La investigadora mira por primera vez a Maravillas Poquet a los ojos.
—Lo siento.
Cierra tras de sí al salir.
La cancela se bloquea automáticamente. Los pasos se acercan presurosos.
Aguilar y Poquet están atrapadas.
Entonces , Mar lo entiende todo.